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Si conseguían pasar tendrían la tormenta a favor. Mientras volvían a colocarse ante la alambrada los alcanzó otra ráfaga de lluvia. En la última media hora los relámpagos se habían acercado y los truenos sacudían los árboles y los postigos mal cerrados.

Es una bendición contradictoria, pensó Fiben, porque si bien la lluvia seguramente entorpecía las sondas de los gubru, al mismo tiempo hacía más difícil agarrarse al resbaladizo material de la valla. El barro era un agobio.

—¿Lista? —le preguntó.

—Sí, si te las arreglas para no ponerme más esa cosa tuya delante de la cara. Me distrae, ¿sabes?

—Es lo que le dijiste a Gailet que querías compartir, muñeca. Y además, ya la habías visto antes, en el Túmulo del Trueno.

—Sí —sonrió ella—, pero no es igual.

—Cállate y empuja —gruñó Fiben.

Juntos empujaron de nuevo, poniendo todas sus fuerzas en el empeño.

¡Acaba! ¡Acaba ya! Oía la respiración entrecortada de Sylvie y los tirones de sus propios músculos al tiempo que el material de la valla crujía, cedía ligeramente y volvía a crujir.

Esta vez fue Fiben quien resbaló y, al soltar la valla, ésta rebotó y ambos volvieron a caer jadeantes en el barro.

La lluvia ya era constante. Fiben se secó un riachuelo de la frente y sus ojos se fijaron de nuevo en la valla. Tal vez ya tiene doce centímetros. ¡Por Ifni!, aún falta mucho.

Notaba la cautivante energía de los globos psi que transmitían su pesimismo a la mente. Sabía que el mensaje debilitaba sus fuerzas y los inclinaba a ambos hacia la resignación. Cuando se puso en pie de nuevo y se apoyó contra la tenaz valla se sintió terriblemente pesado.

Lo hemos intentado, maldita sea. Y casi lo hemos conseguido. Si no fuera por…

—¡No! —gritó de pronto—. ¡No te dejaré!

Se metió encogido por la abertura intentando hacer pasar su cuerpo a través de ella, al tiempo que se retorcía y serpenteaba contra la recalcitrante abertura. Un rayo cayó en algún lugar, en el oscuro escenario del otro lado, iluminando un espacio de campo abierto con huertas y bosques y, tras ellos, las tentadoras estribaciones del macizo de Mulun.

Los truenos retumbaban con fragor haciendo que la valla basculara. Fiben quedó de pronto aprisionado entre los listones y aulló de dolor. Cuando consiguió soltarse cayó al suelo, entumecido por el dolor, a los pies de Sylvie. Otra descarga eléctrica iluminó las fulgurantes nubes. Fiben comenzó a gritarle al cielo, a golpear la tierra. Cogió un puñado de barro y piedras y lo lanzó al aire, y una ráfaga de viento lo volvió contra su rostro.

Ya no había nada que decir, no había palabras. La parte de él que conocía tales cosas estaba bajo los efectos del choque y, como reacción, otras partes más antiguas y tenaces habían tomado el control.

Sólo existía la tormenta. El viento y la lluvia, el relámpago y el trueno. Se golpeó el pecho mientras doblaba los labios hacia atrás mostrando los dientes a la insistente lluvia. La tormenta cantaba para Fiben, resonando en el suelo y en el aire vibrante. Él respondió con un aullido.

No era una música melindrosa, humana. Tampoco era poética, como la de los fantasmas del sueño cetáceo de los delfines. No, esta música la podía sentir hasta en el interior de los huesos. Lo balanceaba, le hacía dar tumbos, lo levantaba como una muñeca de trapo y lo lanzaba contra el barro. Volvía a levantarse escupiendo y chillando.

Notó la mirada de Sylvie sobre él. La chima estaba palmeando excitada la tierra, mirándole con los ojos dilatados. Eso sólo consiguió que se golpeara el pecho con más fuerza y gritase más. No iba a desanimarse. Sabía que al lanzar guijarros al aire lo que hacía era desafiar a la tormenta, llamar a los relámpagos para que vinieran y lo atrapasen.

Éstos llegaron, servicialmente. Un brillo llenó el espacio y erizó el pelo de Fiben, haciéndolo centellear. Un bramido silencioso lo lanzó hacia atrás, como si del cielo hubiera bajado una mano de gigante para empujarlo violentamente contra la valla.

Al chocar con los listones gritó y, antes de perder la conciencia, percibió el inconfundible olor a pelo quemado.

66. GAILET

Abrió los ojos en la oscuridad y sintió el ruido de la lluvia que golpeaba las tejas. Se puso de pie, con la manta sobre los hombros, y se acercó a la ventana.

Fuera, una tormenta barría todo Puerto Helenia, anunciando la llegada inminente del otoño. Las nubes caliginosas retumbaban enojadas, de un modo amenazador.

Desde allí no se veía en dirección este, pero Gailet apoyó la mejilla en el frío cristal y miró hacia ese punto.

Aunque la habitación estaba confortablemente caldeada, cerró los ojos y se estremeció contra el helado vidrio.

67. FIBEN

Ojos… ojos… había ojos en todas partes. Se arremolinaban y danzaban en la oscuridad, burlándose de él.

Apareció un elefante, abriéndose paso violentamente en la jungla y berreando con los ojos inflamados de rojo. Él quiso huir pero lo cogió, lo puso sobre su tronco y se lo llevó dando tumbos, traqueteando y golpeándole las costillas.

Quería decirle a la bestia que se lo comiera de una vez o que lo pisara… sólo para acabar con aquel martirio. Pero al cabo de un rato, se había acostumbrado a aquello. El dolor disminuyó para convertirse en intermitentes punzadas y el recorrido adquirió un ritmo más uniforme.

Al despertarse, la primera cosa que advirtió fue que la lluvia ya no golpeaba su rostro.

Estaba tumbado de espaldas en algo que parecía hierba. A su alrededor vibraban los sonidos de la tormenta, que apenas había disminuido. Sentía el diluvio sobre las piernas y el torso. Y, sin embargo, ni la más pequeña gota caía en su nariz y boca.

Abrió los ojos para mirar y ver…, para averiguar cómo era posible que continuase vivo.

Una silueta le impedía ver la débil luminosidad de las nubes. Se produjo un relámpago no lejos de allí e iluminó la cara que se inclinaba sobre él. Sylvie lo miraba preocupada, sujetándole la cabeza en su regazo.

—¿Dónde…? —Fiben intentó hablar pero sus palabras semejaban el croar de una rana. Parecía haber perdido la voz. Recordó levemente un momento en el que había estado chillando, aullándole al cielo. Por eso debía de dolerle tanto la garganta.

—Estamos fuera —le dijo Sylvie en un susurro que apenas se oía entre el ruido de la lluvia.

Fiben parpadeó. ¿Fuera?

Con un gesto de dolor levantó la cabeza lo suficiente para ver dónde se encontraban. Resultaba difícil distinguir nada tras el tormentoso telón de fondo que tenía ante sí, pero fue capaz de vislumbrar las veladas siluetas de los árboles y las bajas y ondulantes colinas. El contorno de Puerto Helenia era inconfundible, sobre todo la curvada senda de diminutas luces que seguían el curso de la valla de los gubru.

—Pero…, pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

—Yo te he traído —dijo ella sin darle importancia—. No estabas en condiciones de andar después de haber derribado la alambrada.

—¿Derribado?

Asintió. En los ojos de Sylvie había una chispa brillante.

—He visto hasta ahora muchas danzas del trueno, Fiben Bolger, pero ésta las superó a todas, te lo juro. Si llego a los noventa y tengo un centenar de nietos respetuosos, no creo que sea capaz de contárselo y lograr que me crean.