El administrador del refugio, Muchen, tamborileó los dedos sobre la mesa.
—Parecen ser oficiales del Instituto de Elevación. Creo que los invasores están preparando algún tipo de ceremonia y han invitado a diversos testigos.
Todo eso es obvio, pensó Megan.
—¿Creen que está relacionado con la misteriosa construcción al sur de Puerto Helenia? —preguntó. Aquel enclave había sido últimamente tema de muchas discusiones.
—Hasta ahora no he querido admitir tal posibilidad —asintió el coronel Maiven—, pero ahora tengo que hacerlo.
—¿Y por qué tendrían que celebrar una ceremonia de Elevación para los kwackoo aquí en Garth? —intervino el miembro chimp—. ¿Favorecerá eso su pretensión sobre la tenencia del planeta?
—Lo dudo —apuntó Megan—. Tal vez no sea para los kwackoo.
—¿Y entonces para quién?
Megan se encogió de hombros y Kylie comentó:
—Parece ser que los representantes del Instituto de Elevación tampoco lo saben.
Se produjo un largo silencio, y luego Kylie habló de nuevo.
—¿Qué significado creen que tiene el hecho de que el portavoz sea un humano?
—Es evidente que es una ventaja para los gubru —sonrió Megan—. Ese hombre seguramente no es más que un joven aprendiz de la sucursal local del Instituto de Elevación. Ponerlo frente a los pila, los z’Tang y los serentinos significa que la Tierra no está aún acabada. Y hay ciertos poderes que quieren ponerlo de manifiesto ante los gubru.
—Hum, los pila. Son duros de pelar, y miembros del clan de los soro. Un humano como portavoz puede ser un insulto a los gubru, pero eso no garantiza que la Tierra esté muy bien.
Megan entendió lo que Kylie quería decir. Si los soro dominaban el espacio de la Tierra, se preparaban tiempos difíciles.
Se produjo un nuevo silencio, interrumpido esta vez por el coronel Maiven.
—Se ha hablado de una derivación hiperespacial. Son muy caras. Los gubru deben valorar muchísimo este asunto de la ceremonia.
Claro, pensó Megan, sabiendo que se había presentado una moción ante el Concejo. Y esta vez sabía que sería difícil justificar su postura de seguir los consejos de Uthacalthing.
—¿Está sugiriendo un objetivo, coronel?
—Naturalmente, señora Coordinadora. —Maiven se sentó y la miró a los ojos—. Creo que ésta es la oportunidad que estábamos esperando.
Un rumor de asentimiento recorrió la mesa.
Van a votar motivados por el aburrimiento, la frustración y la claustrofobia, se dijo Megan. Y sin embargo, ¿no es ésta una oportunidad de oro a la que debemos agarrarnos, o perder para siempre?
—No podemos atacar cuando hayan llegado los emisarios del Instituto de Elevación —apuntó ella y vio que todos habían comprendido la importancia de aquello—. Admito sin embargo que puede haber un intervalo durante el cual podamos asestar el golpe.
El consenso era obvio. En un rincón de su mente, Megan sabía que en realidad se necesitaban más discusiones. Pero sabía asimismo que también ella ardía casi de impaciencia.
—Debemos pues enviar nuevas órdenes al mayor Prathachulthorn. Tendrá carta blanca, con la sola condición de que cualquier ataque ha de ser perpetrado antes del primero de noviembre. ¿Están de acuerdo?
Se alzaron las manos. El comandante Kylie dudaba, pero finalmente se unió a la votación y ésta fue unánime.
Estamos obligados, pensó Megan. Y se preguntó si el Infierno reservaba algún lugar especial para las madres que enviaban a sus propios hijos a la batalla.
70. ROBERT
No tendría que haberse ido ¿verdad? Ella dijo que todo estaba bien.
Robert se frotó su áspera barbilla. Pensó en tomar una ducha y afeitarse ya que el mayor Prathachulthorn convocaría una reunión a primera hora de la mañana y le gustaba ver a sus oficiales bien aseados.
Lo que en realidad tendría que hacer es dormir, pensó Robert. Acababan de terminar una serie de ejercicios nocturnos. Lo más inteligente era irse a descansar.
Pero, después de un par de horas de sueño irregular, advirtió que estaba demasiado nervioso, demasiado lleno de inquietud para seguir en la cama. Se levantó, fue a su escritorio y colocó el ordenador de forma que su luz no molestase a los otros ocupantes de la estancia. Durante algún tiempo, leyó la detallada orden de batalla del mayor Prathachulthorn.
Era ingeniosa, muy profesional. Las diversas opciones parecían ofrecer un buen número de sistemas efectivos para utilizar fuerzas limitadas y golpear al enemigo. Y golpearlo fuerte. Lo único que faltaba era elegir el objetivo adecuado. Había diversas posibilidades, todas ellas factibles.
No obstante, en el conjunto del plan había algo que a Robert le parecía equivocado. El documento no consiguió aumentar su confianza, como habría esperado que ocurriera. Robert imaginó que algo tomaba forma sobre su cabeza, algo ligeramente parecido a las nubes oscuras que habían envuelto en tormentas las montañas hacía poco tiempo: una manifestación simbólica de su desasosiego.
En el otro extremo de la habitación, una forma se movió bajo las mantas y éstas dejaron entrever un delgado brazo y un muslo de piel suave.
Robert se concentró y se apresuró a borrar la no-cosa que había formado con el sencillo poder de su aura. Había empezado a afectar los sueños de Lydia y no sería justo que ella sufriese su propia inquietud. A pesar de su reciente intimidad física, eran todavía, en muchos aspectos, dos desconocidos.
Pensó en los hechos positivos de los últimos días. El plan de batalla permitía conjeturar que por fin Prathachulthorn había empezado a tomarse en serio sus ideas. Y la compañía de Lydia le había reportado algo más que placer físico. Robert no se había dado cuenta de lo mucho que añoraba el simple contacto físico con los de su propia especie. Los humanos tenían más capacidad para soportar el aislamiento que los chimps, los cuales podían caer en una profunda depresión si se veían privados de compañeros de caricias durante cierto tiempo. Pero tanto los mases como las fems humanos tenían necesidades parecidas a las de los simios.
No obstante, los pensamientos de Robert iban a la deriva. Incluso en sus momentos más apasionados con Lydia, seguía pensando en otra persona.
¿Tenía que irse? Desde un punto de vista lógico, no había ninguna razón para visitar el monte Fossey. Los gorilas están muy bien cuidados.
Los gorilas habían sido sólo una excusa, claro. Una excusa para huir del aura de censura del mayor Prathachulthorn. Una excusa para evitar las centelleantes descargas de la pasión humana.
Athaclena podía tener razón acerca de que no había nada malo en que Robert deseara estar con los de su especie, pero la lógica no lo era todo. Ella también tenía sentimientos. Joven y sola, podía resultar herida incluso por lo que ella consideraba correcto.
—¡Maldita sea! —murmuró Robert. Las palabras y los gráficos de Prathachulthorn no eran más que una mancha borrosa—. ¡Maldita sea!, la echo de menos.
Fuera, tras la cortina de tela que separaba aquella habitación del resto de las cuevas, se produjo una conmoción. Robert consultó su reloj. Sólo eran las cuatro de la madrugada. Se puso de pie y cogió sus ropas. A aquella hora, cualquier excitación fuera de programa podía ser equivalente a malas noticias. Y si el enemigo había estado tranquilo durante un mes, eso no significaba que fuera a continuar así para siempre. Tal vez los gubru se habían enterado de sus planes y atacaban como medida de prevención.