Se oyeron golpes de pies descalzos sobre la piedra.
—¿Capitán Oneagle? —dijo una voz tras la cortina.
Robert se acercó a ella y la descorrió. Un mensajero chimp respiraba jadeante.
—¿Qué pasa? —preguntó Robert.
—Hum, ser. Es mejor que venga en seguida.
—Muy bien. Voy a coger las armas.
—No es una batalla, ser. —El chimp sacudió la cabeza—. Es… es que han llegado unos chimps, procedentes de Puerto Helenia.
Robert frunció el ceño. Desde el principio no habían dejado de llegar pequeños grupos de la ciudad. ¿Por qué ahora tanto revuelo? Oyó cómo Lydia se movía, perturbado su sueño con las voces.
—Bien —le dijo a la chima—. Los entrevistaremos un poco más tarde.
—Señor —lo interrumpió ella—. ¡Es Fiben! ¡Fiben Bolger, señor! Ha regresado.
—¿Qué? —preguntó Robert asombrado.
—¿Rob? —dijo una voz femenina a sus espaldas—. ¿Qué…?
Robert chilló y su grito repercutió en los espacios cerrados. Abrazó y besó a la sorprendida chima y luego levantó en vilo a Lydia.
—¿Qué? —empezó a preguntar, pero se interrumpió al ver que se estaba dirigiendo al punto vacío donde un momento antes había estado él.
En realidad, no era necesario apresurarse. Fiben y sus escoltas se encontraban aún a cierta distancia. Cuando pudieron verse sus caballos, jadeando montaña arriba por el camino norte, Lydia ya se había vestido y reunido con Robert en lo alto del precipicio. La luz grisácea del amanecer empezaba a borrar las últimas y tenues estrellas.
—Todo el mundo está levantado —comentó Lydia—. Hasta el mayor lo ha hecho. Los chimps corren de un lado a otro parloteando excitados. Ese chimp al que esperan debe de ser algo extraordinario.
—¿Fiben? —rió Robert—. Sí, puede decirse que el viejo Fiben es completamente fuera de lo común.
—De eso ya me he dado cuenta. —¡Ella se protegió los ojos de la luminosidad que aumentaba en el este para observar el grupo a caballo que enfilaba la pendiente en zigzag del estrecho sendero—. ¿Es el que va cubierto de vendajes?
—¿Hum? —Robert entrecerró los ojos. La visión de Lydia había sido bioorgánicamente aumentada durante su entrenamiento en el ejército. Sintió envidia—. No me sorprendería. Por una u otra razón, Fiben siempre va lleno de vendajes, aunque le horroriza. Él afirma que se debe a una innata torpeza y a que eso es lo que el universo le depara, pero siempre he sospechado que tiene una atracción especial por los problemas. Nunca he conocido a ningún chimp que llegara a tales extremos sólo para tener una historia que contar.
Al cabo de un minuto pudo distinguir las facciones de su amigo. Gritó y lo saludó con la mano. Fiben sonrió y respondió al saludo, aunque tenía el brazo inmovilizado en un cabestrillo. Junto a él, montada en una pálida yegua había una chima que Robert no conocía.
Llegó un mensajero procedente de las cuevas y los saludó.
—Sers, el mayor ordena que usted y el teniente Bolger bajen lo antes posible.
—Dile, por favor, al mayor Prathachulthorn que vamos en seguida —asintió Robert.
Mientras los caballos recorrían la última curva, Lydia deslizó su mano en la suya y Robert sintió una repentina oleada de regocijo y culpabilidad a la vez. Le dio un apretón y trató de no mostrar la ambivalencia de sus sentimientos.
¡Fiben está vivo!, pensó. Tengo que comunicárselo a Athaclena. Seguro que se emocionará.
El mayor Prathachulthorn tenía la costumbre de tirarse de una u otra oreja. Mientras escuchaba los informes de sus subordinados, se movía en la silla y de vez en cuando murmuraba ante su ordenador, adquiriendo algún detalle urgente para su información. En ciertas ocasiones parecía distraído, pero si su interlocutor dejaba de hablar o incluso si bajaba el tono de voz, el mayor chasqueaba los dedos con impaciencia. Al parecer, Prathachulthorn tenía una mente rápida y era capaz de atender varios asuntos a la vez. Sin embargo, esta conducta resultaba un poco desconcertante para algunos chimps, que tendían a ponerse nerviosos y sufrir afasias. Y eso, a su vez, no mejoraba la opinión que Prathachulthorn tenía de los irregulares que habían estado al mando de Robert y Athaclena.
Pero en el caso de Fiben, esto no suponía ningún problema. Mientras continuaran dándole zumo de naranja, él seguiría contando su historia. Hasta Prathachulthorn, que a menudo interrumpía los informes con frecuentes preguntas y que era implacable con los detalles, permaneció en silencio mientras Fiben narraba la historia de la desastrosa insurrección del valle, su posterior captura, las entrevistas y pruebas que había sufrido a manos de los ayudantes del Suzerano de la Idoneidad y las teorías de la doctora Gailet Jones.
De vez en cuando, Robert miraba a la chima que Fiben había llevado consigo desde Puerto Helenia. Sylvie estaba sentada rígidamente entre Benjamín y Elsie, con una expresión serena. A veces se dirigían a ella para verificar o aclarar algo, y ella respondía en voz baja. Por lo demás, sus ojos no se apartaban de Fiben.
Éste describió detalladamente la situación política entre los gubru tal como él la veía. Cuando llegó la noche de la fuga, explicó que el Suzerano de Costes y Prevención les había tendido una trampa, y terminó el relato de este modo:
—Así que decidimos, Sylvie y yo, que era mejor salir de Puerto Helenia por una ruta que no fuese marina. —Se encogió de hombros—. Pasamos por una abertura de la valla y por fin llegamos a un puesto rebelde. En consecuencia aquí estamos.
¡Eso es!, pensó Robert con ironía. Fiben había dejado de lado cualquier referencia a sus heridas y a la forma precisa en que había escapado. Sin duda lo haría constar con todo detalle en el informe por escrito que entregaría al mayor, pero los demás tendrían que sacárselo sobornándolo.
Robert vio que Fiben lo miraba y le guiñaba el ojo. Supongo que es una historia para contar mientras te bebes cinco cervezas, pensó Robert.
—Has dicho que viste la derivación hiperespacial. —Prathachulthorn se dirigió a Fiben—. ¿Sabes dónde está situada exactamente?
—He sido entrenado como explorador, mayor. Sé dónde se halla. Mi informe por escrito incluirá un mapa y un esbozo de la instalación.
—Si no hubiera tenido ya otras noticias de ese asunto —reconoció Prathachulthorn—, nunca hubiera creído esta historia. Pero, dada las circunstancias, no me queda más remedio que hacerlo. ¿Y has dicho que es una instalación muy costosa, incluso para los gubru?
—Sí, señor. Ésa es la conclusión a la que llegamos Gailet y yo. Los humanos sólo han podido celebrar una única ceremonia de Elevación para cada una de sus razas pupilas en todos los años transcurridos desde el Contacto, y ambas tuvieron que desarrollarse en Tymbrimi. Es por eso que otros pupilos como los kwackoo pueden humillarnos impunemente.