Su rostro nunca había estado libre de marcas pero ahora estaba cubierto de heridas rosáceas, aún abiertas, que la ausencia de pelo en algunas zonas dejaba a la vista. Las heridas estaban sanando pero sus cicatrices nunca serían hermosas.
—Vamos, rebelde —le dijo uno de los chimps centinelas dándole un empujón—. El pájaro quiere hacerte algunas preguntas.
Mientras lo conducían a una zona elevada, cerca del centro de la inmensa cámara, Max ignoraba tanto como podía al margi. Allí esperaban algunos kwackoo, de pie sobre una plataforma instrumental.
Max miró a los ojos al que parecía ser el jefe y se inclinó ante él levemente, pero lo suficiente para que el pajaroide le devolviera la cortesía. Junto a los kwackoo se hallaban otros tres traidores. Dos eran unos chimps bien vestidos que habían obtenido grandes beneficios suministrando material de construcción y obreros a los gubru; se rumoreaba que algunos de los negocios se habían hecho a expensas de sus socios humanos desaparecidos. Otras historias decían que los hombres internados en Cilmar y en las demás islas habían aprobado aquellas transacciones y que su connivencia había sido directa. Max no sabía qué versión prefería creer. El tercer chimp de la plataforma era el comandante de la fuerza auxiliar de los margis, el alto y presuntuoso Puño de Hierro.
Max también conocía el protocolo adecuado para saludar a los traidores. Sonrió, mostrando sus grandes caninos, y escupió a sus pies. Con un grito, los margis tiraron de la cadena y lo hicieron trastabillar. Levantaron sus porras, pero un agudo grito del líder kwackoo los detuvo antes de que pudieran descargar los golpes. Luego retrocedieron, haciéndole una reverencia.
—¿Estáis seguros, sabéis con certeza, que este individuo es el que hemos estado buscando? —preguntó a Puño de Hierro el oficial pajaroide.
El chimp asintió.
—Lo encontramos cerca del lugar donde capturamos a Gailet Jones y Fiben Bolger. Había sido visto en su compañía antes de la rebelión y se sabe que durante muchos años fue sirviente de la familia de ella. He preparado un informe que demuestra que su contacto con esos individuos lo hace adecuado para que lo estudiemos con atención.
—Has sido muy hábil —le dijo el kwackoo a Puño de Hierro—. Debes ser premiado, recompensado, con un rango superior. Aunque uno de los candidatos del Suzerano de la Idoneidad se haya escapado de nuestra red. Ahora estamos en una buena posición paga elegir, seleccionar un sustituto. Te tendré informado.
Max había vivido lo bastante bajo el régimen gubru para saber que aquéllos eran burócratas, ayudantes del Suzerano de Costes y Prevención. Pero no tenía ni idea de lo que querían de él, para qué podía él serles útil en sus luchas internas.
¿Por qué lo habían llevado a aquel lugar? En las entrañas profundas de una montaña artificial, al otro lado de la bahía, se encontraba un enjambre intimidante de maquinarias y unas impresionantes fuentes de energía. Durante el largo recorrido en el vehículo volador, Max había sentido cómo se le erizaba el pelo debido a la electricidad estática que generaban los gubru al probar sus titánicos aparatos.
El funcionario kwackoo se volvió para mirarlo con un ojo.
—Vas a cumplir dos funciones —le dijo a Max—, dos objetivos. Nos darás información, datos sobre tu antigua ama, una información que pueda sernos útil. Y nos ayudarás, auxiliarás, en un experimento.
—No haré ninguna de las dos cosas —sonrió Max—, y me trae sin cuidado si es una falta de respeto. Por mí puede ponerse un traje de payaso y montarse en un triciclo, pero no le diré nada.
El kwackoo parpadeó una, dos veces, mientras verificaba las palabras del chimp traducidas por un ordenador. Intercambió unos gorjeos con sus ayudantes y luego se dirigió de nuevo a él.
—No has entendido, has interpretado mal lo que queríamos decir. No habrá preguntas. No necesitas hablar. Tu cooperación no será necesaria.
La satisfecha certeza de aquella afirmación parecía terrible. Max tembló ante una repentina premonición.
Cuando lo capturaron, el enemigo quiso sacarle información. Él se había resistido con todas sus fuerzas, pero en realidad le había extrañado que lo único que parecía interesarles eran los garthianos. Eso es lo que le preguntaban una y otra vez: «¿Dónde estaban los pre-sensitivos?»
¿Garthianos?
Resultó fácil confundirlos y mentir, a pesar de todas las drogas y máquinas psi, porque las hipótesis básicas del enemigo eran sumamente idiotas. ¡Quién se hubiera imaginado a los galácticos tragándose un cuento de niños! Lo superó bien y aprendió muchos trucos para mentir en los interrogatorios.
Hizo grandes esfuerzos, por ejemplo, para no «admitir» que los garthianos existían. Durante un rato, eso pareció convencerlos de que sus hipótesis eran todavía más ciertas.
Al fin abandonaron los interrogatorios y lo dejaron en paz. Tal vez se habían dado cuenta de cómo los habían engañado. Después de aquello, lo pusieron a trabajar en una de las diversas obras y Max pensó que se habían olvidado de él.
Al parecer no es así, pensó. Las palabras del kwackoo lo inquietaban.
—¿Qué quiere decir con eso de que no habrá preguntas?
Esta vez fue el líder de los marginales quien respondió. Puño de Hierro se atusó el bigote con fruición.
—Significa que te exprimirán todo lo que sabes. Estas máquinas —señaló alrededor— se concentrarán en ti y liberarán tus respuestas. Pero a ti no te liberarán.
Max inhaló profundamente y notó que el pulso se le aceleraba. Lo que lo mantenía firme era una fuerte resolución: no iba a darles a esos traidores el gusto de verlo sin poder articular palabra.
—Eso… eso va en contra de… las Normas de Guerra.
Puño de Hierro se encogió de hombros y dejó que el kwackoo se explicara.
—Las Normas protegen, preservan las especies y los mundos más que a los individuos. Y, de todas formas, ninguno de los que ves aquí es seguidor de los sacerdotes.
Así que, pensó Max, estoy en manos de los fanáticos. Mentalmente se despidió de los chimps, las chimas y los crios de su grupo familiar, en especial de la esposa mayor de su grupo, a la que estaba seguro de que no volvería a ver nunca más.
—Habéis cometido dos errores —les dijo a sus apresadores—. El primero fue que se os pasó por alto que Gailet está viva, y que Fiben os ha vuelto a engañar. Eso compensa todo lo que podáis hacer conmigo.
—Disfruta de tu breve placer —gruñó Puño de Hierro—. Vas a ser de gran ayuda para dominar a tu antigua ama.
—Tal vez —asintió Max—. Pero el segundo error es haberme atado a esto…
Había permanecido todo el tiempo con los brazos caídos pero en aquel momento los echó hacia atrás con un impulso salvaje y tiró de la cadena con todas sus fuerzas.
Dos de los centinelas margis perdieron pie antes de que los eslabones se les escaparan de las manos.
Max apoyó bien los pies en el suelo y chasqueó la pesada cadena como si fuera un látigo. Sus escoltas se agacharon para protegerse, pero no todos lo lograron a tiempo. Uno de los contratistas chimp quedó con la cabeza abierta a causa de un golpe indirecto. El otro tropezó en su desesperación por salir de allí y derribó a los kwackoo como si fueran bolos.
Max gritaba con alegría mientras hacía girar su improvisada arma hasta que todos hubieron caído o se pusieron fuera de su alcance. Luego la movió oblicuamente, cambiando el eje de rotación. Por último, la soltó y la cadena salió disparada hacia arriba, en ángulo, y se enredó en la barandilla de la plataforma superior.
Hacer girar los pesados eslabones fue la parte más fácil. Todos estaban demasiado aturdidos como para reaccionar a tiempo de evitarlo. Lamentablemente, desperdició unos preciosos segundos desenrollando la cadena. Como estaba unida a las esposas tendría que llevársela consigo.
¿Llevármela adonde?, se preguntó mientras recogía los eslabones. Max se volvió de golpe al vislumbrar unas plumas blancas a su derecha. Así que corrió en dirección contraria y se precipitó escaleras arriba hasta el nivel superior.
Escapar era, por supuesto, una idea absurda. Tenía sólo dos objetivos inmediatos: hacer el mayor daño posible y terminar con su vida antes de que lo obligaran a traicionar a Gailet.
El primer objetivo lo logró mientras corría, pues lanzaba la cadena contra todo tubo, teclado o instrumento delicado que encontraba a su paso. Algunas partes del instrumental eran más duras de lo que parecían, pero otras se rompían con facilidad. Desde la plataforma lanzó bandejas de herramientas a los que estaban abajo.
Sin embargo, permanecía atento a otras posibles opciones. Si no encontraba un utensilio o un arma que pudiera ayudarle, tenía que intentar llegar lo bastante arriba para poder saltar por la barandilla.
Un técnico gubru y sus dos ayudantes kwackoo aparecieron tras una esquina, enfrascados en una discusión técnica en su gorjeante dialecto. Cuando miraron hacia arriba, Max vociferó e hizo girar la cadena. Uno de los kwackoo recibió un golpe y volaron innumerables plumas. Mientras seguía agitando la cadena, Max aulló en dirección al asombrado gubru, quien prorrumpió en gritos de consternación y se alejó dejando una estela de plumas tras de sí.
—Con todos mis respetos —añadió Max, dirigiéndose al pajaroide que se marchaba.
Nunca podía saberse si había cámaras grabando un acontecimiento. Gailet le había dicho que matar pájaros estaba bien siempre que se hiciera de un modo cortés.
Por todas partes sonaban alarmas y sirenas. Max empujó a un kwackoo, volteó a otro y subió un nuevo tramo de escaleras. Un nivel más arriba encontró un objetivo demasiado tentador como para pasarlo por alto. Una gran carreta con casi una tonelada de delicadas piezas fotónicas se hallaba olvidada muy cerca del borde de la plataforma de carga. En el hueco del ascensor no había barandilla. Max ignoró los gritos y ruidos que le llegaban de todas direcciones y apoyó la espalda en el extremo trasero de la carreta. ¡Muévete!, gruñó, y ésta empezó a avanzar.
—¡Eh! ¡Está por este lado! —oyó gritar a un chimp. Max hizo más fuerza y rogó que sus heridas no lo hubiesen debilitado. La carretilla se desplazó hacia delante.
—¡Tú, rebelde, detén eso!
Oyó pisadas. Demasiado tarde para impedir lo que la inercia haría por sí sola. La carretilla y su carga cayeron por el borde. Y ahora yo, pensó Max.
Pero cuando la orden llegó a sus piernas éstas se contrajeron de repente. Reconoció los dolorosos efectos de un anestésico neuronal. Retrocedió a tiempo de ver el arma anestésica que empuñaba el chimp llamado Puño de Hierro.
Max cerró las manos espasmódicamente, como si la garganta del margi estuviera entre ellas. Desesperadamente deseó caer hacia atrás, dentro del hueco del ascensor.
¡Lo conseguí! Max saboreó la victoria al tiempo que caía desde la plataforma. El hormigueante aturdimiento no duraría mucho. Ahora estamos empatados, Fiben, pensó.
Pero, después de todo, ése no fue el fin. Max sintió sus entumecidos brazos casi fuera de sus articulaciones. Las esposas le habían abierto unos sangrientos desgarrones en las muñecas y la cadena había quedado enganchada arriba. A través de los tubos de metal de la plataforma, Max pudo ver a Puño de Hierro sujetándola con toda su fuerza. El margi lo miró y sonrió.
Max suspiró con resignación y cerró los ojos.