Max apoyó bien los pies en el suelo y chasqueó la pesada cadena como si fuera un látigo. Sus escoltas se agacharon para protegerse, pero no todos lo lograron a tiempo. Uno de los contratistas chimp quedó con la cabeza abierta a causa de un golpe indirecto. El otro tropezó en su desesperación por salir de allí y derribó a los kwackoo como si fueran bolos.
Max gritaba con alegría mientras hacía girar su improvisada arma hasta que todos hubieron caído o se pusieron fuera de su alcance. Luego la movió oblicuamente, cambiando el eje de rotación. Por último, la soltó y la cadena salió disparada hacia arriba, en ángulo, y se enredó en la barandilla de la plataforma superior.
Hacer girar los pesados eslabones fue la parte más fácil. Todos estaban demasiado aturdidos como para reaccionar a tiempo de evitarlo. Lamentablemente, desperdició unos preciosos segundos desenrollando la cadena. Como estaba unida a las esposas tendría que llevársela consigo.
¿Llevármela adonde?, se preguntó mientras recogía los eslabones. Max se volvió de golpe al vislumbrar unas plumas blancas a su derecha. Así que corrió en dirección contraria y se precipitó escaleras arriba hasta el nivel superior.
Escapar era, por supuesto, una idea absurda. Tenía sólo dos objetivos inmediatos: hacer el mayor daño posible y terminar con su vida antes de que lo obligaran a traicionar a Gailet.
El primer objetivo lo logró mientras corría, pues lanzaba la cadena contra todo tubo, teclado o instrumento delicado que encontraba a su paso. Algunas partes del instrumental eran más duras de lo que parecían, pero otras se rompían con facilidad. Desde la plataforma lanzó bandejas de herramientas a los que estaban abajo.
Sin embargo, permanecía atento a otras posibles opciones. Si no encontraba un utensilio o un arma que pudiera ayudarle, tenía que intentar llegar lo bastante arriba para poder saltar por la barandilla.
Un técnico gubru y sus dos ayudantes kwackoo aparecieron tras una esquina, enfrascados en una discusión técnica en su gorjeante dialecto. Cuando miraron hacia arriba, Max vociferó e hizo girar la cadena. Uno de los kwackoo recibió un golpe y volaron innumerables plumas. Mientras seguía agitando la cadena, Max aulló en dirección al asombrado gubru, quien prorrumpió en gritos de consternación y se alejó dejando una estela de plumas tras de sí.
—Con todos mis respetos —añadió Max, dirigiéndose al pajaroide que se marchaba.
Nunca podía saberse si había cámaras grabando un acontecimiento. Gailet le había dicho que matar pájaros estaba bien siempre que se hiciera de un modo cortés.
Por todas partes sonaban alarmas y sirenas. Max empujó a un kwackoo, volteó a otro y subió un nuevo tramo de escaleras. Un nivel más arriba encontró un objetivo demasiado tentador como para pasarlo por alto. Una gran carreta con casi una tonelada de delicadas piezas fotónicas se hallaba olvidada muy cerca del borde de la plataforma de carga. En el hueco del ascensor no había barandilla. Max ignoró los gritos y ruidos que le llegaban de todas direcciones y apoyó la espalda en el extremo trasero de la carreta. ¡Muévete!, gruñó, y ésta empezó a avanzar.
—¡Eh! ¡Está por este lado! —oyó gritar a un chimp. Max hizo más fuerza y rogó que sus heridas no lo hubiesen debilitado. La carretilla se desplazó hacia delante.
—¡Tú, rebelde, detén eso!
Oyó pisadas. Demasiado tarde para impedir lo que la inercia haría por sí sola. La carretilla y su carga cayeron por el borde. Y ahora yo, pensó Max.
Pero cuando la orden llegó a sus piernas éstas se contrajeron de repente. Reconoció los dolorosos efectos de un anestésico neuronal. Retrocedió a tiempo de ver el arma anestésica que empuñaba el chimp llamado Puño de Hierro.
Max cerró las manos espasmódicamente, como si la garganta del margi estuviera entre ellas. Desesperadamente deseó caer hacia atrás, dentro del hueco del ascensor.
¡Lo conseguí! Max saboreó la victoria al tiempo que caía desde la plataforma. El hormigueante aturdimiento no duraría mucho. Ahora estamos empatados, Fiben, pensó.
Pero, después de todo, ése no fue el fin. Max sintió sus entumecidos brazos casi fuera de sus articulaciones. Las esposas le habían abierto unos sangrientos desgarrones en las muñecas y la cadena había quedado enganchada arriba. A través de los tubos de metal de la plataforma, Max pudo ver a Puño de Hierro sujetándola con toda su fuerza. El margi lo miró y sonrió.
Max suspiró con resignación y cerró los ojos.
Cuando recobró el sentido, Max bufó y apartó la cara involuntariamente del odioso olor. Parpadeó y distinguió vagamente a un chimp bigotudo con una ampolla abierta en la mano, de la cual se desprendían nocivos humos.
—Ah, veo que ya estás otra vez despierto.
Max se sentía muy desdichado. Le dolía todo el cuerpo a causa del anestésico y apenas podía moverse, pero además era como si los brazos y las muñecas le ardiesen. Los tenía atados a la espalda, pero imaginó que podía tenerlos rotos.
—¿Don… dónde estoy? —preguntó.
—En el foco de una derivación hiperespecial —le respondió Puño de Hierro, indiferente.
—Eres un maldito embustero —le espetó Max.
—Tómatelo como quieras. —Puño de Hierro hizo un gesto displicente—. Pensé que merecías una explicación. Mira, esta máquina es un tipo especial de derivación, conocida como amplificador. Está diseñada para tomar imágenes de un cerebro y explicarlas con claridad a todos los que observen. Durante la ceremonia estará bajo el control del Instituto, pero sus representantes todavía no han llegado. Así que hoy vamos a recargarla un poco para probarla.
»Se supone que el sujeto ha de mostrarse cooperativo y que el proceso es benigno. Pero hoy eso no va a importar mucho.
Se oyó una aguda queja procedente de detrás de Puño de Hierro. Por una pequeña compuerta alcanzó a ver a los técnicos del Suzerano de Costes y Prevención.
—¡Tiempo! —dijo con aspereza el jefe de los kwackoo—. ¡Apresúrate! ¡Date prisa!
—¿Por qué tanta prisa? —preguntó Max—. ¿Tenéis miedo de que las otras facciones gubru oigan la conmoción y vengan hacia aquí?
Puño de Hierro lo miró mientras cerraba la compuerta. Se encogió de hombros.
—Esto significa que sólo tenemos tiempo para hacer una pregunta. Pero servirá. Hablanos de Gailet.
—¡Nunca!
—No podrás evitarlo —rió Puño de Hierro—. ¿Has intentado alguna vez no pensar en algo? No serás capaz de no pensar en ella. Y en cuanto la máquina tenga algo a que agarrarse, te absorberá todo lo demás.
—Eres… eres… —Max luchaba con las palabras pero éstas no salían. Se retorció intentando apartarse del foco de los múltiples tubos que le apuntaban desde todos lados. Pero había perdido la fuerza. No podía hacer nada al respecto.
Excepto no pensar en Gailet Jones. Pero al intentar no pensar en ella, pensaba en ella. Max gimió mientras los aparatos empezaban a emitir un grave zumbido, como un superficial acompañamiento. De pronto sintió como si los campos gravíticos de cien naves espaciales le recorriesen la piel de arriba a abajo.