Выбрать главу

El bosque estaba lleno de sonidos. Pequeños animales corrían ante ellos, escapando del humo y el hedor alienígena. Athaclena captó unas rápidas y calientes pulsaciones de su miedo. Cuando llegaron a lo alto de una loma desde la que se divisaban las instalaciones, pudieron oír gritos débiles, chillidos de humanos que andaban a ciegas en un bosque oscurecido por el hollín.

Los ojos castaños de Benjamín le dijeron que aquellos de allí abajo eran sus amigos.

—¿Ha visto cómo se adhiere al suelo esa sustancia? —preguntó—. Sólo sobrepasa en unos pocos metros la parte superior de los edificios. ¡Ojalá hubiésemos construido estructuras más altas!

—Hubieran atacado primero esos edificios —señaló Athaclena—, y luego hubiesen soltado el gas.

—Uf —asintió Benjamín—. Vamos a ver si alguno de mis compañeros se ha subido a los árboles. Tal vez hayan podido ayudar a los humanos a encaramarse también.

Ella no quiso preguntar a Benjamín acerca de su oculto temor, esa cosa que él no se sentía capaz de mencionar. Pero a su preocupación por los humanos y chimps del valle se añadía algo más, por si eso no fuera bastante.

* * *

Cuanto más se adentraban en el valle más espaciados estaban los árboles. Cada vez más a menudo se veían obligados a descender, dispersando con los pies los jirones de humo mientras avanzaban a toda prisa por su arbórea autopista. Por fortuna, pareció que el gas oleoso empezaba a disiparse, volviéndose más pesado y cayendo en forma de polvorienta lluvia.

El paso de Benjamín se aceleró cuando pudo vislumbrar entre los árboles los edificios blanquecinos del centro. Athaclena lo siguió lo mejor que pudo pero cada vez le resultaba más duro mantener el ritmo del chimp. El consumo de enzimas le hacía pagar su precio y su corona llameaba mientras su cuerpo trataba de eliminar el calor desarrollado.

Concéntrate, pensó, al tiempo que se agazapaba sobre una rama oscilante. Athaclena flexionó las piernas y trató de ver a través de las polvorientas hojas y ramas que tenía ante ella.

Adelante.

Se enderezó, pero había perdido impulso. Apenas pudo saltar una separación de dos metros. Athaclena se abrazó a la rama que se bamboleaba. Su corona chisporroteaba como el fuego.

Se agarró al tronco alienígena, respirando con la boca abierta, incapaz de moverse, con la visión borrosa. Tal vez sea algo más que dolor gheer, pensó. Quizás el gas no haya sido ideado sólo para los terráqueos y me esté matando.

Necesitó un par de segundos para recuperar la visión y entonces alcanzó a ver un pie peludo con la planta oscura… Era Benjamín, hábilmente agarrado al tronco del árbol, un poco más arriba que ella.

—Espere aquí un momento y descanse, señorita. —Sus manos tocaron suavemente los ondulantes y ardientes zarcillos de su corona—. Yo iré primero y luego regresaré.

La rama tembló de nuevo y él desapareció.

Athaclena se quedó inmóvil. Poco podía hacer aparte de escuchar los débiles sonidos procedentes del centro Howletts. Casi una hora después de la partida de la nave gubru aún podía oír los gritos de los chimps aterrorizados y los chillidos extraños y graves de un animal que no podía reconocer.

El gas se iba disipando pero aún se olía, incluso en la altura donde ella estaba. Athaclena mantuvo cerradas las fosas nasales mientras respiraba por la boca.

¡Desgraciados terrestres, cuyas bocas y orejas deben permanecer siempre abiertas, para que el mundo pueda atacarlos a voluntad! Pero no se le escapaba la ironía. Al menos esas criaturas no tenían que escuchar con la mente.

A medida que su corona se enfriaba, Athaclena se sentía envuelta en un cúmulo de emociones humanas, de chimpancés y de esa otra variedad que aparecía y desaparecía y que ya se había convertido en algo casi familiar. Pasaban los minutos y Athaclena mejoraba ligeramente…., lo suficiente para arrastrarse por la rama hasta donde ésta se unía al tronco. Se sentó dando un suspiro, apoyando la espalda en la áspera corteza, rodeada por un fluir de ruidos y emociones.

Tal vez no voy a morirme, al menos de momento.

Tardó unos instantes en darse cuenta de que algo ocurría cerca de allí. Sintió que estaba siendo observada ¡y desde muy cerca! Se volvió y respiró muy hondo. Desde el árbol contiguo, a una distancia de seis metros, cuatro pares de ojos la miraban, tres de ellos de color castaño oscuro y el cuarto de un azul brillante.

Exceptuando unos cuantos sensitivos y semivegetales kanten, los tymbrimi eran los galácticos que mejor conocían a los terrestres. Sin embargo, Athaclena parpadeó sorprendida, confusa ante lo que estaba presenciando.

Muy cerca del tronco del árbol vecino había una hembra neochimpancé adulta, una chima, vestida sólo con Pantalones cortos, con un bebé chimp en los brazos. Los Pequeños ojos castaños de la madre estaban dilatados por el miedo. Junto a ellos había un pequeño humano de piel suave, vestido con un mono de algodón. Era una niña rubita que sonrió a Athaclena con timidez.

Pero era el cuarto y último ser del árbol el que la había confundido.

Recordó la escultura sónica de un neodelfín que su padre había llevado a Tymbrimi en uno de sus viajes.

Fue justo después del episodio de la ceremonia de Aceptación y Elección de los tytlal en el que ella se comportó de manera tan extraña junto a aquella caldera de un volcán extinguido. Tal vez Uthacalthing quiso que ella escuchara la escultura sónica para sacarla de su melancolía, para probarle que las criaturas terrestres llamadas cetáceos eran, en realidad, criaturas deliciosas y que no había que tenerles ningún miedo. Le dijo que cerrase los ojos y que simplemente se impregnase de la canción.

Fuera cual fuese el motivo de su padre, tuvo el efecto opuesto al deseado, ya que al escuchar aquellas formas sónicas salvajes e indómitas se encontró sumergida en un océano, oyendo un enojado grito marino de reunión. Aunque había abierto los ojos y había visto que estaba en la sala familiar de audiciones, no se había sentido aliviada. Por primera vez en su vida, el sonido venció a la visión.

Athaclena no había vuelto a escuchar aquella grabación, ni había conocido nada igual de extraño.… hasta que se encontró en el paisaje metafórico del interior de Robert Oneagle.

¡Y ahora volvía a sentirse del mismo modo! Porque aunque la criatura del otro árbol pareciese un chimpancé muy grande, su corona le decía algo totalmente distinto.

¡No puede ser!

Los ojos castaños le devolvieron la mirada con calma, apaciblemente. Ese ser pesaba más que todos los demás juntos y sin embargo sostenía al niño humano con toda delicadeza y cuidado en su regazo. La niñita se movió y la gran criatura se limitó a soltar un bufido y a moverse ligeramente, sin quitar los ojos de Athaclena. A diferencia de los chimpancés normales, tenía la cara muy negra.

Ignorando sus dolores, Athaclena se inclinó despacio hacia delante para no asustarlos.