Era eso. Tal vez la primera conjetura de Athaclena acerca del gas fuese cierta. Había sospechado que no se trataba de algo del todo letal. La matanza masiva de civiles era algo que el Instituto para la Guerra Civilizada desaprobaba. Conociendo a los gubru, se podía suponer que pretendían algo mucho más insidioso que eso.
Oyó un chasquido a su derecha. El gran chimp macho, Benjamín, la llamaba desde una rama situada a tres árboles de distancia.
—¡Ya está todo bien, señorita! He encontrado a la doctora Taka y al doctor. Shultz y ambos están deseosos de hablar con usted.
—Primero ven aquí, por favor. —Athaclena le hizo una señal a Benjamín para que se aproximase.
Con la típica exageración antropoide, Benjamín soltó un largo suspiro de sufrimiento. Saltó de rama en rama hasta llegar a la altura de los tres simios y la niña humana. Entonces se le desencajó la mandíbula y estuvo a punto de caerse de la oscilante rama. Llevaba la frustración escrita en el rostro. Se volvió hacia Athaclena, aclarándose la garganta.
—No te preocupes —le dijo ella—. Sé que has pasado los últimos veinte minutos en medio de esa confusión intentando que la verdad siguiese oculta. Pero no te ha servido de nada, sé lo que está pasando aquí.
La boca de Benjamín se cerró de golpe. Luego se encogió de hombros y suspiró.
—¿Entonces?
—¿Aceptáis mi autoridad? —preguntó Athaclena a los cuatro seres de la rama.
—Sí —dijo Abril.
Nita miró a Athaclena y luego a la niña humana, asintiendo.
—Muy bien, pues. Quedaos donde estáis hasta que alguien venga a buscaros. ¿Habéis comprendido?
—Sí —dijo Nita.
Jonny y Cha-Cha la miraron sin decir nada.
Athaclena se puso de pie, manteniéndose en equilibrio sobre la rama, y se dirigió a Benjamín.
—Vayamos ahora a hablar con vuestros especialistas en Elevación. Si el gas no los ha incapacitado por completo, me interesará mucho que me cuenten por qué han decidido violar la Ley Galáctica.
Benjamín parecía vencido. Asintió con resignación.
—Y además —le dijo Athaclena plantándose de un salto a su lado—, es mejor que vayas a buscar a los chimps y gorilas que hiciste marchar para que yo no los viera. Tienen que regresar. Tal vez necesitemos su ayuda.
17. FIBEN
Fiben se las ingenió para fabricar una muleta con tres ramas de árbol que encontró cerca del surco que había abierto la nave. Oculta bajo los harapos de su traje espacial, la muleta le desencajaba parcialmente el hombro fuera de la articulación, cada vez que se apoyaba en ella.
Uf, pensó. Si los humanos no nos hubieran enderezado la columna y acortado los brazos, podría haber regresado a la civilización apoyándome en los nudillos. Aturdido, lleno de arañazos, hambriento… en realidad Fiben estaba de muy buen humor mientras emprendía la marcha hacia el norte. Demonios, estoy vivo. No tengo por qué quejarme.
Había pasado mucho tiempo en las Montañas de Mulun realizando estudios ecológicos para el Proyecto de Recuperación, así que sabía que se hallaba en la vertiente correcta, no demasiado lejos de tierras conocidas. La variedad de vegetación era fácilmente reconocible. Se trataban, en su mayoría, de plantas nativas aunque también había algunas importadas e incorporadas al ecosistema para llenar los huecos que había dejado el holocausto bururalli.
Fiben se sentía optimista. Haber sobrevivido hasta allí, haberse estrellado incluso en un territorio familiar.… le hacía tener la certeza de que Ifni tenía más planes trazados para él. Seguro que le reservaba algo especial. Con toda probabilidad, un destino especialmente molesto y mucho más doloroso que la simple muerte por inanición en el desierto.
Las orejas de Fiben se irguieron y levantó los ojos. ¿Podía ser que hubiera imaginado aquel sonido?
¡No! ¡Eran voces! Avanzaba a trompicones por el diminuto camino, ayudado por su simulacro de muleta y alternando las cabriolas con los saltos con pértiga, hasta que llegó a un empinado claro que dominaba un profundo cañón.
Pasó varios minutos mirando. ¡El bosque pluvial era tan condenadamente espeso!
¡Allí! En el otro lado, a medio camino del desnivel, pudo ver a seis chimps, con mochilas en la espalda, moviéndose con toda rapidez entre la vegetación y dirigiéndose hacia los restos aún en llamas de la TAASF Procónsul. En aquellos momentos estaban en silencio. Había sido una suerte que hablasen justo cuando pasaban por debajo de su posición.
—¡En! ¡Imbéciles! ¡Aquí! —Saltó sobre su pierna derecha y agitó los brazos, al tiempo que gritaba. El equipo de rescate se detuvo, mirando a su alrededor y parpadeando cuando los ecos rebotaron en el estrecho desfiladero. Fiben enseñó los dientes y no pudo evitar soltar un ronco gruñido de frustración. Miraban a todos lados excepto hacia donde estaba él.
Finalmente cogió la muleta, la hizo girar sobre su cabeza y la lanzó al cañón.
Uno de los chimps soltó una exclamación y se agarró a otro chimp. Todos vieron cómo la muleta se precipitaba dando tumbos en el bosque. Exacto, insistió Fiben. Ahora, trazad de nuevo ese arco hacia atrás.
Dos de ellos señalaron en su dirección y vieron cómo los saludaba. Gritaron excitados, saltando en círculos.
Olvidando por unos instantes su propia y leve regresión, Fiben murmuró entre dientes:
—Qué suerte la mía, ser rescatado por un hatajo de gruñidores. Vamos, chicos, no convirtamos esto en la danza del trueno.
Y, sin embargo, sonrió mientras ellos se aproximaban al claro de la ladera en que se encontraba. Y durante los abrazos y palmadas en la espalda que siguieron a aquellos momentos, se olvidó de sí mismo y ululó de alegría.
18. UTHACALTHING
Su pequeña chalupa fue la última nave que despegó de Puerto Helenia. Las pantallas de detección mostraban ya naves de guerra que descendían a las capas inferiores de la atmósfera.
En el cosmodromo, una pequeña unidad de militares y marinos terrestres se preparaban para una postrera resistencia inútil. Su obstinación era transmitida por todos los canales.
—…Negamos los derechos del invasor a aterrizar aquí. Exigimos la protección de la Civilización Galáctica en contra de dicha agresión. Denegamos a los gubru el permiso de aterrizaje en el territorio del que somos legalmente inquilinos.
»Ante la seriedad del asunto, un pequeño y armado Destacamento de Resistencia Formal espera a los invasores en el cosmódromo principal Nuestro desafío…
Uthacalthing conducía su chalupa con indiferentes presiones en los mandos con la muñeca y el pulgar. La diminuta nave se precipitaba hacia el sur siguiendo la costa del Mar de Cilmar, más rápida que el sonido. A la derecha, los brillantes rayos del sol se reflejaban en las nítidas aguas.
—…si se atreven a enfrentarse con nosotros cara a cara, no agazapados en el interior de sus naves de guerra…