—Decídselo, terrestres —asintió Uthacalthing, hablando en ánglico en voz muy baja. El comandante del destacamento le había pedido consejo para redactar ese desafío ritual. Esperaba haberle sido útil.
La emisión continuaba describiendo el número y tipo de armas que esperaban a la armada invasora en el cosmodromo, de forma que el enemigo no tuviera justificación para usar fuerzas excesivas. En dichas circunstancias, los gubru no tendrían otra alternativa que la de atacar a los defensores con tropas de a pie. Y deberían asumir las bajas que se produjesen.
Si los Códigos aún se mantienen, se dijo Uthacalthing. Tal vez el enemigo no se preocupe ya de las Normas de Guerra. Resultaba difícil imaginar tal situación. Pero desde rutas estelares muy distantes habían llegado ciertos rumores…
La cabina del piloto estaba llena de pantallas. Una de ellas mostraba cruceros que entraban en el campo de visión de las cámaras de los medios de comunicación de Puerto Helenia. Otras mostraban a veloces destructores que desgarraban el cielo justo encima del cosmodromo.
Uthacalthing oyó a sus espaldas unos agudos parloteos; eran dos ynnin, con su aspecto de cigüeñas, que se compadecían mutuamente. Por lo menos, esas criaturas habían podido sentarse en los asientos modelo tymbrimi, pero su voluminoso dueño tenía que permanecer de pie.
Kault no sólo estaba de pie sino que paseaba nervioso por la estrecha cabina, hinchando su cresta hasta que tocaba el techo una y otra vez. El thenanio no estaba de buen humor.
—¿Por qué, Uthacalthing? —murmuraba por enésima vez—. ¿Por qué ha esperado tanto? ¡Hemos sido los últimos en salir! Me dijo que partiríamos la pasada noche —Los orificios respiratorios de Kault se inflaban—. Reuní mis pocas pertenencias a toda prisa y usted no apareció Estuve esperando. Perdí la oportunidad de alquilar otro medio de transporte mientras usted no cesaba de mandarme mensajes pidiendo paciencia. Y al fin, cuando apareció al amanecer, partimos tan alegremente como si nos fuéramos de excursión al Arco de los Progenitores.
Uthacalthing dejó que su colega refunfuñase. Ya le había presentado disculpas formales y halagado diplomáticamente, como compensación. No podía exigírsele nada más.
Y, por otro lado, todo estaba saliendo según había planeado.
Una luz amarilla centelleó en el tablero de mandos seguida por el zumbido de un timbre.
—¿Qué es esto? —Kault se abalanzó con torpeza hacia adelante, muy agitado—. ¿Han detectado nuestros motores?
—No. —Kault suspiró aliviado—. No son los motores —prosiguió Uthacalthing—. Esa luz significa que hemos sido registrados por un haz de probabilidad.
—¿Qué? —Kault casi gritaba—. ¿La nave no está protegida? Ni siquiera está utilizando gravíticos. ¿Qué probabilidad anómala pueden haber detectado?
—Tal vez la improbabilidad sea intrínseca —sugirió encogiéndose de hombros, como si ese gesto tan humano fuera para él algo del todo natural—. Tal vez sea algo nuestro, algo de nuestro propio destino que brilla en los horizontes del mundo. Quizá sea eso lo que han detectado.
Con el extremo de su ojo derecho vio cómo Kault temblaba. La raza thenania parecía tener un pánico casi supersticioso hacia todo lo relacionado con el arte/ciencia de modelar la realidad. Uthacalthing permitió que se formara suavemente en sus zarcillos el looth’troo, la disculpa al enemigo mientras recordaba que, de manera oficial, su pueblo y el de Kault estaban en guerra. Tenía todo el derecho a tomarle el pelo a su enemigo-amigo, tal como antes había sido éticamente aceptable, que se las ingeniara para que la nave de Kault fuera saboteada.
—No debo preocuparme de eso —sugirió—. Tenemos una buena ventaja inicial.
Antes de que el thenanio pudiese replicar, Uthacalthing se inclinó hacia adelante y habló muy deprisa en gaiSiete, haciendo que una de las pantallas expandiese su imagen.
—¡Thwill’kou-chlliou! —renegó—. ¡Mire lo que están haciendo!
Kault se volvió y observó. La holo-pantalla mostraba cruceros gigantes, inmóviles sobre la ciudad, que esparcían vapor marrón sobre los edificios y los parques. Aunque el volumen de sonido estaba muy bajo, pudieron oír el pánico en la voz del comentarista de noticias que describía el oscurecimiento de los cielos, como si los habitantes de Puerto Helenia necesitasen la interpretación del locutor —Esto no está bien. —La cresta de Kault golpeó el techo con mayor rapidez—. Los gubru están actuando más severamente de lo que la situación o sus derechos de guerra permiten.
Uthacalthing asintió pero, antes de que pudiera hablar, destelló otra luz amarilla.
—Y ahora ¿qué pasa? —suspiró Kault.
—Significa que nos está persiguiendo un caza —respondió. Sus ojos habían alcanzado la separación máxima—. Tal vez debamos prepararnos para un enfrentamiento. ¿Sabe usted manejar un tablero de mandos con armas del tipo cincuenta y siete, Kault?
—No, pero me parece que uno de mis ynnin…
Su respuesta fue interrumpida por un grito de Uthacalthing.
—¡Agárrese! —le dijo al tiempo que conectaba los gravíticos de la chalupa. El suelo chirrió bajo ellos—. Voy a intentar maniobras de evasión.
—Bien —susurró Kault a través de los orificios de su cuello.
Oh, bendito sea el grosor de calavera del thenanio, pensó Uthalcalthing. Controló su expresión facial aunque sabía que en cuestiones de empatía su colega tenía la sensibilidad de una piedra y no podía captar su regocijo.
Cuando las naves que los perseguían abrieron fuego contra ellos, su corona empezó a cantar.
19. ATHACLENA
Los dedos verdes del bosque se mezclaban con los amarillos y verdosos colores de los edificios del centro, como si éste quisiera pasar inadvertido desde el aire. Aunque un viento del oeste se había llevado por fin los últimos jirones visibles del gas del invasor, una delgada película de polvo arenoso lo cubría todo por debajo de una altura de cinco metros, desprendiendo un olor penetrante y desagradable.
La corona de Athaclena ya no se contraía bajo el avasallador rugido del miedo. En los edificios, el ánimo era ahora diferente. Había indicios de resignación... y de furia controlada.
Siguió a Benjamín hacia el primer claro donde captó signos de pequeños grupos de neochimps que se movían con precaución en el interior del recinto. Un par de ellos trasladaban apresuradamente un bulto sobre una camilla.
—Tal vez sería mejor que no bajase, señorita —dijo Benjamín con voz áspera—. Quiero decir, que es evidente que el gas estaba pensado para afectar a los humanos, pero hasta nosotros, los chimps, nos sentimos un poco aturdidos. Usted es muy importante.
—Soy una tymbrimi —dijo Athaclena con frialdad— y no puedo quedarme aquí sentada cuando mis aliados y sus pupilos me necesitan.
Benjamín se inclinó ante ella en señal de acatamiento. La llevó por una serie de ramas que, como peldaños de escalera, terminaban en el suelo, donde ella puso el pie, Por fin, aliviada. Allí el cáustico olor era mucho más fuerte. Athaclena intentó ignorarlo, pero su pulso se aceleró de nerviosismo.