El chimp herido se apoyaba en la improvisada muleta y vestía los chamuscados restos de su traje espacial TAASF. Robert lo miró desde la camilla y le sonrió a través de las brumas de la anestesia.
—¡Fiben! ¿Eras tu eso que vi humeando en el cielo? Ya comprendo. ¿Qué has hecho? ¿Freír una patrullera que vale diez megacréditos?
—Tal vez sólo cinco. —Fiben puso los ojos en blanco—. Aunque era un tubo viejo, conmigo se portó bien. —Yo creía que lograríamos imponernos. —Robert sintió una extraña envidia.
—Hubiera sido posible. Uno contra uno nosotros luchamos muy bien. Y si hubiéramos sido muchos más, todo habría salido perfecto.
—Quieres decir que se hubiera conseguido cualquier cosa con un número ilimitado de… —Robert había comprendido a su amigo.
—¿Con un número ilimitado de monos? —le interrumpió Fiben. Su resoplido fue algo menos que una carcajada pero más que una irónica sonrisa.
Los otros chimps parpadearon consternados. Estas bromas estaban un poco por encima de su comprensión, pero lo más molesto era ver cómo ese chimp interrumpía al hijo humano de la Coordinadora Planetaria.
—Me hubiera gustado estar contigo —dijo Robert con gravedad.
—Sí, Robert, lo sé. —Fiben se encogió de hombros—. Pero todos tenemos que cumplir las órdenes. —Durante unos momentos permanecieron en silencio. Fiben conocía a Megan Oneagle bastante bien y simpatizaba con Robert—. Bueno, supongo que ahora nos veremos reducidos a un paro forzoso en las montañas, guardando cama y aguantando a pesadas enfermeras. —Fiben suspiró mirando hacia el sur—. Si es que podemos encontrar aire puro —miró a Robert—. Estos chimps me han contado el ataque al campamento. Algo pavoroso.
—Clennie les ayudará a arreglar las cosas —apuntó Robert. Empezaba a perder el hilo de la conversación. Era obvio que le habían suministrado muchos anestésicos—. Ella sabe mucho… mucho más de lo que cree.
—Seguro —respondió suavemente mientras los otros volvían a levantar la camilla. Fiben había oído hablar de la hija del embajador tymbrimi—. Una ET podrá arreglar las cosas. Es más que probable que esa chica amiga tuya meta a todo el mundo en la cárcel, haya invasión o no la haya.
Pero en aquellos momentos Robert estaba muy lejos de allí. Y Fiben tuvo una extraña y repentina impresión. Era como si el rostro del masc humano ya no fuera del todo terrestre. Su sonrisa soñolienta era distante y tenía un toque de algo no terráqueo.
22. ATHACLENA
Un gran número de chimps regresaron al centro, procedentes de la jungla adonde habían sido enviados para esconderse. Frederick y Benjamín los pusieron a trabajar, desmantelando y quemando los edificios con todo su contenido. Athaclena y sus dos ayudantes se movían a toda prisa de un sitio a otro, filmándolo todo antes de que fuera incendiado.
Fue algo muy duro. Nunca en su vida, como hija de diplomático, Athaclena se había sentido tan exhausta. Y sin embargo, se proponía que no quedase sin documentar ni el más leve indicio de pruebas. Era su deber.
Una hora antes del atardecer irrumpió en el campamento una banda de gorilas. Eran mucho más grandes, oscuros, y con un aspecto más fiero que los centinelas chimps. Bajo una cuidadosa dirección se encargaron de tareas simples, ayudando a derribar el único hogar que habían conocido.
Las confundidas criaturas contemplaban cómo el centro de pruebas y entrenamiento y las dependencias de los pupilos quedaban reducidas a escombros. Unos cuantos incluso trataron de impedir el derribo, plantándose delante de los chimps, más pequeños que ellos y completamente cubiertos de hollín, mientras gesticulaban con las manos para indicarles que aquello que hacían estaba muy mal.
Athaclena sabía que, dado el alcance de sus facultades, eso no era lógico. Pero, los asuntos de los tutores a menudo parecían una estupidez.
Al final, los prepupilos se quedaron entre las estelas de humo con pequeñas pilas de objetos personales a sus pies: juguetes, recuerdos y herramientas sencillas; contemplando ofuscados las ruinas y sin saber qué hacer.
Cuando llegó el anochecer, Athaclena se sentía fatigada a causa de las emociones que fluían en el recinto. Se sentó en el tocón de un árbol, de espaldas al viento caliente que procedía de los incendios de las dependencias de los pupilos, y se puso a escuchar los gemidos graves y rudos de los grandes simios. Sus ayudantes estaban tumbados allí cerca, junto a sus cámaras y bolsas de muestras, observando la destrucción mientras las llamas se reflejaban en sus ojos.
Athaclena replegó su corona hasta que lo único que pudo captar fue el glifo de unidad, la fusión a la que contribuían todos los seres vivos del boscoso valle. Lo vio de una manera metafórica, ondeando y languideciendo como una triste bandera de muchos colores.
Ahí había honor, admitió de mala gana. Esos científicos habían violado un tratado, pero no podía acusárseles de hacer nada antinatural.
Midiéndolo todo con un baremo real, los gorilas estaban tan preparados para la Elevación como lo habían estado los chimpancés, cien años terrestres antes del Contacto. Los humanos se habían visto obligados a aceptar compromisos cuando, con el Contacto, entraron en el dominio de la sociedad galáctica. Oficialmente, el tratado de arriendo que autorizaba sus derechos sobre su propio mundo natural pretendía que las especies en barbecho de la Tierra se mantuvieran estables, para que la cantidad de Potencial que poseían no se utilizase de una forma demasiado precipitada.
Pero todo el mundo sabía que, a pesar de la afición legendaria del hombre primitivo por el genocidio, la Tierra era todavía un brillante ejemplo de diversidad genética, notable por su gama de tipos y formas que la civilización galáctica había dejado intactos.
Y de todos modos… cuando una raza presensitiva estaba preparada para la Elevación, lo estaba.
No, era evidente que el tratado había obligado a los humanos cuando éstos eran débiles. Se les había permitido afirmar sus derechos sobre los neodelfines y los neochimps, especies que ya estaban en el camino de la sapiencia antes del Contacto. Pero los clanes más antiguos no estaban dispuestos a que el homo sapiens se dedicara a elevar más pupilos que el resto de los galácticos.
¡Porque eso hubiera dado a los lobeznos el estatus de tutores del más alto rango!
Athaclena suspiró.
En verdad no era justo. Pero no importaba. La sociedad galáctica se basaba en juramentos cumplidos. Un tratado era un voto solemne, de especie a especie. Había que informar de las violaciones.
Athaclena deseó que su padre estuviese allí. Uthacalthing sabría qué hacer con las cosas que ella había presenciado. El trabajo lleno de buenas intenciones de ese centro ilegal, y las viles, aunque tal vez legales, acciones de los gubru.
Pero Uthacalthing estaba muy lejos, demasiado lejos como para ponerse en contacto a través de la red de empatía. Lo único que ella sabía era que el ritmo especial de su padre aún vibraba débilmente en el nivel nahakieri. Y si bien resultaba confortable cerrar los ojos y los oídos internos y captarlo suavemente, ese débil recuerdo de su padre le decía muy poco. Las esencias nahakieri podían permanecer mucho tiempo después de que una persona abandonaba la vida, como había ocurrido con Mathicluanna, su difunta madre. Eran esencias que flotaban como las canciones de las ballenas terráqueas, en los límites de lo que puede ser conocido por las criaturas que viven del fuego y de sus manos.