—Perdón, señora… —Una voz que a duras penas era más que un ronco gruñido interrumpió bruscamente el subglifo, dispersándolo. Athaclena sacudió la cabeza y abrió los ojos para ver a un neochimp con el pelo cubierto de hollín y los hombros inclinados hacia delante por el cansancio.
—Señora ¿se encuentra bien?
—Sí, estoy bien. ¿Qué pasa? —Sentía la dureza del anglico en su garganta, ya irritada por el humo y la fatiga.
—Los directores quieren verla, señora, Muy prodigo en palabras, el chimp. Athaclena se deslizo del tronco y sus ayudantes gruñeron, chimp-teatralmente, mientras recogían los equipos y las muestras y la seguían.
En la zona de carga había algunas máquinas elevadoras. Los chimps y los gorilas cargaban camillas en los aparatos voladores que luego despegaban con un suave zumbido de sus gravíticos, adentrándose en la recién llegada noche. Sus luces se perdían en dirección a Puerto Helenia.
—Pensaba que los ancianos y los niños habían sido ya evacuados. ¿Por qué seguís cargando humanos a toda prisa?
El mensajero se encogió de hombros. Las tensiones de aquel día habían robado a muchos chimps buena parte de su animación natural. Athaclena estaba segura de que sólo la presencia de los gorilas, a quienes debía dárseles el ejemplo, podía evitar un ataque masivo de atavismo causado por la extenuación. Para ser una raza pupila tan joven, era sorprendente lo bien que se habían portado los chimps.
Unos enfermeros entraban y salían a toda prisa del edificio del hospital, pero rara vez prestaban atención a los dos directores humanos.
El doctor Schultz, el científico neochimp, los dirigía y parecía encargarse de todos los asuntos. A su lado, el chimp Frederick había sido relevado por Benjamín, el compañero de viaje de Athaclena.
En un estante cercano estaban apilados los documentos y cubos de información que contenían la genealogía y el informe genético de todos los gorilas que habían vivido allí.
—Oh, Athaclena, respetada tymbrimi. —Schultz hablaba sin que apenas se le notara el tono ronco de los chimps. Se inclinó ante ella y luego le estrechó la mano a la manera habitual entre sus congéneres: un fuerte apretón que ponía de relieve el pulgar del otro—. Disculpe nuestra pobre hospitalidad, por favor —le rogó—. Habíamos pensado servir una gran cena preparada en la cocina principal, algo así como un banquete de despedida. Pero me temo que tendremos que conformarnos con raciones enlatadas.
Una pequeña chima se aproximó llevando una bandeja sobre la que había una hilera de recipientes.
—La doctora Elayne Soo es nuestra especialista en nutrición —prosiguió el doctor Schultz—. Dice que tal vez encuentre apetitosas estas exquisiteces.
Athaclena miró las latas ¡Kuthra! ¡Allí, a quinientos parsecs de casa, se encontraba con un pastel instantáneo elaborado en su planeta natal! Incapaz de contenerse, soltó una carcajada.
—Hemos puesto una buena cantidad de ellos, junto con otros alimentos a bordo de una nave ultraligera que ponemos a su disposición. Le recomendamos sin embargo que abandone el aparato lo antes posible después de salir de aquí. Los gubru no tardarán mucho tiempo en ubicar su propia red de satélites y cuando eso ocurra el tráfico aéreo resultará impracticable.
—Volar hacia Puerto Helenia no será peligroso —apuntó Athaclena—. Los ¡gubru esperan sin duda una gran afluencia de gente en los próximos días, que acudan allí para recibir tratamiento con el antídoto. —Señaló hacia la frenética actividad—. ¿Por qué, pues, ese casi-miedo que siento a mi alrededor? ¿Por qué evacuan a los humanos tan deprisa? ¿Quién…?
Aunque el temor a interrumpirla se reflejaba en su cara, Schultz se aclaró, no obstante, la garganta y sacudió la cabeza de un modo muy significativo. Benjamín la miraba con aire suplicante.
—Por favor, ser —imploró Schultz en voz baja—, no hable tan alto. La mayoría de nuestros chimps en realidad no han adivinado que… —Dejó la frase colgada.
Athaclena sintió un frío estremecimiento en su corona. Por primera vez miró de cerca a los dos directores humanos, Taka y M’Bzwelli. Habían permanecido todo el tiempo callados, asintiendo con la cabeza como si comprendiesen y aprobasen todo cuanto se decía.
La mujer negra, la doctora Taka, le sonrió sin parpadear. La corona de Athaclena se desplegó para encogerse conmocionada al instante.
—¡La estáis matando! —dijo volviéndose a Schultz.
—Por favor, ser, no grite —dijo Schultz con aire infeliz—. Tiene razón, he drogado a mis queridos amigos para que puedan disimular la verdad hasta que mis pocos y buenos administradores chimps terminen su tarea y puedan sacar a la gente sin pánico. Fueron ellos mismos los que insistieron. La doctora Taka y el doctor M’Bzwelli sienten que la vida se les está escapando muy deprisa por causa del gas. —Añadió con tristeza e impotencia.
—¡No tenías que haberles obedecido! ¡Esto es un asesinato!
—No fue fácil —reconoció Schultz. Benjamín parecía afligido—. El chimp Frederick no fue capaz de soportar mas la vergüenza y se ha procurado su propia paz. Yo también me quitaré la vida pronto si es que mi muerte no es tan inevitable como la de mis colegas humanos.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que los gubru, al parecer, no son muy buenos químicos. —El neochimp más viejo rió con amargura para terminar tosiendo—. El gas está matando a algunos humanos. Actúa más deprisa de lo que ellos dijeron que lo haría. Y también parece estar afectando a unos cuantos de nuestros chimps.
—Comprendo —dijo Athaclena conteniendo el aliento. Le hubiera gustado no haberlo comprendido.
—Hay otra cuestión sobre la que creemos que debe ser informada —dijo Schultz—. Se trata de un comunicado de noticias emitido por los invasores. Por desgracia estaba en galáctico-Tres. Los gubru desprecian el ánglico y nuestro programa de traducción es muy rudimentario. Pero sabemos que hacía referencia al padre de usted.
Athaclena se sintió transportada, como si flotase por encima de todo. En ese estado, sus entumecidos sentidos se concentraban en detalles casuales. Podía captar el sencillo ecosistema del bosque: pequeños animales nativos que se movían furtivamente en el valle, arrugando la nariz ante el cáustico olor y evitando las proximidades del centro debido a los fuegos que allí seguían ardiendo.
—Sí —asintió con la cabeza, un gesto prestado que de repente volvió a parecerle alienígena—. Cuéntame.
—Bueno —dijo Schultz después de aclararse la garganta—, parece que el crucero estelar de su padre fue divisado al salir el planeta. Fue perseguido por naves de caza. Los gubru dicen que no ha llegado al Punto de Transferencia. Pero desde luego no se puede creer en lo que dicen…
Las caderas de Athaclena se desplazaron ligeramente fuera de su articulación cuando empezó a balancearse de un lado a otro. Una pena incipiente, como el temblor de labios de una muchacha humana cuando empieza a sentirse desolada.
No. Ahora no quiero pensar en esto. Más tarde decidiré qué debo sentir.
—Por supuesto recibirá usted toda la ayuda que podamos brindarle —prosiguió el chimp Schultz en voz baja—. El ultraligero está equipado con armas y también lleva comida. Si lo desea, puede volar al lugar donde ha sido trasladado su amigo Robert Oneagle. Esperamos, sin embargo, que decida quedarse con los evacuados por un tiempo, al menos hasta que los gorilas estén a salvo escondidos en las montañas y bajo el cuidado de humanos cualificados que hayan podido escapar.