Athaclena suspiró. Primero en Tymbrimi, luego con los humanos, y ahora allí, con los pupilos más nuevos y primitivos… en todas partes tenía que encontrar bromistas.
Observó al chimpancé con paciencia, esperando que esa cosa estúpida recobrase el aliento y le contase qué era lo que le parecía tan divertido.
Segunda Parte
PATRIOTAS
24. FIBEN
Unas figuras altas, desgarbadas, con aspecto de cigüeña, vigilaban la carretera desde lo más alto del tejado de un oscuro bunker. Sus siluetas, recortadas contra el sol de media tarde, estaban en continuo movimiento, apoyándose alternativamente con nerviosismo en una u otra de sus delgadas patas, como si el más mínimo sonido fuera suficiente para que levantasen el vuelo.
Unas criaturas muy serias, esos pájaros. Y peligrosas como el demonio.
No son pájaros, recordó Fiben mientras se aproximaba al puesto de control. Al menos, no en el sentido terrestre.
Pero la analogía era correcta. Sus cuerpos estaban cubiertos de una fina pelusa. De sus bruñidos y extraños rostros sobresalían unos brillantes y afilados picos amarillos.
Y aunque sus antiguas alas ya no eran más que delgados brazos cubiertos de plumas, podían volar. Unas mochilas gravíticas, negras y relucientes, compensaban con creces lo que sus ancestros pajariles habían perdido mucho tiempo atrás.
Soldados de Garra. Fiben se secó las manos en el panalón pero sus palmas seguían estando húmedas. Dio una Patada a una piedra con su pie descalzo y una palmada en el costado a su caballo de tiro. El apacible animal había empezado a pacer sobre una superficie de nativa hierba azul al lado de la carretera.
—Vamos, Tyco —dijo Fiben tomando las riendas—, No podemos detenernos o desconfiarán. Y además, ya sabes que esa hierba te produce gases.
Tyco meneó su gran cabeza gris y se tiró un ruidoso pedo.
—Te lo dije. —Fiben miró hacia el cielo.
Justo detrás del caballo flotaba un vehículo de carga. El viejo y medio oxidado contenedor del vehículo de la granja estaba lleno de toscos sacos de grano. Era obvio que el estator de antigravedad aún funcionaba, pero el motor de propulsión estaba averiado.
—Venga, más deprisa. —Fiben volvió a tirar de las riendas.
Tyco asintió con decisión, como si lo comprendiera. Los arreos se tensaron y el camión flotador dio unas ligeras sacudidas al adelantarlos cuando se aproximaban al puesto de control.
Pero, de repente, un agudo sonido en la carretera, delante de ellos, le advirtió que se acercaba algún vehículo. A toda prisa, Fiben llevó el caballo y el carro hacia un lado. Un aerodeslizador armado pasó en vuelo rasante con un chirrido. Vehículos como aquél habían pasado durante todo el día, de modo intermitente, de uno en uno o de dos en dos, en dirección este.
Miró con atención para asegurarse de que no venía nada más antes de volver con Tyco a la carretera. Fiben hundió nerviosamente los hombros mientras Tyco husmeaba el olor extraño de los invasores que se intensificaba por momentos. —¡Alto!
Fiben saltó involuntariamente. La voz amplificada era mecánica, átona y perentoria.
—¡Muévase hacia este lado… hacia este lado para la inspección!
El corazón de Fiben latía con fuerza. Estaba contento de que su papel le obligase a aparentar miedo. No iba a ser difícil.
—¡Deprisa, preséntese!
Fiben llevó a Tyco hacia el mostrador de inspección, unos diez metros a la derecha de la carretera. Ató la correa del caballo en el poste de una valla y se dirigió a toda prisa hacia dos soldados de Garra que lo estaban esperando.
Las fosas nasales de Fiben se abrieron debido al pesado olor a lavanda de los alienígenas. Me pregunto a qué sabrán, pensó un tanto cruelmente. Para su requetetatarabuelo no hubiese significado nada el hecho de que aquellos seres fueran sensitivos; para sus ancestros un pájaro era y sería siempre un pájaro.
Se inclinó ante ellos, con las manos cruzadas sobre el pecho, y contempló por primera vez de cerca a los invasores.
Vistos así no parecían tan impresionantes. Era cierto que los brillantes y afilados picos amarillos y las garras cortantes como cuchillas eran formidables. Pero aquellas criaturas de piernas delgadas como palos apenas eran más altas que Fiben y sus huesos parecían huecos y estrechos.
No importaba. Eran viajeros del espacio, seres de raza tutora del más alto rango, cuya cultura y tecnología basadas en la Biblioteca eran casi omnipotentes mucho, mucho antes de que los humanos surgieran de la sabana de África, parpadeando con temerosa curiosidad ante la luz del amanecer.
Cuando las lentas y pesadas naves de los humanos hicieron su irrupción fortuita en la civilización galáctica, los gubru y sus pupilos habían alcanzado ya una posición de cierta importancia entre los poderosos clanes interestelares. Desde que sus tutores los habían encontrado en Gubru, su planeta natal, y les habían otorgado el don de la sapiencia, habían llegado muy lejos gracias a su fiero conservadurismo y su utilización de la Gran Biblioteca.
Fiben recordaba los inmensos y potentes cruceros de guerra, oscuros e invencibles bajo sus relucientes pantallas protectoras, con el suave borde de la galaxia brillando a sus espaldas.
Tyco relinchó y se hizo a un lado cuando uno de los soldados de Garra pasó junto a él para ir a inspeccionar la aerogranja averiada. El otro guarda gorjeaba ante un micrófono. Medio escondido en la suave pelusa del estrecho y puntiagudo esternón, la criatura llevaba un medallón plateado que emitía palabras en ánglico.
—Declare… declare identidad… identidad y objeto de la visita.
Fiben se encogió y empezó a temblar, fingiendo miedo. Estaba seguro de que muy pocos gubru conocían bien a los neochimps. En los escasos siglos transcurridos desde el Contacto, muy poca información nueva debía de haber circulado a través de la impresionante burocracia del Instituto de la Biblioteca, y mucho menos habría llegado a las secciones locales. Y como era natural, los galácticos confiaban en la Biblioteca para casi todo.