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Todo esto eran señales de lo dura que debía de ser la crisis. Mantener a los humanos como rehenes era una cosa, una táctica marginalmente aceptable según las normas de guerra modernas. Pero para que los gubru quisieran poner trabas a la resurrección de Garth, la conmoción en la galaxia debía de ser muy profunda.

No era un buen augurio para la rebelión ¿Y si los Códigos de Guerra habían sido violados? ¿Estarían los gubru dispuestos a utilizar máquinas destructoras en el Planeta?

Eso es problema de la general, decidió Fiben. Yo no soy más que un espía. La experta en ETs es ella.

Al menos, en cierto modo, las granjas aún funcionaban. Fiben pasó junto a un campo sembrado de seudotrigo y otro de zanahorias. Las cultivadoras robots daban vueltas, arrancando malas hierbas y regando. Aquí y allá algunos chimps con aire desgraciado montaban en unidades de control en forma de arácnido, supervisando la maquinaria.

Algunos lo saludaban con la mano, pero la mayoría continuaban trabajando, ignorándolo.

Una vez pasó junto a dos gubru armados que estaban en un campo arado junto a su aerodeslizador posado sobre aquél. Al acercarse vio que estaban regañando a un chimp agricultor. Las criaturas pajariles saltaban y aleteaban al tiempo que señalaban la escasa cosecha. El capataz asentía con tristeza, secándose las palmas de las manos en su raído mono de trabajo. Cuando pasó Fiben le echó una mirada, pero los alienígenas siguieron con sus reproches sin advertir su presencia.

Al parecer los gubru estaban ansiosos de que las cosechas madurasen con rapidez. Fiben tenía esperanzas de que las necesitasen para alimentar a los rehenes, pero tal vez habían llegado con pocos alimentos y las querían para ellos.

Llevaba un buen ritmo de marcha y decidió sacar a Tyco de la carretera y hacerlo entrar en una pequeña arboleda de frutales que había junto a ésta. El animal descansó, paciendo en la hierba de procedencia terrestre, y Fiben caminó entre los árboles para relajarse.

Advirtió que el huerto no había sido regado ni tratado con pesticidas desde hacía algún tiempo. Un tipo de avispa sin aguijón revoloteaba sobre las naranjas, aunque la floración secundaria había terminado hacía unas semanas y ya no eran necesarias como polinizadoras.

El aire estaba lleno de un aroma de fruta casi madura. Las avispas se encaramaban sobre la corteza de las naranjas, buscando una vía de acceso a la dulzura interior.

De repente, y sin pensarlo, Fiben alargó la mano y agarró algunos insectos. Fue muy fácil. Dudó unos momentos y luego se los llevó a la boca.

Eran jugosos y crujientes, muy parecidos a las termitas.

.—Sólo estoy contribuyendo a la disminución del número de parásitos —razonó, alargando sus dos manos marrones para agarrar unos cuantos más. El sabor de las crujientes avispas le recordó cuánto tiempo hacía que no comía—. Si esta noche he de hacer un buen trabajo en la ciudad, necesitaré sustento —continuó en voz alta mirando a su alrededor. El caballo pacía con toda tranquilidad y no había nadie más a la vista.

Se quitó el cinturón de herramientas y retrocedió un paso. Entonces, cuidando su tobillo izquierdo, todavía débil, dio un salto hasta el tronco y trepó por una de las ramas cargadas de frutos. Cogió una bola rojiza, casi madura y se la comió como si fuera una manzana, con piel y todo. El sabor era agrio y áspero, muy distinto de la insípida comida estilo humano que tantos chimps afirmaban preferir en aquella época.

Cogió dos naranjas más y, para facilitar la digestión, se llevó unas cuantas hojas a la boca. Luego se apoyó en el tronco y cerró los ojos.

Allí arriba, con el zumbido de las avispas por toda compañía, Fiben podía casi creer que no tenía ninguna preocupación, ni en este mundo ni en ningún otro. Podía olvidar las guerras y los demás absurdos problemas de los seres sapientes.

Fiben hizo una mueca, con sus expresivos labios inclinados hacia abajo. Y se rascó bajo los brazos.

—Uk, uk.

Resopló y se imaginó que estaba en un África que ni siquiera sus bisabuelos habían conocido, con colinas cubiertas de vegetación nunca tocadas por sus primos de piel suave y nariz prominente.

¿Cómo hubiera sido sin hombres el universo? ¿Y sin ETs? ¿Sin nadie excepto chimps?

Tarde o temprano hubiésemos inventado naves espaciales y el universo sería nuestro.

Las nubes pasaban una tras otra y Fiben continuaba apoyado en el tronco, disfrutando de sus fantasías. Las avispas zumbaban indignadas por su presencia. Les perdono su insolencia y cogió unas cuantas para completar su comida, pero por más que lo intentase, no podía mantener su ilusión de soledad. Un ruido, un zumbido poderoso, surgió procedente de las alturas. Y por más que lo procuró no pudo fingir no haber oído los vehículos alienígenas que cruzaban el cielo sin haber sido invitado.

Una brillante verja de más de tres metros de alto serpenteaba sobre el sinuoso terreno que rodeaba Puerto Helenia. Era una imponente barrera, levantada a toda prisa por máquinas robots especiales inmediatamente después de la invasión. Había varias puertas por las que la población chimp de la ciudad parecía entrar y salir sin demasiados problemas o impedimentos. Pero no podían evitar sentirse intimidados por aquella repentina y nueva pared. Tal vez ése era su principal objetivo.

Fiben se preguntó cómo se las hubiesen apañado los gubru si la capital hubiese sido una verdadera ciudad en vez de ser un pequeño pueblo en un rústico mundo colonial.

Se preguntó también dónde tendrían encerrados a los humanos.

Ya había anochecido cuando atravesó una amplia banda de tocones de árbol que le llegaban a la altura de las rodillas, cien metros antes de la verja alienígena. Aquella zona había sido un parque, pero ahora no había más que astillas y fragmentos que cubrían el suelo hasta la torre de vigilancia.

Fiben hizo acopio de fuerzas para pasar la misma inspección minuciosa que había sufrido en el puesto de control; pero, para su sorpresa, nadie le puso ningún tipo de reparos. De un par de columnas surgía un haz de luz que iluminaba la carretera. Un poco más adelante pudo ver los oscuros y angulares edificios y las calles apenas alumbradas y aparentemente desiertas.

El silencio era fantasmal.

—Vamos, Tyco, no hagas ruido. —Fiben se inclinó hacia delante para hablarle al caballo con voz suave. Éste resopló y tiró del carro flotador hasta que pasaron la verja de acero gris.

Al pasar frente a la garita de la verja, Fiben echó una rápida mirada al interior. Dentro había dos centinelas, apoyados sobre una de sus patas delgadas como palos y con su prominente y pajaril pico escondido entre la pelusa suave bajo el brazo izquierdo. En el mostrador, ante ellos, había dos sable-fúsiles junto a un montón de panfletos galácticos.

¡Los dos soldados de Garra parecían dormir profundamente!

Fiben husmeo, arrugando una vez mas su chata nariz ante el olor excesivamente dulce de los alienígenas. No era la primera vez que veía signos de debilidad en las tropas de los fanáticos gubru, tan famosas por su supuesta imbatibilidad. Hasta ahora lo habían tenido muy fácil… demasiado fácil. Con la mayor parte de los humanos juntos y neutralizados, los invasores suponían que la única amenaza posible tenía que llegar del espacio. Sin duda, ése era el motivo de que todas las edificaciones que habían levantado mirasen hacia arriba, con muy poca previsión, o ninguna, de ser atacados por tierra.