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A los que ostentaban carnet rojo ni siquiera se les permitía acercarse a los niños chimps.

Según las costumbres de la época previa al Contacto, aquel sistema podía parecer cruel, pero Fiben había vivido con él toda su vida. En la veloz trayectoria de la Elevación, los genes de las razas pupilas eran siempre manipulados. Pero al menos a los chimps, como integrantes del proceso, se les consultaba. No había muchas especies de pupilos que tuvieran esa suerte.

Sin embargo, esto tenía como resultado social la diferencia de clases entre los chimps. Y los «carnets azules» como Fiben, no eran especialmente bienvenidos en lugares como «La Uva del Simio».

Pero éste era el sitio que su contacto había elegido. No se habían recibido mensajes posteriores así que no le quedaba otro remedio que ir a ver si la cita se mantenía en pie. Con un profundo suspiro, volvió a la calle y se dirigió hacia aquella música caótica y estrepitosa.

Cuando su mano se disponía a levantar la aldaba de la puerta, una voz le susurró desde las sombras, a su izquierda:

¿Rosa?

Al principio creyó que era su imaginación, pero las palabras volvieron a repetirse, esta vez más fuerte.

—¿Rosa? ¿Buscas una fiesta?

Fiben se quedó pasmado. La luz de la ventana del bar había disminuido su visión nocturna, pero alcanzó a vislumbrar una pequeña cara de simio de aspecto casi infantil. Cuando el chimp sonrió se produjo un blanco des-

—¿Una fiesta rosa?

—Perdón, ¿cómo dice? —Soltó la aldaba sin poder dar crédito a sus oídos.

En aquel momento se abrió la puerta y la calle se lleno de luz y ruido. Unas cuantas formas oscuras que gritaban y reían a carcajadas, con el tufo de la cerveza impregnado en el pelo, lo hicieron a un lado y se precipitaron hacia la calle. Cuando los juerguistas se hubieron marchado y la puerta se cerró de nuevo, el lúgubre y brumoso callejón volvió a quedar vacío. La pequeña y tenebrosa figura había desaparecido.

Fiben sintió tentaciones de seguirla, sólo para comprobar si le habían ofrecido lo que él pensaba. ¿Y por qué la proposición, después de formulada, había sido retirada de forma tan repentina?

Era obvio que en Puerto Helenia las cosas habían cambiado. Era cierto que no había estado en un lugar como «La Uva del Simio» desde sus tiempos de estudiante, pero ni siquiera en aquella parte de la ciudad era corriente encontrarse alcahuetes trabajando en oscuros callejones; quizá fuera así en la Tierra, o en viejas películas porno, pero ¿aquí en Garth?

Fiben sacudió la cabeza, perplejo, y empujó la puerta para entrar en el local.

Las fosas nasales de Fiben se ensancharon con el denso olor a cerveza y a pelo mojado. El descenso hacia el club era desconcertante debido a los destellos nítidos y repentinos producidos por una lámpara estroboscópica que iluminaba rigurosa e intermitentemente la pista de baile. Allí, unas cuantas formas oscuras hacían cabriolas y agitaban algo parecido a pequeños árboles sobre sus cabezas. Un ritmo duro y penetrante surgía de unos amplificadores situados sobre un grupo de músicos en cuclillas.

Los clientes estaban recostados sobre esterillas de cáñamo y cojines, fumando, bebiendo en botellas de papel y haciendo groseros comentarios sobre la actuación de los bailarines.

Fiben se abrió camino hacia la barra, borrosa tras una nube de humo, sorteando las pequeñas mesas de junco colocadas demasiado juntas, y al llegar al mostrador pidió una pinta de cerveza. Por fortuna, la moneda colonial parecía seguir vigente. Se apoyó en la barra y empezó una lenta observación de la clientela, deseando que el mensaje de su contacto no hubiera sido tan vago.

Buscaba a alguien vestido como un pescador, aunque esto parecía difícil en aquel local del centro de la ciudad, a considerable distancia de los muelles de la Bahía de Aspinal. Era posible que el radiooperador que había recibido el mensaje de la antigua alumna de la doctora Taka lo hubiera entendido todo mal en esa espantosa noche con todo el centro Howletts en llamas y las ambulancias aullando sobre sus cabezas. El chimp dijo que Gailet Jones había mencionado algo acerca de «un pescador con una cicatriz en la cara».

—Muy bien —había murmurado Fiben cuando recibió las instrucciones—. Un rollo auténtico de espías. Magnífico. —Pero en el fondo estaba convencido de que el operador lo había copiado todo al revés.

No era exactamente una manera muy afortunada de empezar una insurrección. Pero eso no era en absoluto sorprendente. A excepción de unos pocos chimps que se habían sometido al entrenamiento del servicio Terragens, para los demás los códigos secretos, disfraces y contraseñas no eran más que trucos de las viejas películas de misterio.

Y al parecer, esos oficiales de la milicia estaban todos muertos o recluidos. Excepto yo. Y mi especialidad no era el espionaje o los subterfugios. Demonios, si apenas podía manejar la pobre y vieja TAASF Procónsul.

La Resistencia tendría que aprender sobre la marcha, a tientas en la oscuridad.

Al menos la cerveza sabía bien, en especial después de un largo recorrido por un camino polvoriento. Fiben dio un sorbo a su botella de papel y trató de relajarse. Siguió el ritmo de la atronadora música con la cabeza y sonrió ante las payasadas de los bailarines.

Eran todos machos, por supuesto, haciendo cabriolas bajo las luces estroboscópicas. El sentimiento que producía esa danza entre los soldados rasos y los chimps marginales, era tan fuerte que podía ser llamado religioso. Los humanos, que solían fruncir el ceño ante toda forma de discriminación sexual, en este caso no intervenían. Las razas pupilas tenían el derecho de desarrollar sus propias tradiciones, siempre que éstas no interfiriesen con sus deberes respecto al proceso de Elevación.

Y, al menos para esta generación, las chimas no tenían lugar en la danza del trueno, y así estaban las cosas.

Fiben contempló cómo un gran macho desnudo saltaba a lo alto de un montón de «rocas» tapizadas, blandiendo una varilla vibradora. El bailarín, tal vez obrero industrial o mecánico durante el día, agitaba la varilla mientras los tambores retumbaban y las lámparas estroboscópicas producían relámpagos artificiales que lo hacían aparecer por momentos mitad blanco y mitad negro.

La varilla vibraba y producía estampidos mientras él resoplaba y saltaba al ritmo de la música, aullando como si desafiara a los dioses del cielo.

Fiben se había preguntado a menudo cuánta de la popularidad de la danza del trueno procedía de los sentimientos de brontofilia innatos y hereditarios, y cuánta del hecho bien conocido de que los chimps sin modificar de las junglas terrestres habían sido observados «bailando» de un modo un tanto grosero durante las tormentas con relámpagos. Sospechaba que una buena parte de la «tradición» neochimpancé se elaboraba a partir del divulgado comportamiento de sus primos no modificados.

Como a muchos chimps con estudios universitarios, a Fiben le gustaba pensar que él era demasiado refinado para un culto-ancestral tan antiguo. Y, por lo general, prefería a Bach o las canciones cetáceas a los truenos simulados.

Y, sin embargo, había veces en que, solo en su apartamento, sacaba del cajón una cinta interpretada por Los Fulminantes y la escuchaba con auriculares para ver cuántos truenos podía resistir su cráneo sin partirse por la mitad. Aquí, bajo la potencia de los amplificadores, no pudo evitar que un escalofrío le recorriese la columna vertebral mientras «los relámpagos» llenaban la sala y el retumbar de los tambores hacía temblar a un tiempo a pupilos, muebles y demás accesorios.