Otro bailarín desnudo se encaramó en el montón —de piedras, blandiendo su propia rama y chillando en señal de desafío. Mientras subía, se apoyaba sobre un nudillo, un toque de realismo que los especialistas en ortopedia desaprobaban pero que fue recibido con vítores por la animada concurrencia. Probablemente lo pagaría con un dolor de espalda matutino, pero ¿qué era aquello comparado con la magnificencia de la danza?
El simio que estaba en lo alto aulló a su adversario. Dio un salto y un giro en el aire con un movimiento perfectamente sincronizado, agitando la vara al tiempo que otro relámpago de luz estroboscópica teñía de blanco la sala. Era una imagen salvaje y poderosa, un recordatorio de que, sólo cuatro siglos atrás, sus ancestros habían desafiado las tormentas de un modo semejante desde las colinas de la jungla, sin necesidad de que el hombre con sus tutoriales escalpelos les dijera que la furia de los cielos requería una réplica.
Los chimps de las mesas gritaron y aplaudieron cuando el rey de la colina saltó desde la cumbre, sonriendo. Abandonó el túmulo, dándole una fuerte palmada a su contrincante al pasar junto a él.
Ésta era otra de las razones de por qué las hembras rara vez participaban en la danza del trueno. Un neo-chimp macho adulto tenía casi la misma fuerza que sus primos naturales de la Tierra. Las chimas que querían participar lo hacían por lo general tocando en la banda.
A Fiben siempre le había parecido curioso que entre los humanos fuera tan distinto. A los machos les interesaba más ejecutar la música y a las hembras bailarla, y no a la inversa. Pero los humanos eran extraños en muchas otras cosas, como, por ejemplo, en sus peculiares prácticas sexuales.
Echó un vistazo al público. En bares como aquél, el número de machos era siempre superior al de hembras, pero aquella noche había menos chimas que nunca. La mayoría se sentaban juntas, en grupos de amigas, con grandes machos a su alrededor. También estaban las camareras, por supuesto, moviéndose entre las mesas y sirviendo bebidas y tabaco, vestidas con imitaciones de Piel de leopardo.
Fiben empezaba a preocuparse. ¿Cómo iba a reconocerlo su contacto en aquella ruidosa casa de locos? No veía a nadie que pareciese un pescador con una cicatriz en la cara.
Alineada con las tres paredes que miraban al escenario estaba la galería. Los clientes se inclinaban hacia delante, golpeando en la madera y animando a los bailarines. Fiben dio media vuelta y retrocedió para tener una mejor visión de esos asientos… y la sorpresa casi lo hizo tropezar con una mesa de junco.
Allí, en una zona aislada por una barrera de cuerdas y protegido por cuatro robots de batalla flotantes, estaba sentado uno de los invasores. Allí estaban su fina cobertura de plumas, su prominente esternón, su pico curvado… pero aquel gubru llevaba algo parecido a una gorra de lana en la cabeza, justo donde tenía su órgano auditivo en forma de peine. Ocultaba los ojos tras un par de gafas oscuras.
Fiben desvió la mirada contra su voluntad. No estaría bien mostrarse demasiado sorprendido. Al parecer, los clientes habían tenido la oportunidad de acostumbrarse a la presencia de un alienígena durante las últimas semanas. Pero Fiben notó ocasionales miradas de nerviosismo hacia el lugar acotado sobre la barra del bar. Tal vez la tensión adicional ayudaba a explicar el frenético estado de los juerguistas ya que «La Uva» parecía inusualmente alborotada, incluso tratándose de un bar de chimps obreros.
Bebió otro sorbo de su botella de papel y, con indiferencia, miró de nuevo hacia arriba. El gubru llevaba sin duda el gorro y las gafas para protegerse de la luz y del ruido. Los guardias robots habían cercado un área cuadrada alrededor del alienígena y toda aquella zona estaba casi vacía.
Casi. Dentro de la zona protegida estaban sentados dos chimps junto al picudo gubru.
¿Traidores? se preguntó Fiben. ¿Es posible que ya los haya entre nosotros?
Sacudió la cabeza perplejo. ¿Por qué estaba el gubru allí? ¿Qué atractivo podía encontrar el enemigo en aquel lugar?
Fiben volvió a situarse junto a la barra.
Es evidente que están interesados en los chimps y por razones no relacionadas con nuestro valor como rehenes.
¿Pero cuáles eran esas razones? ¿Por qué los galácticos iban a preocuparse por un montón de pupilos peludos a los que apenas se consideraban seres inteligentes?
La danza del trueno llegó a su clímax en un repentino crescendo que culminó en un estallido final, con los últimos retumbos disminuyendo como si la tormenta y las nubes se fueran alejando. Los ecos tardaron unos cuantos segundos en apagarse totalmente dentro de la cabeza de Fiben.
Los bailarines regresaron saltando hacia sus mesas, sudorosos y sonrientes, cubriendo su desnudez con unas amplias túnicas. Las risas parecían espontáneas, tal vez demasiado.
Ahora que comprendía la tensión que había en el local, Fiben se preguntó por qué los chimps seguían acudiendo a el. El boicot a un establecimiento protegido por el invasor sería una forma simple y obvia de ahisma, de resistencia pasiva. Probablemente el chimp medio de la calle se sentía agraviado por esos enemigos de todos los terrestres.
¿Qué arrastraba a la multitud a ese local en una noche entre semana?
Fiben pidió otra cerveza para guardar las apariencias, aunque estaba deseando marcharse. El gubru lo ponía nervioso, y si su contacto seguía sin aparecer, sería mejor que saliese de allí y emprendiese sus propias investigaciones. Tenía que enterarse de algún modo de lo que ocurría en Puerto Helenia y descubrir una forma de ponerse en contacto con aquellos que estuviesen dispuestos a organizarse.
En el otro lado de la sala, un grupo de juerguistas que estaban tumbados sobre las esterillas empezaron a golpear el suelo y a cantar. Pronto los gritos se extendieron por toda la sala.
—¡Sylvie! ¡Sylvie!
Los músicos regresaron al escenario y el público aplaudió cuando éstos comenzaron a tocar de nuevo, esta vez con un ritmo mucho más suave. Un par de chimas tocaban el saxofón de un modo seductor al tiempo que las luces del local disminuían de intensidad.
Se encendió un foco que iluminaba el montículo de los bailarines y de una cortina de abalorios surgió una nueva figura que se paró bajo el deslumbrante haz luminoso. Fiben parpadeó sorprendido. ¿Qué hacía una chima allí arriba?
Llevaba la mitad superior de su rostro cubierta con una máscara con pico y coronada de plumas. El pecho de la fem-chimp estaba cubierto de lentejuelas brillantes que relucían bajo el foco. Su falda de tiras plateadas empezó a balancearse al lento ritmo de la música. Las pelvis de las hembras neochimpancés eran más anchas que las de sus ascendientes para poder dar a luz a criaturas con un cráneo mayor Sin embargo, el vaivén de las caderas nunca había sido un estímulo erótico arraigado —un excitante para los machos— como ocurría entre los humanos.
No obstante, el corazón de Fiben se aceleró al contemplar los provocativos movimientos. A pesar de la máscara, la primera impresión que tuvo fue de que se trataba de una adolescente, pero en seguida se dio cuenta de que la bailarina era una hembra adulta, con tenues señales de haber amamantado. Eso la hacía parecer mucho más seductora.