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Cuando se movía, las oscilantes tiras de su falda se agitaban ligeramente y Fiben vio que el tejido era plateado sólo por la parte exterior. Por la parte interior, cada tira de tejido adquiría gradualmente un tono rosado.

Fiben se ruborizó y miró hacia otro lado. Una cosa era aceptar la danza del trueno, en la que él mismo había participado alguna vez, y otra muy diferente aquello. Primero el pequeño alcahuete en el callejón y después… ¿Sufrían los chimps de Puerto Helenia una locura sexual?

Sintió una repentina y carnosa presión en el hombro. Al volverse vio una gran mano peluda unida al brazo de quien parecía el chimp más grande que había visto en su vida. Era casi tan alto como un hombre pequeño y evidentemente mucho más fuerte. El neochimp macho llevaba un raído mono azul de trabajo y su labio superior estaba contraído mostrando unos prominentes y casi atávicos colmillos.

—¿Qué pasa contigo, tío? ¿No te gusta Sylvie? —preguntó el gigante.

Aunque la danza apenas se había iniciado, la concurrencia, en su mayoría masculina, estaba ya chillando y animando a la intérprete. Fiben advirtió que su rostro dejaba traslucir la desaprobación que sentía, como un idiota. Un espía auténtico hubiera fingido divertirse para no desentonar.

—Jaqueca. —Se señaló la sien derecha—. Un día duro. Creo que es mejor que me marche.

—¿Jaqueca? —El gran neochimp reía sin quitar su inmensa mano del hombro de Fiben—. ¿O es demasiado descarado para ti? A lo mejor aún eres virgen ¿no?

Con el rabillo del ojo, Fiben veía el ondulante y provocativo espectáculo, todavía prudente pero volviéndose mas sensual por momentos. Pudo notar que la sala hervía de excitación sexual y trató de imaginar en qué podría acabar todo aquello. Había razones importantes para que este tipo de espectáculos estuviera prohibido… para que fuera una de las pocas actividades que los humanos no permitían a sus pupilos.

—¡Claro que he estado en sesiones de amor! —le espetó—. Pero es que así, en público, puede… puede ocasionar un tumulto.

—¿Cuándo? —El desconocido le dio una palmada amistosa.

—Perdón… ¿qué quieres decir?

—Quiero decir cuándo tuviste tu primera sesión. Por tu forma de hablar apuesto fue en una de esas fiestas de universitarios, ¿no? ¿Estoy en lo cierto, señor carnet-azul?

Fiben miró fugazmente a derecha e izquierda. A pesar de su primera impresión, ese tipo parecía más curioso y borracho que hostil. Pero a Fiben le hubiera gustado marcharse. Su tamaño era amedrentador y además podían estar llamando la atención.

—Sí —murmuró, sintiéndose incómodo por el recuerdo—. Fue una iniciación de fraternidad…

Las chimas de la universidad podían ser muy buenas amigas de los chimps, pero nunca eran invitadas a esas sesiones. Era demasiado peligroso pensar en la sexualidad de las hembras con carnet verde. Y además solían mostrarse paranoicas ante la posibilidad de quedarse embarazadas antes del matrimonio y del asesoramiento genético. El coste era demasiado grande.

Así pues, cuando los chimps de la universidad organizaban una fiesta, solían invitar a chimas de ambientes no estudiantiles, chicas chimps con carnets amarillos y grises, cuyos inflamados estímulos eran sólo una excitante sustitución.

Resultaba erróneo juzgar ese comportamiento según los puntos de vista humanos. Nuestros patrones de conducta son fundamentalmente distintos, había pensado Fiben en aquellas ocasiones y muchas otras veces desde entonces. Pero nunca le habían parecido esas fiestas divertidas y gratificantes. Tal vez cuando encontrase el grupo de matrimonio adecuado.

—Claro, mi hermana iba a esas fiestas de estudiantes. Parecía divertirse. —El sobreexcitado chimp se volvió hacia el encargado del bar y golpeó la encerada superficie—. ¡Dos pintas! ¡Una pa mí y otra pa mi compinche universitario!

Fiben se sobresaltó por ¡os gritos. Varios chimps que estaban cerca se volvieron para mirarlos.

—Cuéntame —le dijo su inoportuno conocido poniendo una botella de papel en la mano de Fiben—. ¿Tienes ya muchos crios? Tal vez algunos registrados pero que ni conoces. —Su voz no sonaba hostil, sino más bien envidiosa.

—No funciona de ese modo. —Fiben tomó un sorbo del templado y amargo brebaje y habló en voz baja—. Un carnet de procreación abierto no es lo mismo que uno blanco, de procreación ilimitada. Si los planificadores han usado mi plasma yo nunca lo sabré.

—¿Y por qué no, demonios? Quiero decir que ya es bastante malo para vosotros, azulitos, que tengáis que follar con tubos de ensayo por orden de la Tabla de Elevación, pero que incluso no sepáis si usan la porquería… Demonios, la esposa mayor de mi grupo de matrimonio tuvo un niño planificado hace un año… ¡tal vez tú seas el padre-gene de mi hijo! —El gran chimp soltó una carcajada y le dio a Fiben unas fuertes palmadas en el hombro.

Aquello no podía continuar. Cada vez había más cabezas vueltas hacia él. Y esas conversaciones sobre carnets azules no le harían ganar amigos en un sitio como aquél. Además no quería llamar la atención, con un gubru sentado a menos de diez metros de distancia.

—La verdad es que debería irme —dijo, empezando a moverse hacia atrás—. Gracias por la cerveza…

Alguien le cerró el paso.

—Perdón —dijo Fiben. Se volvió y se encontró cara a cara con cuatro chimps vestidos con unos brillantes monos de cremallera que lo miraban con los brazos cruzados. Uno de ellos, un poco más alto que los demás, empujó a Fiben de nuevo hacia la barra.

—¡Es evidente que éste tiene descendientes! —gruñó el recién llegado. Llevaba afeitado el pelo de la cara dejándose un bigote engominado y puntiagudo.

—Mira qué manos tiene. Apuesto a que no ha trabajado ni un solo día de su vida como un honrado chimp. Debe de ser un técnico o un científico. —Lo dijo de tal forma que parecía como si un neochimp con ese título fuera una especie de niño privilegiado al que se le permite entretenerse con complicados juegos sin objeto.

La ironía de todo ello era que si bien las manos de Fiben no tenían tantos callos como las de los demás, llevaba bajo la camisa las marcas de las quemaduras sufridas cuando se estrelló en una colina de Mach Cinco. Pero hablar allí de eso no serviría de nada.

—Mirad, tíos, os voy a pagar una ronda…

El más alto de los chimps le dio un manotazo y el dinero salió despedido por encima de la barra.

—Eso es una porquería sin valor. Pronto empezarán a recogerlo, lo mismo que os cogerán a vosotros, simios aristócratas.

¡Silencio! —gritó alguien entre la multitud, un bulto marrón de hombros encogidos. Fiben vio a Sylvie, estremeciéndose en lo alto de la simulada montaña. Los flecos de la falda se agitaban y Fiben vislumbró algo que lo dejó pasmado por completo Ella era realmente rosa…

El del traje con cremallera provocó a Fiben de nuevo.

—Y bien, señor universitario. ¿De qué te va a servir el carnet azul cuando los gubru empiecen a capturar y a esterilizar a todos los que tenéis libertad de procreación? ¿Eh?

Fiben acababa de darse cuenta de que aquellos tipos no tenían nada que ver con el chimp grande del mono. De hecho, aquel tipo se había esfumado entre las sombras.