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Con mucha cautela, empezó a trepar por otra roca acolchada. Era evidente que las trampas estaban pensadas para resultar humillantes, incapacitadoras y dolorosas, pero no mortales. Salvo en su caso, claro. Si caía en ellas, sus indeseables enemigos lo atraparían en un abrir y cerrar de ojos.

Puso el pie con cuidado en el siguiente «peñasco». Notó un cosquilleo de falsedad bajo el pie derecho y se echó atrás justo en el momento en que se abría la puerta de una trampa. La multitud contuvo el aliento mientras él trastabillaba junto al borde del hoyo recién abierto. Fiben agitó los brazos como aspas de molino para mantener el equilibrio. Desde su insegura posición, dio un salto y se agarró con las manos al saliente de arriba.

Sus pies colgaban en el vacío; su respiración se hizo jadeante. Deseaba desesperadamente que los humanos no hubieran suprimido algunas de las habilidades trepadoras de sus ancestros, instintivas e «innecesarias», para dejar espacio a cosas tan triviales como el lenguaje y la razón.

Gruñó, y poco a poco empezó a ascender dejando atrás el abismo. El público enfervorizado pedía más.

Al llegar con la respiración entrecortada al siguiente nivel, mientras intentaba mirar en todas direcciones, Fiben advirtió que un sistema de megafonía, sobreponiéndose al ruido de la multitud, murmuraba sin cesar en un tono mecánico y entrecortado.

—… un enfoque más adecuado de la Elevación… adecuado al origen de la raza pupila… que ofrece oportunidades a todos los que… no afectados por la perversión de las normas humanas…

En el palco, el invasor gorjeaba ante un pequeño micrófono. Sus palabras traducidas por una máquina bramaban por encima del sonido de la música y el excitado griterío del público. Fiben pensó que ni siquiera uno de cada diez chimps de la sala era consciente del monólogo del ET debido al estado en que todos se encontraban. Pero era probable que eso no importase.

¡Estaban siendo condicionados!

No era raro que nunca hubiese oído hablar del striptease de Sylvie en el montículo ni de aquella demencial carrera de obstáculos. ¡Eran innovaciones de los invasores!

Pero, ¿qué se proponían con ellas?

No pueden haber preparado todo esto sin ayuda, pensó Fiben enojado. Veía cómo los dos chimps bien vestidos que estaban sentados junto al invasor susurraban entre sí y garabateaban en sus cuadernos: tomaban nota de las reacciones del público por encargo de sus nuevos amos.

Fiben escudriñó el palco y descubrió que el pequeño alcahuete con la capucha no estaba lejos del anillo de protección que formaban los guardias robot en torno al gubru. Se dedicó a memorizar sus rasgos infantiles durante un segundo. ¡Traidor!

Sylvie estaba ahora varios terraplenes por encima de él. La bailarina movía sus rosadas caderas ante sus narices y se reía al ver el sudor que le bañaba el rostro. Los machos humanos tenían sus propios estímulos visuales: los pechos y caderas femeninos y la suave y lisa piel de las fems. Pero no podían compararse con el temblor eléctrico que ocasionaba a un chimp macho contemplar un poco de color en el sitio adecuado.

—Fuera. Hay que salir, no quedarse dentro —dijo Fiben, sacudiendo la cabeza vigorosamente.

Se concentró en mantener el equilibrio, y sin forzar demasiado su débil tobillo izquierdo rodeó el agujero y se impulsó hacia adelante con las manos y las rodillas.

Sylvie se inclinaba hacia él desde dos niveles más arriba. Podía percibir su aroma a pesar de los fuertes olores que invadían el local, y a Fiben se le ensancharon las fosas nasales.

Pero de repente agitó la cabeza. Había otro olor penetrante, un tufo empalagador que parecía muy cercano.

Con el dedo meñique de la mano izquierda tocó la plataforma que había estado a punto de encaramarse. Gritó y apartó el dedo en seguida, dejando tras de sí un pedacito de piel. A diez centímetros del borde, la superficie estaba cubierta por una goma que ardía.

¡Maldito instinto! Fiben se llevó automáticamente el dedo chamuscado a la boca y estuvo a punto de quedar amordazado.

Ésta sí que era buena situación. Si avanzaba hacia arriba o hacia adelante aquella sustancia pegajosa lo atraparía, y si retrocedía era más que probable que cayese al vacío.

Este laberinto de trampas era la explicación a algo que antes lo había intrigado. Ahora entendía que los chimps del público no se hubieran vuelto locos y se Hubieran abalanzado sobre el montículo en el momento en que Sylvie los provocaba Sólo los presumidos o los temerarios se arriesgarían a tal escalada; los otros se contentaban con mirar y tener fantasías. La danza de Sylvie no era más que la primera parte del espectáculo.

¿Y si algún bastardo afortunado lo conseguía? Bueno, entonces todos los demás podrían contemplar también ese aliciente adicional.

Esa idea le repelió. Las relaciones en privado eran naturales, pero aquella lascivia pública resultaba asquerosa.

Al mismo tiempo, advirtió que casi había logrado llegar arriba. Sintió una ancestral aceleración en la sangre. Sylvie se contoneaba hacia él, e imaginó que ya podía tocarla. Los músicos aumentaron el ritmo y las luces estroboscópicas brillaron de nuevo en una imitación de los relámpagos, acompañados por truenos artificiales. Fiben notó unas punzantes gotitas, como el principio de una tormenta.

Sylvie bailaba bajo la lluvia, incitando al público, y Fiben se humedeció los labios sintiéndose atraído.

Entonces, bajo el resplandor de un solitario relámpago, Fiben reparó en algo igualmente excitante, pero mucho más atractivo para él que el hipnótico movimiento de la chima. Era una señal luminosa, pequeña y verde, recatada y concreta, que brillaba tras el hombro de la bailarina.

«SALIDA», leyó.

De pronto el dolor, el cansancio y la tensión provocaron que algo se liberase en el interior de Fiben. De algún modo, se sintió por encima del ruido y el tumulto, y recordó con diáfana claridad lo que Athaclena le dijera poco antes de abandonar el campamento de la montaña y empezar su excursión hacia la ciudad. Las hebras plateadas de su corona tymbrimi se habían ondulado con suavidad, como mecidas por una brisa de pensamiento puro.

Hay un dicho que mi padre me recitó una vez. Se trata de un «poema Haikú», en un dialecto terrestre llamado japonés. Quiero que lo lleves contigo.

Japonés —había protestado él—. Se habla en la Tierra y en Calajia pero en Garth no hay ni cien hombres o chimps que lo entiendan.

—yo tampoco. —Athaclena había sacudido la cabeza—. Pero debo decírtelo tal como me lo dijeron a mi.

Lo que surgió entonces de su boca abierta fue mucho más una cristalización que un sonido, un breve sustrato de significado que dejó una huella mientras se desvanecía.

Ciertos momentos suavizan la más oscura tormenta del invierno, ¡cuando las estrellas claman y tú te elevas!

Fiben parpadeó y el momento revivido desapareció. Las letras seguían brillando, resplandeciendo como un refugio verde.

Salida

De pronto, todo desapareció: el ruido, los olores, el fuerte picor de las diminutas gotas que imitaban a la lluvia. Fiben se sentía como si su tórax se hubiera ensanchado al doble. Los brazos y las piernas le parecían más ligeros, como si no pesasen prácticamente nada.