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Con una rápida flexión, saltó desde su precario punto de apoyo para aterrizar en el siguiente nivel, con las puntas de los pies a pocos centímetros de la ardiente y camuflada cola. El público rugía, y Sylvie retrocedió un paso y empezó a aplaudir.

Fiben reía. Se golpeó el pecho rápidamente como había visto hacer a los gorilas, siguiendo el ritmo del trueno que iba en aumento. Al público le encantó.

Caminó junto a la superficie pegajosa con una mueca, distinguiéndola más por instinto que por su leve diferencia de color. Con los brazos extendidos para no perder el equilibrio, lo hacía parecer más difícil de lo que era en realidad.

El terraplén terminaba en un gran árbol, hecho con fibra de vidrio y bolas de plástico verde, que coronaba la cima del montículo.

Por supuesto, aquella cosa estaba llena de trampas. Fiben no perdió el tiempo inspeccionándola. Saltó hacia arriba hasta tocar levemente la rama más próxima, balanceándose arriesgadamente al caer. El público estaba boquiabierto.

La rama tardó un instante en retraerse, tras haberla tocado… el tiempo suficiente para agarrarse a ella con fuerza en caso de haberlo intentado. Todo el árbol pareció girar. Las ramas se convirtieron en cuerdas ondulantes que le hubiesen atrapado el brazo si hubiese estado sujeto a cualquiera de ellas.

Con un aullido de alborozo, Fiben saltó de nuevo, agarrándose ahora a la cuerda que colgaba cuando la rama se inclinó otra vez. La utilizó como un saltador de pértiga, y pasó por encima de las dos últimas plataformas, incluida la de la sorprendida bailarina, para ir a parar a la selva de cables y vigas del techo.

Se soltó en el último momento y aterrizó de un salto en una tramoya. Durante unos instantes tuvo que luchar para no perder el equilibrio en aquella base tan precaria. A su alrededor todo era un laberinto de focos y combados entramados. Riendo, saltó entre disparadores automáticos, cables accionadores, redes y cuerdas entrelazadas que caían hacia el montículo. Había también unos tubos con una sustancia caliente parecida a los copos de avena. Fiben los pisó y los fragmentos que cayeron obligaron a la orquesta a ponerse a cubierto.

Ahora Fiben podía ver claramente el trazado de la carrera de obstáculos. No había una solución real al rompecabezas, sólo la que había usado para saltar sobre las últimas plataformas.

En otras palabras, no le quedaba más remedio que batir trampas.

El montículo no era un buen examen. Ningún chimp podía superarlo con la inteligencia; sólo podía esperar que otros corrieran el riesgo primero, sufriendo dolor y humillación en las trampas. La lección que enseñaban con eso los gubru era insidiosamente simple.

—Esos bastardos —murmuró.

El sentimiento de exaltación empezaba a desvanecerse y con él una parte de la sensación de invulnerabilidad que emanaba. Era obvio que Athaclena le había ofrecido un regalo de despedida, un hechizo posthipnótico para que le ayudara a encontrarse a sí mismo en medio de un buen lío. Fuera lo que fuese, él sabía que no podía forzar demasiado aquella buena suerte.

Ha llegado el momento de salir de aquí, pensó.

La música enmudeció cuando la orquesta empezó a recibir el impacto de la sustancia parecida a la avena. En aquellos momentos, el servicio de megafonía estaba de nuevo en marcha, emitiendo unas exhortaciones que ya parecían un poco fanáticas.

—… un comportamiento inaceptable en pupilos adecuados… Negar las expresiones de aprobación al que ha roto las reglas… Al que debe ser castigado.

Los pomposos apremios del gubru caían en saco roto porque la multitud parecía haberse transformado totalmente en simia. Cuando Fiben saltó sobre los mastodónticos altavoces y soltó los cables, la perorata del alienígena se vio interrumpida y un rugido de alegría y aprobación creció entre el público.

Fiben se apoyó en uno de los focos y lo movió de forma que recorriera toda la sala. Cuando el haz de luz los iluminaba, los chimps cogían las mesas de junco y las rompían sobre sus cabezas. Entonces el foco se posó en el palco donde el ET agitaba el micrófono muy airado. La criatura pajaril se encogió gimiendo ante el fuerte resplandor.

Los dos chimps que compartían el palco del VIP se pusieron a cubierto cuando los robots-guardia giraron y dispararon al unísono. Fiben saltó de la tramoya justo antes de que el foco explotase en una lluvia de metal y vidrios.

Cayó dando una voltereta en la cima del montículo de la danza… Rey de la Montaña. Al saludar al público disimuló su cojera. La sala retumbaba con los vítores y aplausos.

Cuando se volvió y se aproximó a Sylvie, todos callaron de repente.

Aquello era la recompensa. Los chimpancés en estado salvaje no tenían vergüenza de emparejarse delante de los demás, y hasta los neochimpancés elevados asistían a sesiones de grupo cuando era el tiempo y el lugar adecuados. No sentían los celos y los tabús de intimidad que hacían tan raros a los machos humanos.

El clímax de la velada se había producido mucho antes de lo que el gubru planeó, y de una forma que a lo mejor no era de su agrado, pero la esencia de la lección se mantenía. Los del público buscaban un placer indirecto, con todas las reacciones psicológicamente controladas.

La máscara de pájaro de Sylvie era parte del condicionamiento. Sus dientes brillaron al tiempo que agitaba las caderas ante él. Las numerosas tiras de la falda ondularon en un destello de provocativo color. Hasta los «margis» estacan pendientes de ella, relamiéndose los labios expectantes, y habiendo olvidado la pelea con Fiben. En aquel momento, él era su héroe, él era cada uno de ellos.

Fiben reprimió una oleada de vergüenza. No somos tan malos… sobre todo cuando piensas que sólo tenemos una existencia de trescientos años. Los gubru pretenden que no seamos más que animales para que así resultemos inofensivos, pero he oído decir que incluso los humanos, en las épocas antiguas, sufrían regresiones como ésta.

Sylvie empezó a gimotear a medida que él se acercaba. Fiben sintió una poderosa tensión en la espalda cuando ella se agachó para esperarlo. Alargó la mano y la cogió por el hombro.

Entonces la hizo girar para ponerla de cara a él y trató de levantarla.

Los vítores de la multitud se convirtieron en confusos murmullos. La sorpresa, empapada de secreción hormonal, hizo parpadear a Sylvie. Fiben comprendió que había tomado algún tipo de drogas para encontrarse en aquel estado.

—¿. de frente? —preguntó, luchando con las palabras—. Pero Pico Grande ha dicho que quiere que parezca natural…

Fiben le tomó el rostro entre sus manos. La máscara tenía una compleja serie de hebillas, y él fue rodeando el prominente pico para besarla con cariño sin tener que quitársela.

—Vete a casa con tus compañeros —le dijo—. No permitas que nuestros enemigos te avergüencen.

Sylvie se tambaleó hacia atrás como si él la hubiese golpeado.

Fiben se encaró con el público y alzó las manos.

—Todos vosotros —gritó—. Los elevados por los lobeznos de la Tierra. ¡Id a casa con vuestros compañeros! Nosotros, junto con nuestros tutores, guiaremos nuestra propia Elevación. ¡No necesitamos ETs extranjeros que nos digan cómo debemos hacerlo!