Выбрать главу

Del público surgió un grave gruñido de consternación, y Fiben advirtió que el alienígena hablaba ante una pequeña caja, probablemente pidiendo ayuda.

—¡Id a casa! —repitió—. ¡Y no permitáis a los extranjeros que hagan de nosotros un espectáculo!

Los murmullos se intensificaron. Aquí y allí, Fiben vio caras con los ceños fruncidos, chimps que miraban a todos lados de una sala en la que él esperaba que naciera la vergüenza. Las cejas estaban arrugadas por incómodos pensamientos.

Pero entonces, de entre los susurros, se alzó una voz que le gritó:

—¿Qué pasa? ¿No se te levanta?

La mitad del público se echó a reír estrepitosamente. Se produjeron gritos y silbidos, sobre todo en las primeras filas.

Fiben tenía que pensar en marcharse. Era probable que el gubru no se atreviese a dispararle allí, delante de todo el mundo. Pero con seguridad había pedido que le mandaran refuerzos.

Y, sin embargo, Fiben no podía pasar por alto lo que le habían dicho desde el público. Dio un paso hasta el borde del montículo y desde allí miró a Sylvie.

Las burlas finalizaron de inmediato, y el breve silencio que las siguió se vio roto por silbidos y aplausos salvajes.

Cretinos, pensó Fiben, pero sonrió y saludó cuando hubo terminado.

El gubru se puso a aletear con los brazos y a dar gritos, empujando a los dos chimps bien vestidos que compartían su palco. Éstos, a su vez, se inclinaban hacia abajo, gritando a los camareros de la barra. En la distancia se oían débiles sonidos que parecían sirenas.

Fiben cogió a Sylvie para darle otro beso. Esta vez ella le respondió, contoneándose al terminar. Fiben hizo una pausa para dedicarle un último gesto al alienígena que fue acogido por el público con sonoras carcajadas. Luego se volvió y corrió hacia la salida.

En el interior de su cabeza, una vocecita lo maldecía por ser un extravertido idiota. ¡La general no te mandó a la ciudad para que hicieras esto, estúpido!

Cruzó la cortina de abalorios y se detuvo de repente al encontrarse cara a cara con un neochimp de ceño fruncido que vestía un manto con capucha. Fiben reconoció al pequeño chimp que había visto dos veces esa noche, aunque por breves instantes: primero en la puerta de «La Uva del Simio» y luego junto al palco del gubru.

¡Tú! —lo acusó.

—Sí, yo —respondió el alcahuete—. Siento mucho no poder hacerte la misma oferta de antes, pero creo que esta noche tienes otras cosas en la mente.

—¡Quítate de en medio! —gritó Fiben, cejijunto.

—¡Max! —llamó el pequeño chimp.

Una gran forma surgió de las sombras. Era el tipo enorme de la cicatriz que había conocido junto a la barra antes de que aparecieran los marginales, el que tan interesado estaba en su carnet azul. En su carnosa mano brillaba un revólver inyectador de anestesia. Sonrió y se disculpó diciendo:

—Lo siento, compañero.

Fiben se puso en guardia, pero era demasiado tarde. Un creciente picor le recorrió el cuerpo y lo único que pudo hacer fue tropezar y caer en los brazos del chimp pequeño.

Se encontró con una suavidad y un aroma inesperados. Por Ifni, pensó en un instante de aturdimiento.

—Ayúdame, Max —dijo la cercana voz—. Tenemos que movernos deprisa.

Unos fuertes brazos lo levantaron, y Fiben casi agradeció perder la conciencia después de aquella última sorpresa: el pequeño alcahuete de rostro infantil era en realidad una chima, ¡una joven hembra!

25. GALÁCTICOS

El Suzerano de Costes y Prevención dejó el Cónclave de Mando en un estado de agitación. Tratar con sus compañeros Suzeranos resultaba siempre psiquicamente extenuante: tres adversarios que bailaban y daban vueltas, formando alianzas temporales, separándose y uniéndose de nuevo, dando forma a una siempre cambiante síntesis. Y así iba a ser mientras la situación en el mundo externo se mantuviera indeterminada, en continuo cambio.

Pero a la larga, las cosas de Garth se estabilizarían. Uno de los tres lideres demostraría que había sido el más idóneo, el mejor jefe. Mucho dependía de aquel resultado, tanto como del color y el género que cada une alcanzaría al final.

Y sin embargo, no había ninguna prisa en empezar la Muda. Todavía no. Se celebrarían muchos más cónclaves antes de que ese día llegase. Aún habían de caer muchas plumas.

El primer debate que sostuvo el de Prevención fue con el Suzerano de la Idoneidad para decidir si se debían utilizar soldados de Garra para someter a los soldados de Terragens en el cosmodromo. Esa discusión inicial no había sido más que una disputa sin importancia y, cuando el Suzerano de Rayo y Garra intervino para apoyar al de la Idoneidad, el de Prevención cedió de buena gana. En la batalla resultante perdieron un buen número de soldados, pero el ejercicio había servido para otros propósitos.

El Suzerano de Costes y Prevención conocía de antemano el resultado de la votación. En realidad, no tenía ninguna intención de ganar la primera disputa. Sabía que era mucho mejor empezar la carrera en el último puesto, así los otros dos tenderían a ignorar al Servicio Civil durante un tiempo. Iba a costar muchos esfuerzos crear una buena burocracia administrativa durante la ocupación, y el Suzerano de Costes y Prevención no quería malgastar energía en discusiones preliminares.

Como aquella que acababa de tener lugar. Cuando el burócrata salió del pabellón de reuniones, mientras sus ayudantes y escoltas acudían a su encuentro, en el interior aún podía oírse a los otros dos jefes de la expedición piándose el uno al otro. El cónclave había finalizado, y sin embargo seguían discutiendo acerca de las decisiones tomadas.

En los días próximos, los militares continuarían con sus ataques de gas y buscarían a todos los humanos que hubiesen escapado a las dosis iniciales. La orden se había firmado unos minutos antes.

El sumo sacerdote, el Suzerano de la Idoneidad, estaba preocupado porque muchos humanos civiles habían resultado muertos o heridos por el gas. Unos pocos neo-chimpancés también sufrían las consecuencias del ataque. Eso no era catastrófico desde un punto de vista legal o religioso, pero a la larga complicaría las cosas. Se tendrían que pagar indemnizaciones y la causa gubru se debilitaría si el asunto era llevado ante los tribunales interestelares.

El Suzerano de Rayo y Garra había apoyado la tesis de que el juicio era muy poco probable. Después de todo, con la conmoción que reinaba en las Cinco Galaxias, ¿quién iba a preocuparse de unos pocos errores cometidos en aquella pequeña charca de agua sucia y estancada que era Garth?

—¡Nos preocupa a nosotros! —había afirmado el Suzerano de la Idoneidad. Y dejó constancia de sus sentimientos negándose a bajar de su percha y pisar el suelo del planeta. Hacerlo de un modo prematuro, dijo, otorgaría a la invasión un carácter oficial, y eso debía retrasarse. La pequeña pero cruel batalla y la defensa del cosmodromo habían sido pruebas de ello. Al resistir con eficacia, aunque con brevedad, los inquilinos legales habían obligado a posponer por un tiempo los ataques formales. Cualquier otro error que cometieran no sólo dañaría las pretensiones de los gubru sobre el planeta sino que podría resultar terriblemente caro.

El sacerdote, después de insistir en aquel punto, desplegó su blanco plumaje, presumidamente seguro de su victoria. Al fin de cuentas, en el asunto de los gastos podía contar con un aliado. El Suzerano de la Idoneidad confiaba en que el de Costes y Prevención se pondría de su parte.