Robert parpadeó. Su memoria era confusa Había pasado un par de días allí arriba, en el rancho de los Mendoza, hablando con Fiben y haciendo planes. De alguna forma tendrían que encontrar a otros y empezar algo. Tal vez ponerse en contacto con el gobierno de su madre en el exilio, si es que aún existía. Los informes de Athaclena hablaban de una serie de cuevas que parecían ideales como cuartel general. Quizás esas montañas podrían ser una base de operaciones contra el enemigo.
Luego, una tarde, aparecieron de pronto unos chimps que corrían frenéticos de un lado a otro. Antes de que pudiera hablar, antes de que pudiera incluso levantarse, lo cogieron en brazos y lo sacaron de la granja en dirección a las montañas.
Se estaban produciendo estampidos sónicos… sucintas imágenes de algo inmenso en el cielo.
—Pero… pero yo creía que el gas era fatal si… —Su voz se quebró.
—Eso, si no hay antídoto. Pero la dosis que inhaló usted era tan escasa… —La doctora Soo se encogió de hombros—. Y aun así, estuvimos a punto de perderlo.
—¿Y la niña pequeña? —preguntó Robert, estremeciéndose.
—Está con los gorilas. —La chima experta en nutrición sonrió—. Está lo más segura que se puede estar dadas las circunstancias.
—Al menos eso es bueno. —Suspiró y se recostó en la silla.
Los chimps que se llevaron a la pequeña Abril Wu debieron de llegar a las alturas con tiempo suficiente para salvarla. Robert lo había conseguido a duras penas. Los Mendoza fueron un poco más lentos y se habían visto envueltos en la nube de gas tóxico que surgía de la panza de la nave alienígena.
—A los ’rilas no les gustan las cavernas, así que la mayoría están en los valles elevados, forrajeando en pequeños grupos bajo una vigilancia relajada, alejados de cualquier edificio. Están atacando regularmente con gas a todos los edificios, tanto si hay humanos en ellos como si no los hay.
—Los gubru son minuciosos —asintió Robert.
Miró el mapa de la pared cubierto de alfileres de colores. Abarcaba toda la región, desde las montañas septentrionales, al otro lado del Valle del Sind, hasta el mar por el oeste. Allí, las islas del archipiélago formaban un collar de civilización. En el continente sólo había una ciudad, Puerto Helenia, en la orilla norte de la Bahía de Aspinal. Al sur y al este de las Montañas de Mulun se hallaban las junglas del continente principal, pero la característica más importante se encontraba en el extremo superior del mapa. Pacientes, tal vez imparables, las grandes capas de hielo gris adquirían cada año mayor profundidad. La ruina final de Garth.
Sin embargo, los alfileres del mapa tenían que vérselas con una calamidad más cercana, más a corto plazo. La disposición de las marcas rosas y rojas era fácil de interpretar.
—Tienen la sartén por el mango, ¿eh?
El chimp más viejo, llamado Micah, le llevó a Robert un vaso de agua. Frunció el ceño ante el mapa.
—Sí, señor. Al parecer, la batalla ha terminado. Los gubru han concentrado sus energías alrededor de Puerto Helenia y del archipiélago, al menos de momento. Aquí, en las montañas, ha habido poca actividad, aparte de ese acoso permanente de los robots que lanzan gases de coerción. Pero el enemigo ha establecido una firme presencia en todos los lugares colonizados.
—¿Cómo consigues la información?
—Mediante los comunicados gubru, principalmente, y nuestros informadores de Puerto Helenia. La general también envió mensajeros y observadores en todas direcciones. Algunos ya nos han hecho llegar sus informes.
—¿Quiénes son los mensajeros?
—La gen… uf —Micah parecía un poco avergonzado—. A algunos de los chimps les costaba pronunciar el nombre de la señorita Athac… de la señorita Athaclena. Así que… —Su voz se apagó.
Voy a tener que hablar con esa chica, pensó Robert resollando.
—¿A quién envió a Puerto Helenia? —preguntó, alzando el vaso de agua—. Es un lugar peligroso para un espía.
—Athaclena eligió a un chimp llamado Fiben Bolger —respondió la doctora Soo sin mucho entusiasmo. Robert tosió y se salpicó de agua la bata. La doctora Soo prosiguió—: Es un militar, capitán, y la señorita Athaclena pensó que espiar en la ciudad requería un enfoque no convencional…
Eso sólo consiguió que Robert tosiera aún más fuerte. No convencional. Sí, eso describía a Fiben. Si Athaclena había elegido al viejo «Troglodita» Bolger, eso decía mucho de su buen juicio. Después de todo, tal vez no estuviera disparando a ciegas.
Y sin embargo, es poco más que una niña. ¡Y encima, alienígena? ¿Piensa que es un general de verdad? ¿Al mando de qué? Miró el recinto escasamente amueblado, los pequeños montones de suministros traídos a mano. Al fin de cuentas, todo aquel asunto resultaba penoso.
—La disposición del mapa de la pared es bastante rudimentaria —observó Robert, fijándose en ese aspecto en particular.
Un chimp viejo que aún no había hablado se rascó el escaso pelo de la barbilla y dijo:
—Podríamos organizamos mucho mejor. Tenemos varios ordenadores de tamaño medio. Unos chimps están preparando programas sobre baterías, pero no tenemos energía para hacerlos funcionar a pleno rendimiento. Athaclena, la tymbrimi —prosiguió mirando a Robert con socarronería—, insistió en que lo primero que debíamos hacer era abrir un grifo geotermal. Pero creo que si pudiéramos instalar unos colectores solares en la superficie… bien escondidos, claro está…
Dejó la idea en el aire. Robert pudo ver que aquel chimp, al menos, no se sentía entusiasmado por recibir órdenes de una chica, que ni siquiera era del clan de la Tierra o ciudadana de Terragens.
—¿Cómo te llamas?
—Jobert, capitán.
—Bien, Jobert —dijo Robert sacudiendo la cabeza—, discutiremos eso más tarde. ¿Puede contarme alguien eso del «ataque sorpresa»? ¿Qué se propone Athaclena?
Micah y Soo se miraron entre sí. La chima habló primero:
—Se fueron antes del amanecer. Y ya es más de media tarde. En cualquier momento debería llegar el mensajero.
Jobert hizo una mueca. Su cara arrugada y oscurecida por los años estaba empañada de pesimismo.
—Se han marchado con rifles de gatillo y granadas de choque, con la esperanza de tender una emboscada a una patrulla gubru. En realidad —concluyó el viejo chimp secamente—, hace más de una hora que esperamos sus noticias. Me temo que ya están tardando demasiado en regresar.
27. FIBEN
Fiben se despertó en la oscuridad, en postura fetal, bajo una manta polvorienta.
Al recobrar la conciencia regresó el dolor. El simple gesto de apartar su brazo derecho de encima de los ojos le supuso un estoico esfuerzo de voluntad, y el movimiento le provocó una oleada de náuseas. La inconsciencia lo llamaba de forma seductora.
Lo que le hizo resistirse a ella fue el tenue y persistente recuerdo de sus sueños. Esas extrañas y aterrorizantes imágenes le habían llevado a buscar la conciencia… La última escena, la más intensa, tuvo lugar en un desértico paisaje lleno de cráteres. Los rayos golpeaban las destellantes arenas que lo rodeaban, acribillándolo con brillante metralla cada vez que intentaba huir o esconderse.
Recordó que había intentado protestar, como si las palabras pudieran aplacar la tempestad. Pero le habían arrebatado el don del habla.