Con un esfuerzo de voluntad, Fiben se las arregló para rodar sobre el crujiente catre. Tuvo que frotarse los ojos con los nudillos antes de que éstos quisieran abrirse; y, cuando lo hicieron, se encontraron con la oscuridad de una pequeña y miserable habitación. Una delgada línea de luz delimitaba el contorno de unas pesadas cortinas negras que cubrían una diminuta ventana.
Sus músculos se contrajeron espasmódicamente. Fiben recordó la última vez que se había sentido tan mal; había sido en la isla Cilmar. Un grupo de neochimps artistas de circo, procedentes de la Tierra, se había dejado caer por allí para montar su espectáculo. El «hombre fuerte» se había ofrecido para luchar contra el campeón universitario y Fiben, como un idiota, había aceptado.
Transcurrieron semanas hasta que pudo caminar de nuevo sin cojear.
Fiben gruñó y se sentó. La parte interior de los muslos le quemaba como fuego.
—Oh, mamá —gimió—. ¡Nunca volveré a sujetar nada con las piernas!
Tenía la piel y el pelo del cuerpo mojados. Fiben percibió el agrio olor de Dalsebo, un fuerte relajante muscular. Al menos, sus captores se habían tomado la molestia de ahorrarle lo peor de los efectos secundarios de la droga que le suministraron para atontarlo. Pero cada vez que intentaba levantarse, su cerebro parecía un giroscopio en mal estado. Fiben se agarró a la inestable mesita de noche para poder incorporarse, y luego caminó arrastrando los pies hacia la única ventana.
Cogió el basto tejido a ambos lados de la delgada línea de luz y separó las cortinas. De inmediato, dio un paso hacia atrás, mientras levantaba los brazos para protegerse de la repentina claridad. Las imágenes giraban.
—Ugh —dijo sucintamente. Su exclamación no llegó a ser ni un gruñido.
¿Qué era aquel lugar? ¿Una prisión de los gubru? Ciertamente no se encontraba a bordo de una nave de guerra del invasor. Dudó de que los exigentes galácticos usaran muebles de madera local o decorasen al estilo antediluviano zarrapastroso.
Bajó los brazos al tiempo que parpadeaba para apartar las lágrimas de los ojos. A través de la ventana vio un patio cerrado, un descuidado huerto de verduras y un par de árboles trepadores. Parecía una típica casa-comuna, como las que poseían los grupos de matrimonio chimps.
Por detrás de los tejados cercanos contempló una hilera de eucaliptus en lo alto de una colina, los cuales le indicaron que aún estaba en Puerto Helenia, no muy lejos del parque del Farallón.
Tal vez los gubru iban a dejar que lo interrogasen los traidores. O quizá sus captores fueran los hostiles marginales. De ser así, éstos tendrían sus propios planes para él.
Fiben tenía la boca seca, como si hubieran penetrado en ella oleadas de polvo. Vio una jarra de agua en la única mesa de la habitación, y junto a ella una taza ya llena. Tropezando, intentó cogerla, pero se le escapó y cayó al suelo haciéndose añicos.
¡Concéntrate!, se dijo Fiben. Si quieres salir de ésta, intenta pensar como miembro de una raza de viajeros del espacio.
Era difícil. Hasta esas palabras subvocalizadas le dolían detrás de la frente. Notó que su mente intentaba emprender la retirada, abandonar el ánglico para dedicarse a una forma más simple y natural de pensamiento.
Fiben venció el casi irresistible impulso de beber directamente de la jarra; y a pesar de la sed, se concentró en cada uno de los gestos necesarios para llenar otra taza.
Sus dedos temblaban sobre el asa de la jarra.
¡Concéntrate!
Fiben recordó un viejo proverbio Zen: «Antes de que llegue la iluminación, corta leña, escancia agua. Después de que se haya ido la iluminación, corta leña, escancia agua.»
Muy despacio, a pesar de la sed, convirtió el sencillo acto de verter agua en un ejercicio. Sujetando la jarra con ambas manos, se las arregló para llenar media taza, aunque derramó igual cantidad sobre la mesa y por el suelo. No importaba. Tomó la taza y bebió con avidez, a grandes tragos.
La segunda taza le fue más fácil de llenar. Sus manos estaban más firmes.
Eso es. Concéntrate… Elige el camino más difícil, el que utiliza la razón. Al menos los chimps lo tenían más fácil que los neodelfines. La otra raza pupila de la Tierra era cien años más joven y para pensar necesitaban tres lenguajes.
Se estaba concentrando con tanta fuerza que no se dio cuenta de que a sus espaldas se abría una puerta.
—Bueno, para haber tenido una noche tan agitada pareces muy seguro esta mañana.
Fiben se volvió. El agua salpicó la pared cuando se le cayó la taza, y le pareció que ese repentino movimiento le hacía girar el cerebro dentro de la cabeza. La taza se estrelló en el suelo, y Fiben se llevó las manos a las sienes y gimió invadido por una oleada de vértigo.
Distinguió confusamente a una chima con un sarong azul que se aproximaba llevando una bandeja. Fiben intentó mantenerse en pie, pero las piernas se le doblaron y cayó de rodillas.
—Maldito idiota —le oyó decir a ella. La bilis que llenaba su boca fue la única razón de que no respondiera—. Sólo un idiota trataría de ponerse en pie después de haber recibido una fuerte dosis de anestesia —añadió mientras dejaba la bandeja sobre la mesa y lo agarraba por un brazo.
Fiben refunfuñó e intentó librarse de ella. ¡Ahora se acordaba! Era el pequeño «alcahuete» de «La Uva del Simio». El que había estado en el palco cerca del gubru y lo dejó inconsciente cuando estaba a punto de escapar.
—Déjame solo —dijo—. ¡No necesito ninguna ayuda de un maldito traidor!
Al menos eso era lo que quería decir, pero lo soltó como un barboteo confuso.
—Muy bien, lo que tú digas —respondió la chima con firmeza. Lo levantó por un brazo y lo llevó de nuevo a la cama. A pesar de su pequeña estatura, tenía mucha fuerza.
Fiben gruñó al caer sobre el apelmazado colchón. Intentó de nuevo cobrar fuerzas, pero el pensamiento racional parecía aproximarse y alejarse como las olas del océano.
—Voy a darte algo. Dormirás diez horas como mínimo. Luego tal vez estés en condiciones de responder a unas preguntas.
Fiben no gastó energía en maldecirla. Dedicaba toda su atención a encontrar un punto central, algo en qué concentrarse. El ánglico ya no le servía, y probó el galáctico-Siete.
—Na… Ka… tcha… kresh… —contó con voz pastosa.
—Sí, sí —le oyó decir a ella—. Ahora ya sabemos que has recibido una buena educación.
Fiben abrió los ojos en el momento en que la chima se inclinaba sobre él con una cápsula en la mano. La rompió con los dedos y de ella salió una nube de denso vapor.
Intentó contener la respiración para no inhalar el gas anestésico, pero sabía que era inútil. Al mismo tiempo, no pudo dejar de apreciar que ella era en realidad muy bonita, con una mandíbula pequeña e infantil y una piel suave. Sólo su sonrisa irónica y amarga estropeaba la imagen.
—Querido mío, eres un chimp muy obstinado, ¿verdad? Ahora sé buen chico, respira y descansa —le ordenó.
Incapaz de contenerse por más tiempo, Fiben tuvo que respirar. Un olor dulce, parecido al de la fruta silvestre muy madura, invadió sus fosas nasales La conciencia empezó a disiparse lentamente.
Fue entonces cuando advirtió que también ella había hablado en un perfecto galáctico-Siete, con un acento perfecto.