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28. EL GOBIERNO EN EL EXILIO

Megan Oneagle parpadeó para apartar las lágrimas de los ojos. Quería alejarse, no mirar, pero se obligó a contemplar la matanza una vez más.

Él gran holo-archivo mostraba una escena nocturna, una playa barrida por la lluvia que brillaba débilmente en distintos tonos de gris bajo unos tristes acantilados apenas visibles. No había estrellas ni lunas, ni ninguna luz en absoluto Las cámaras habían trabajado al límite de sus posibilidades para tomar esas imágenes.

En la playa apenas podía distinguir cinco formas negras que llegaban a la orilla, corrían por la arena y empezaban a escalar los bajos y desmoronadizos farallones.

—Puede decirse que han seguido los procedimientos con precisión —explicó Prathachulthorn, un mayor de la marina de Terragens—. Primero, el submarino soltó a los buceadores de avance, los cuales se adelantaron para explorar y montar vigilancia. Luego, cuando confirmaron que la costa estaba despejada, salieron los saboteadores.

Megan contempló cómo unos pequeños botes, globos negros que se levantaban en medio de pequeñas nubes de burbujas, subían a la superficie y se dirigían a toda velocidad hacia la costa. Al llegar a tierra, se abrieron las compuertas y salieron más sombras oscuras.

Llevaban el mejor equipo posible y su preparación era insuperable. Eran infantes de marina de Terragens.

Megan sacudió la cabeza. Sin embargo, entendía lo que Prathachulthorn había querido decir. Si incluso esos profesionales habían fracasado, ¿quién iba a culpar a la Milicia Colonial de Garth por los desastres de los últimos meses?

Las sombras negras avanzaron hacia los acantilados con las espaldas encorvadas bajo el peso de grandes bultos.

Hacía ya semanas que los que quedaban aún bajo el mando de Megan, se habían sentado junto a ella, en las profundidades de su refugio submarino, para reflexionar sobre el fracaso de los tan bien trazados planes para una resistencia organizada. Los agentes y los saboteadores estaban a punto, las armas escondidas y las células organizadas. Entonces llegó el maldito gas de coerción de los gubru, y todas sus ideas cuidadosamente pensadas se derrumbaron bajo esas turbias nubes de humo letal.

Los pocos humanos que habían permanecido en el continente, a aquellas alturas ya debían de estar muertos o en un estado lamentable. Lo que resultaba frustrante era que nadie, ni siquiera el enemigo, parecía saber cuántos habían conseguido llegar a las islas a tiempo de recibir el antídoto y ser internados.

Megan evitaba pensar en su hijo. Con un poco de suerte se encontraría ya en la isla Cilmar, reunido con sus amigos en algún bar, o quejándose ante un grupo de chicas simpáticas de que su madre no le hubiese dejado ir a la guerra. Megan sólo podía esperar y rezar para que ésta fuera la situación y para que la hija de Uthacalthing se hallase también a salvo.

Le causaba una gran perplejidad el no saber qué había sido del embajador tymbrimi. Uthacalthing había prometido reunirse con el Concejo Planetario en su escondite, pero nunca apareció. Se decía que su nave había intentado adentrarse en el espacio profundo, quedando destruida.

Tantas vidas perdidas. ¿Para qué?

Megan miró la pantalla justo en el momento en que los pequeños botes volvían a surcar las aguas. Cuando casi todos los hombres estaban ya subiendo por los acantilados.

Sin humanos, cualquier esperanza de resistencia era inútil. De los chimps más inteligentes, unos cuantos podían llevar a cabo unas pocas acciones aisladas, pero ¿qué se podía esperar de ellos sin sus tutores?

Uno de los propósitos de este desembarco había sido poner en marcha algún proyecto que se adaptara y ajustara a las nuevas circunstancias.

Por tercera vez, aunque ya sabía lo que iba a suceder, a Megan le sorprendió el repentino relámpago que iluminó la playa En un instante, todo quedó inundado de brillantes colores.

Lo primero en explotar fueron los pequeños botes.

A continuación, los hombres.

—El submarino recogió la cámara y se sumergió justo a tiempo —murmuró el mayor Prathachulthorn.

La pantalla quedó a oscuras. La mujer, una teniente de infantería de marina que había manejado el proyector, encendió las luces. Los otros miembros del Concejo parpadearon, adaptándose a la luz. Algunos se frotaron los ojos.

Cuando habló de nuevo, los rasgos sudasiáticos del mayor Prathachulthorn estaban ensombrecidos por la gravedad de la cuestión.

—Es lo mismo que ocurrió durante la batalla espacial, y cuando lanzaron los gases sobre todas nuestras bases secretas. De alguna forma, siempre saben dónde estamos.

—¿Tienen alguna idea de cómo lo consiguen? —preguntó uno de los miembros del Concejo.

De un modo impreciso, Megan reconoció la voz que contestaba. Pertenecía a Lydia McCue, la oficial de infantería de marina. La joven movió negativamente la cabeza.

—Tenemos a todos nuestros técnicos trabajando en el problema. Pero hasta que no sepamos cómo lo averiguan, no queremos que se pierdan más vidas de hombres con estos intentos clandestinos de desembarco.

—Creo que ahora no estamos en condiciones de proseguir la discusión de estos asuntos —dijo Megan, cerrando los ojos—. Declaro levantada la sesión.

Mientras se retiraba a su diminuta alcoba, Megan sintió que iba a llorar. En vez de eso se sentó en el borde de la cama, en completa oscuridad, y miró en dirección al lugar donde tenía las manos.

Después de unos instantes sintió que casi podía ver los dedos: unas pequeñas protuberancias que reposaban sobre sus rodillas. Imaginó que estaban manchados… de un rojo intenso color sangre.

29. ROBERT

Bajo tierra, en las profundidades, no había forma de notar el paso natural del tiempo. Y sin embargo, cuando Robert se despertó agitándose en la silla, sabía qué hora era.

Tarde, demasiado tarde. Athaclena debería haber regresado horas antes.

Si no hubiese sido poco más que un inválido, habría hecho caso omiso de las objeciones de Micah y la doctora Soo y subido a la superficie para ver si volvía el grupo que había ido a atacar por sorpresa a los gubru, y al que hacía ya tanto tiempo que esperaban. Pero incluso así, los dos chimps científicos tuvieron casi que utilizar la fuerza para impedírselo.

De vez en cuando, todavía se le presentaban amagos de fiebre. Se secó la frente y reprimió unos temblores momentáneos. No, pensó. ¡He de mantenerme controlado!

Se puso de pie y avanzó cuidadosamente hacia el lugar de donde provenían los murmullos de una discusión. Allí encontró a un par de chimps que trabajaban inclinados sobre la luz perlada de una vieja computadora de nivel diecisiete. Robert se sentó a sus espaldas, en una caja de embalaje, y los escuchó unos instantes. Cuando hizo una sugerencia, éstos la aceptaron y funcionó. De inmediato, prescindió de sus preocupaciones y se puso a trabajar, ayudando a los chimps a confeccionar programas de tácticas militares para una máquina que no había sido diseñada para nada más hostil que el ajedrez-Liego alguien y le ofreció una jarra de zumo. Bebió. Luego, le tendieron un bocadillo. Comió.

Después de un lapso indeterminado de tiempo, un grito resonó en la cámara subterránea. Unos pies se movían a toda prisa sobre los bajos puentes de madera. Los ojos de Robert se habían acostumbrado al brillo de la pantalla y en la oscuridad distinguió unos chimps que se apresuraban hacia el túnel que conducía a la superficie, cogiendo armas diversas a su paso.