—¿Qué ocurre? —preguntó, agarrando a la sombra oscura que corría más cerca de él.
Fue como hablar a las paredes El chimp se soltó y, sin mirarlo siquiera, desapareció por el escabroso túnel. Llamó a otro chimp y éste se detuvo y lo miró con nerviosismo.
—Es la expedición —explicó el chimp—. Han regresado. Al menos he oído a unos cuantos.
Robert lo dejó marchar. Empezó a recorrer la cámara con la mirada buscando un arma para él. Si el grupo había sido perseguido hasta allí…
Como era natural, no encontró nada adecuado. Advirtió con amargura que un rifle no iba a servirle de nada, ya que tenía el brazo derecho inmovilizado. Y de todos modos, los chimps seguramente no le permitirían luchar. Si existía algún peligro, lo más probable era que lo llevasen en brazos a cuevas más profundas.
Durante unos instantes reinó el silencio. Unos cuantos chimps ancianos esperaban junto a él la explosión de los disparos.
En cambio oyeron voces, cada vez más fuertes. Y los gritos parecían más de alegría que de temor.
Sintió que algo lo acariciaba por encima de las orejas. Desde el accidente no había podido practicar mucho, pero la sencilla empatía de Robert captó una sombra familiar. Empezó a tener esperanzas.
Un grupo de figuras charlatanas dobló el recodo, neo-chimpancés sucios y harapientos que portaban armas; algunos de ellos con vendajes. En el instante en que vio a Athaclena se soltó un nudo en el interior de Robert.
Pero con la misma rapidez, otra preocupación tomó su lugar. Era evidente que la chica tymbrimi había estado utilizando las transformaciones gheer. Vio los contornos agitados de su fatiga y su cara demacrada.
Además, Robert comprendió que ella seguía en plena tarea. Su corona estaba desplegada, brillando sin luz. Los chimps apenas se dieron cuenta de ello, ya que los que habían permanecido en casa en seguida acosaron a preguntas a los alegres expedicionarios. Pero Robert advirtió que Athaclena se estaba concentrando internamente para representar aquel estado de ánimo. Era demasiado tenue, demasiado incierto como para sostenerse por sí solo sin la ayuda de ella.
—¡Robert! —Sus ojos se agrandaron—. ¿No deberías estar en cama? La fiebre empezó a bajarte ayer.
—Me encuentro bien, pero…
—Bien, me alegro de verte por fin en pie.
Robert vio que dos formas cubiertas de vendajes eran llevadas en camilla a toda prisa hacia el improvisado hospital. Pudo sentir el esfuerzo que hacía Athaclena para que desviara la atención de los dos soldados heridos, tal vez a punto de morir, hasta que desaparecieron de su vista. Sólo gracias a la presencia de los chimps, Robert mantenía la voz baja y apacible.
—Quiero hablar contigo, Athaclena.
Ella le miró a los ojos y, durante un breve instante, Robert creyó estar captando una débil forma que giraba sobre los zarcillos flotantes de su corona. Era un glifo atormentado.
Los recién llegados guerreros estaban atareados con la comida y la bebida, fanfarroneando ante sus impacientes compañeros. Sólo Benjamín, con el distintivo de teniente cosido a mano en la manga, permaneció con toda seriedad junto a Athaclena.
—Muy bien —asintió ella—. Vamos a un lugar donde podamos hablar a solas.
—Dejadme adivinar —dijo Robert, sin ambages—. Os han dado una patada en el culo.
El chimp Benjamín frunció el ceño, pero no lo contradijo. Desplegó un mapa y señaló un punto.
—Ahí los golpeamos, en la quebrada Yenching. Era nuestra cuarta incursión, y creíamos saber lo que podíamos esperar.
—La cuarta. —Robert se dirigió a Athaclena—. ¿Desde cuándo dura todo esto?
Ella había estado pellizcando con delicadeza un pastelito relleno con algo muy aromático. Arrugó la nariz.
—Hemos estado practicando durante una semana, Robert. Pero ésta era la primera vez que intentábamos hacer un daño verdadero.
—¿Y?
Benjamín parecía insensible al estado de ánimo ecuánime de Athaclena. Tal vez era una pose intencionada, ya que ella necesitaba al menos un ayudante cuyo razonamiento no se viese afectado. O quizá se trataba de que era demasiado listo. El chimp puso los ojos en blanco.
—El daño nos lo han hecho a nosotros —siguió explicando—. Nos dividimos en cinco grupos. La señorita Athaclena insistió en que debía ser así, y eso nos salvó la vida.
—¿Cuál era vuestro objetivo?
—Una pequeña patrulla. Dos tanques flotantes ligeros y un par de vehículos de superficie abiertos.
Robert examinó el emplazamiento en el mapa, donde una de las pocas carreteras se adentraba en la primera cordillera de montañas. Por lo que le habían dicho, rara vez se veía al enemigo más arriba del Sind. Parecían satisfechos con controlar el espacio, el archipiélago y la estrecha franja colonizada de la costa en torno a Puerto Helenia.
Después de todo, ¿por qué tenían que preocuparse por las zonas rurales? Casi todos los humanos estaban encerrados. Garth era suyo.
Al parecer, las tres primeras incursiones de los rebeldes habían sido sólo ejercicios. Unos pocos suboficiales de la antigua milicia que intentaban enseñar a una nueva hornada de reclutas cómo moverse y luchar entre las sombras de la jungla. Pero a la cuarta salida se habían sentido preparados para tomar contacto con el enemigo.
—Desde el principio parecían saber dónde estábamos —prosiguió Benjamín—. Los seguimos mientras patrullaban, practicando cómo escondernos entre los árboles sin perderlos de vista, como las veces anteriores. Entonces…
—Entonces atacasteis de verdad a la patrulla.
—Sospechábamos que sabían dónde estábamos —asintió Benjamín—, pero debíamos tener plena certeza de ello. A la general se le ocurrió un plan…
Robert parpadeó, y luego asintió. Aún no estaba acostumbrado al nuevo título honorífico de Athaclena. Su asombro crecía a medida que escuchaba a Benjamín relatar la acción de aquella mañana.
La emboscada había sido planeada de modo que cada uno de los cinco grupos pudiera disparar por turno a la patrulla con el mínimo riesgo.
Y sin muchas posibilidades de dañar al enemigo, observó Robert. Los emboscados estaban casi siempre demasiado arriba o demasiado lejos para poder efectuar buenos disparos. Con rifles de caza y granadas de choque, ¿qué daño podían hacerles?
En el primer intercambio de disparos resultó destruido un pequeño vehículo de superficie gubru y otro resultó ligeramente dañado antes de que el fuego de los tanques obligara a cada grupo a retirarse. La ayuda aérea llegó rápidamente de la costa, y los rebeldes apenas tuvieron tiempo de escapar. La fase agresiva de la incursión había terminado en menos de quince minutos. Habían tardado mucho más en retirarse y borrar las huellas.
—Pero no lograsteis engañar a los gubru, ¿verdad? —preguntó Robert.
—Siempre parecían saber dónde estábamos. —Benjamín sacudió la cabeza—. Es un milagro que hayamos podido atacarlos y un milagro mayor que hayamos escapado.
Robert miró a la «general». Iba a manifestar su desacuerdo, pero consultó el mapa una vez más mientras reflexionaba sobre las posiciones que habían tomado los emboscados. Siguió las líneas de fuego y las rutas de la retirada.