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—Has tenido mucha imaginación —le dijo por fin a Athaclena.

Los ojos de ella se juntaron ligeramente y se separaron de nuevo, el equivalente tymbrimi de encogerse de hombros.

—Pensé que no debíamos acercarnos demasiado en nuestro primer encuentro.

Robert asintió. Si hubiesen elegido lugares «mejores» y más cercanos al enemigo, muy pocos chimps, o ninguno, hubieran regresado con vida.

El plan había sido bueno.

No, no bueno. Inspirado. No había sido pensado para dañar al enemigo sino para recuperar la confianza. Las tropas se habían dispersado de forma que cada grupo pudiese disparar a la patrulla con un mínimo riesgo. Los rebeldes habían regresado tambaleándose, pero lo más importante era que habían vuelto.

Pero estaban heridos. Robert sintió el cansancio de Athaclena, en parte por el esfuerzo y en parte por mantener la moral de victoria en todos los integrantes del grupo.

Notó que le tocaban la rodilla, y tomó la mano de Athaclena entre las suyas. Sus largos y delicados dedos se cerraron con mucha fuerza y sintió su pulso de triple latido.

Sus ojos se encontraron.

—Convertimos un posible desastre en un éxito menor —dijo Benjamín—, pero mientras el enemigo sepa siempre dónde estamos no creo que podamos hacer nada más que jugar al escondite, e incluso ese juego puede costarnos más de lo que podemos pagar.

30. FIBEN

Fiben se rascó la nuca y miró irritado hacia el otro lado de la mesa. Así que ésa era la persona con la que debía contactar, la brillante alumna de la doctora Taka, la futura líder del movimiento urbano clandestino.

—¿Qué majadería fue aquélla? —la acusó—. Me dejaste entrar en ese club totalmente ciego e ignorante. Anoche casi me cogieron una docena de veces. ¡Me podrían haber matado!

—Fue hace dos noches —le corrigió Gailet Jones. Estaba sentada en una silla de respaldo recto y se alisaba la seda azul de su sarong—. Y de todos modos, yo estaba allí, en la puerta de «La Uva del Simio», esperando para contactar contigo. Te vi llegar solo, con aspecto de forastero y vistiendo una camisa de trabajo a cuadros, y te abordé con la contraseña.

—¿Rosa? —Fiben la miró con sorpresa—. Te acercas a mí y me susurras rosa, ¿y se supone que ésa debía de ser la puñetera contraseña?

En circunstancias normales no hubiese utilizado un lenguaje tan vulgar en presencia de una dama. En aquel momento, Gailet Jones parecía el tipo de persona que había esperado encontrar en un principio: una chima culta y bien educada. Pero la había visto de otro modo y no iba a ser capaz de olvidarlo.

—¿A eso llamas contraseña? Me dijeron que buscara a un pescador.

Sus propios gritos lo sobresaltaron. Aún sentía la cabeza como si hubiese sufrido pérdidas de masa encefálica por cinco o seis sitios. Ya no tenía los músculos acalambrados, pero aún sentía dolor en todo el cuerpo, y su humor no aguantaba bromas.

—¿Un pescador? ¿En esa zona de la ciudad? —Gailet Jones frunció el ceño y su rostro se ensombreció unos instantes—. Escucha, la situación era caótica cuando llamé al centro para darle un mensaje a la doctora Taka. Imaginé que su grupo estaba acostumbrado a guardar secretos y que podrían convertirse en un núcleo ideal de resistencia. Sólo tuve unos momentos para pensar cómo establecer contacto antes de que los gubru se apoderaran de las líneas telefónicas. Supuse que ya estaban grabando las conversaciones, así que las palabras debían tener un tono coloquial, ya sabes, ese tipo de lenguaje que sus ordenadores no pudieran interpretar fácilmente. —Se detuvo de pronto, llevándose una mano a la boca—. ¡Oh, no!

—¿Qué? —Fiben se inclinó hacia delante.

—Le dije a ese estúpido telefonista del centro —prosiguió ella después de pestañear— cómo tenía que vestir su emisario, dónde debía encontrarme y que yo me haría pasar por un anzuelo.

—¿Por un qué? No te entiendo. —Fiben movió la cabeza negativamente.

—Es una palabra arcaica, del argot humano que se usaba antes del Contacto, para designar a una persona que ofrece relaciones sexuales ilícitas a cambio de dinero.

—¡Por Ifni! ¡Vaya una idea más estúpida y puñeteramente idiota! —espetó Fiben.

—Muy bien, listillo —le respondió Gailet con vehemencia—. ¿Qué podía hacer yo? El ejército se estaba desmoronando. Nadie había pensado siquiera qué hacer si todos los humanos de la isla eran apartados repentinamente de la cadena de mando. Tuve esa disparatada idea de empezar de cero un movimiento de resistencia. Y entonces intenté concertar una cita…

—Sí, sí, haciéndote pasar por alguien que ofrece servicios ilícitos en la puerta de un local donde los gubru estaban incitando a un desenfreno sexual.

—¿Cómo iba a saber yo lo que querían hacer y que habían escogido ese pequeño y soporífero club para llevarlo a cabo? Imaginé que las prohibiciones sociales se relajarían lo suficiente para que pudiera interpretar mi papel y abordar a los forasteros. ¡Pero nunca se me ocurrió pensar que se relajarían tanto! Supuse que si me acercaba a alguien por error se sorprendería y reaccionaría como tú lo hiciste.

—Pero no fue así.

—¡No, claro que no! Antes de que llegases aparecieron varios chimps solitarios, vestidos de una forma semejante a la que esperaba de ti. El pobre Max tuvo que atontar a unos cuantos, y el callejón estaba empezando a llenarse, pero ya no había tiempo para cambiar el lugar de la cita o la contraseña…

—¡Una contraseña que nadie entendió! ¿Anzuelo? Tendrías que haber pensado que eso podía prestarse a confusiones.

—Yo sabía que la doctora Taka lo entendería. Solíamos ver y discutir juntas viejas películas. Habíamos estudiado las palabras arcaicas que se utilizaban en ellas. Lo que no comprendo es por qué ella… —Su voz se debilitó al ver la expresión en el rostro de Fiben—. ¿Por qué?, ¿por qué me miras de ese modo?

—Lo siento. Acabo de darme cuenta de que no lo sabes. —Fiben movió la cabeza—. Mira, la doctora Taka murió cuando recibimos tu mensaje, a causa de una reacción alérgica al gas de coerción.

—Me lo temí cuando vi que no llegaba a la ciudad para ser internada. —Gailet estaba deprimida—. Es… una gran pérdida. —Desvió la mirada, trasluciendo unos sentimientos mucho más profundos de lo que sus palabras revelaban.

Al menos se había ahorrado presenciar el final del centro Howletts entre las llamas, las ambulancias llenas de hollín que corrían de un lado para otro y la cara vidriosa y agonizante de su mentora mientras el gas ecdémico se cobraba su cruel y estadístico tributo. Fiben había visto filmaciones de aquella noche colmada de terror. Las imágenes permanecían inmóviles en las capas oscuras de su mente.

Gailet recobró el ánimo, dejando su dolor para más tarde. Se secó los ojos y se encaró a Fiben con las mandíbulas hacia adelante en actitud de desafío.

—Tenía que ocurrírseme algo que un chimp pudiera comprender, pero no los ordenadores de lenguaje de los ETs. No va a ser la última vez que debamos improvisar. Pero lo más importante es que estás aquí y que los dos grupos ya están en contacto.

—Casi me matan —señaló él, aunque esta vez le pareció un poco grosero mencionarlo.