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—Pero no te mataron, y hay muchas formas de convertir tu pequeña desventura en algo ventajoso. Por la calle todavía se habla de lo que hiciste esa noche, ¿sabes?

¿Había una débil e incierta nota de respeto en su voz? ¿Se trataba tal vez de una oferta de paz?

De repente, todo le pareció excesivo. Excesivo para él. Supo que aquello era un error, a realizar en el momento menos adecuado, pero él no podía sustraerse. Se sometió.

—¿Un anzuelo…? —rió, aunque a cada sacudida su cerebro parecía traquetear dentro de la cabeza—. ¿Un anzuelo? —Echó la cabeza hacia atrás y gritó golpeando los brazos del sillón. Fiben se desplomó riendo a carcajadas y pataleando—. ¡Oh, Dios mío, era eso precisamente lo que tenía que buscar!

Gailet Jones lo miró mientras él hacía una pausa para respirar. Ni siquiera le importaba que llamase a Max, el chimp grande, para que le diese otra dosis de anestesia.

Todo aquello era excesivo.

Fiben comprendió que si la mirada de Gailet en aquel momento significaba algo, aquella alianza comenzaba ya de un modo inestable.

31. GALÁCTICOS

El Suzerano de Rayo y Garra montó en su vehículo privado y aceptó los saludos de su escolta de soldados de Garra. Se trataba de tropas cuidadosamente seleccionadas, con las plumas muy bien arregladas y las crestas teñidas con colores que indicaban la graduación y la unidad. El ayudante kwackoo del almirante se adelantó para tomar su túnica ceremonial. Cuando todos estuvieron situados en sus perchas, el piloto despegó con los gravíticos, dirigiéndose hacia las obras de defensa que se estaban construyendo en las colinas bajas, al este de Puerto Helenia.

El Suzerano de Rayo y Garra contempló en silencio cómo pasaba bajo ellos la nueva verja de la ciudad y las granjas de aquella pequeña colonia terrestre.

El coronel más viejo, segundo en la cadena de mando, lo saludó batiendo el pico con fuerza.

—¿El cónclave ha ido bien? ¿De un modo adecuado? ¿De un modo satisfactorio? —le preguntó el coronel.

El Suzerano de Rayo y Garra prefirió pasar por alto la improcedencia de la pregunta. Resultaba más útil tener como segundo a alguien que pensase, que a uno cuyo plumaje estuviera siempre muy arreglado. El rodearse de criaturas como aquéllas era uno de los motivos por los que el Suzerano había ganado su candidatura. El almirante ofreció a su inferior una desdeñosa mirada de asentimiento.

—Nuestro consenso es ya el adecuado, suficiente e indispensable.

El coronel le hizo una reverencia y regresó a su lugar. Sabía, por supuesto, que el consenso, en aquellas fases iniciales de la Muda, nunca era perfecto. Todo el mundo podía verlo en la expresión triste y ojerosa del Suzerano.

El Cónclave de Mando más reciente había resultado especialmente incierto, y algunos de sus aspectos habían irritado mucho al almirante.

El Suzerano de Costes y Prevención presionaba para que la mayor parte de la flota de apoyo fuese enviada en ayuda de otras operaciones gubru que se desarrollaban lejos de allí. Y por si eso fuera poco, el tercer líder, el Suzerano de la Idoneidad, seguía insistiendo en que lo llevasen a todas partes en su percha, pues se negaba a poner los pies en el suelo de Garth hasta que todo estuviese arreglado con minuciosidad. El sacerdote tenía todo el plumaje ahuecado y se mostraba inquieto con respecto a un buen número de asuntos: demasiadas muertes humanas debidas al gas de coerción, el inminente fracaso del Proyecto de Recuperación de Garth, el insignificante tamaño de la Sección de la Biblioteca Planetaria, el estado de Elevación de los ignorantes y presensitivos neo-chimpancés.

Parecía que cada uno de estos temas iba a necesitar un nuevo planteamiento, otra tensa negociación, otra batalla por el consenso.

Y sin embargo, existían otros asuntos mucho más profundos que aquellas cuestiones efímeras. Los Tres habían empezado a discutir también sobre temas fundamentales y así el proceso comenzó, en cierto modo, a ser divertido. Los aspectos agradables del Triunvirato emergían especialmente cuando bailaban y cantaban discutiendo sobre asuntos importantes.

Hasta entonces, parecía que el salto hacia el estatus de reina iba a ser directo y fácil para el almirante, ya que había permanecido a la cabeza desde el principio. Pero ahora, el Suzerano de Rayo y Garra empezó a darse cuenta de que no iba a serlo tanto. Aquélla no iba a ser una Muda trivial.

Las mejores nunca lo eran, naturalmente. Unas facciones muy diversas se habían visto implicadas en la elección de los tres líderes de la fuerza expedicionaria, ya que los Maestros de la Percha tenían esperanzas de ver surgir una nueva política unificada gracias a esta terna concreta. Para que eso sucediese, los Tres tenían que ser inteligentes y muy distintos entre sí.

Y ahora empezaba a quedar claro lo inteligentes y lo distintos que eran. Algunas de las ideas presentadas por los demás eran buenas, y un tanto desconcertantes.

Tienen razón en una cosa, tuvo que admitir el almirante. No sólo debemos conquistar, vencer, aplastar a los lobeznos. ¡Debemos desacreditarlos!

El Suzerano de Rayo y Garra había estado tan concentrado en las cuestiones militares que se había habituado a considerar a sus compañeros como obstáculos.

Eso fue erróneo, impertinente y desleal por mi parte, pensó el almirante.

, había que esperar con devoción que el burócrata y el sacerdote fueran tan brillantes en sus respectivos campos como lo era el almirante en materia militar. ¡Si Idoneidad y Administración manejaban sus propósitos con la misma brillantez con que había tenido lugar la invasión, aquél iba a ser un trío memorable!

El Suzerano de Rayo y Garra sabía que muchas cosas ya estaban ordenadas de antemano, desde la época de los Progenitores, hacía mucho, mucho tiempo. Mucho antes de que hubiera clanes de lobeznos indignos y herejes, y tymbrimi y thenanios y soro… Era vital que el clan de los gooksyu-gubru triunfara en aquella época de crisis. ¡El clan tenía que alcanzar grandeza!

El almirante reflexionó sobre el modo en que se habían establecido las bases de la derrota terrestre muchos años antes. Cómo las fuerzas gubru habían podido detectar y contrarrestar cada uno de sus movimientos. Y cómo el gas de coerción había acabado con todos sus planes. Ésas habían sido ideas del propio Suzerano, junto con los miembros de su equipo. Debieron transcurrir muchos años antes de verlas realizadas.

El Suzerano de Rayo y Garra estiró los brazos sintiendo una tensión en los flexores que, mucho tiempo atrás, antes de la Elevación de su especie, habían llevado volando a sus ancestros por las cálidas y secas corrientes del planeta natal de los gubru.

¡Sí! Déjenlos que las ideas de mis compañeros sean también audaces, imaginativas, brillantes…

Dejemos que sean parecidas, próximas, semejantes a las mías pero no tan brillantes como ellas.

El Suzerano empezó a arreglarse el plumaje al tiempo que el crucero se elevaba y se dirigía hacia el este bajo un cielo tachonado de nubes.

32. ATHACLENA

—Aquí dentro me voy a volver loco. ¡Me siento encerrado como un prisionero!