Aquella tarde, Gailet llevó a Fiben a recorrer Puerto Helenia, o al menos las zonas que el invasor no había situado fuera de los límites de la población neochimpancé.
Las barcas de pesca todavía iban y venían de los muelles situados al extremo sur de la ciudad. Pero iban tripuladas sólo por marineros chimps. Y menos de la mitad del número habitual se dirigían mar adentro, dando grandes rodeos para evitar la nave fortaleza de los gubru que ocupaba la mitad de la boca de la Bahía de Aspinal.
En los mercados vieron algunos artículos en abundancia. El resto de las estanterías estaba prácticamente vacío debido a la escasez y al acaparamiento. El dinero colonial aún servía para ciertas cosas como el pescado y la cerveza. Pero para comprar carne o fruta fresca sólo se podían usar las bolitas de dinero galáctico. Los tenderos irritados habían empezado a comprender el significado de «inflación», un término arcaico.
Al parecer, la mitad de la población trabajaba para el invasor. Se estaban construyendo edificios almenados, al sur de la bahía, cerca del cosmodromo. Las excavaciones indicaban que pronto se alzarían estructuras más grandes.
Por toda la ciudad se veían carteles que representaban a sonrientes chimpancés, en los que se prometía de nuevo la abundancia tan pronto como fuera puesta en circulación la cantidad suficiente de dinero «digno». Un trabajo eficiente haría que ese día llegase antes, prometían también los anuncios.
—¿Qué? ¿Ya has visto bastante? —le preguntó Su guía.
—En absoluto —sonrió Fiben—. Apenas hemos arañado la superficie.
Gailet se encogió de hombros y dejó que él abriera la marcha.
Bien, pensó Fiben contemplando el insuficiente abastecimiento de los mercados, los especialistas en nutrición no dejan de decirnos que los neochimps comemos más carne de la que necesitamos, mucha más de la que podíamos conseguir en los viejos tiempos de vida salvaje. Tal vez esto nos haga algún bien.
Por último, su deambular los llevó a la torre del reloj, que dominaba la Escuela Universitaria de Puerto Helenia. El campus era más pequeño que el de la Universidad de la isla Cilmar, pero no hacía mucho tiempo que Fiben había asistido allí a conferencias de ecología, y conocía el lugar.
Al contemplar la escuela, algo le pareció muy extraño.
No era sólo el tanque flotante de los gubru, situado en lo alto de la colina, ni tampoco el nuevo y feo muro que rodeaba el extremo norte de los terrenos de la escuela. Era algo que afectaba a los estudiantes y al personal docente.
Lo que en realidad le sorprendía era verlos allí.
Todos eran chimps. Al llegar a Puerto Helenia, Fiben creyó que iban a encontrar ghettos y campos de concentración en los que se congregase la población humana del continente. Pero los últimos mases y fems habían sido trasladados a las islas pocos días antes. Su sitio había sido ocupado por miles de chimps de las afueras, incluyendo aquellos susceptibles al gas de coerción, aunque los invasores hubieran asegurado que era imposible que les afectase.
A todos ésos les habían suministrado el antídoto, más una pequeña y simbólica indemnización, y los habían puesto a trabajar en la ciudad.
Pero allí, en la escuela, todo parecía tranquilo y sorprendentemente próximo a la normalidad. Fiben y Gailet miraron desde lo alto de la torre del reloj. A sus pies, los chimps y las chimas paseaban entre clase y clase. Llevaban libros, hablaban entre sí en voz baja y sólo ocasionalmente lanzaban miradas furtivas a los cruceros alienígenas que surcaban el cielo sobre sus cabezas, aproximadamente cada hora.
Fiben meneó la cabeza, extrañado de que continuasen asistiendo a clase como si nada ocurriera.
Los humanos eran famosos por el liberalismo de sus reglas de Elevación, tratando a sus pupilos como a iguales frente a una tradición galáctica mucho menos generosa. Los clanes galácticos más antiguos podían fruncir el ceño con desaprobación, pero los chimps y los delfines deliberaban al lado de sus tutores en el Concejo de Terragens. A las razas pupilas se les habían encomendado incluso naves espaciales.
Pero, ¿era posible una escuela sin hombres?
Fiben se preguntó por qué el invasor daba tanta libertad a la población chimp, entrometiéndose sólo de un modo estúpido en unos pocos casos, como por ejemplo en «La Uva del Simio».
Entonces creyó entender por qué.
—¡Mimetismo! ¡Piensan que estamos imitando a los humanos! —murmuró a media voz.
—¿Qué has dicho? —Gailet lo miró. Habían hecho una pausa para poder terminar todo el trabajo, pero resultaba evidente que ella no compartía con su compañero la idea de perder todo el día dando vueltas.
—Dime qué ves ahí abajo. —Fiben señaló a los estudiantes.
Ella frunció el ceño y suspiró; luego se inclinó hacia adelante para observar mejor.
—Veo al profesor Jimmy Sung que sale de la sala de conferencias y que está explicando algo a sus alumnos —sonrió débilmente—. Lo más seguro es que se trate de Historia Galáctica intermedia… Fui su ayudante y recuerdo muy bien esa expresión de confusión de los alumnos.
—Bueno. Eso es lo que tu ves. Ahora contémplalo con ojos gubru.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
—Recuerda —comentó Fiben señalando de nuevo a los estudiantes— que según la tradición galáctica, nosotros, los chimps, sólo somos una raza sapiente desde hace trescientos años, un poco más que los delfines... y que estamos sólo al principio de nuestro período de cien mil años de prueba que nos liga por contrato al Hombre.
«Recuerda también que muchos de los fanáticos ETs están muy ofendidos con los humanos. Y sin embargo a los humanos les fue concedido el rango de raza tutora y todos los privilegios que se derivan de ello. ¿Por qué? Porque habían elevado a los chimps y a los delfines antes del Contacto. Éste es el modo de conseguir un estatus en las Cinco Galaxias: tener pupilos y formar un clan.
—No sé dónde quieres ir a parar. —Gailet sacudió la cabeza—. ¿Por qué me explicas lo que es obvio? —Era evidente que no le gustaba recibir lecciones de un rústico chimp, uno que ni siquiera tenía el título de post-graduado.
—¡Piensa! ¿Cómo lograron los humanos su estatus? ¿Recuerdas cómo ocurrió, en el siglo xxii? Los fanáticos perdieron la votación cuando hubo que aceptar a los neochimps y a los neofines como sapientes. Fue un golpe promovido por los kanten, los tymbrimi y otros moderados antes incluso de que los humanos supieran cuál sería el resultado.
—Sí, claro, pero… —La expresión de Gailet era burlona, y Fiben recordó que la especialidad de ella era la sociología galáctica.
—Se convirtió en un fait accompli. Pero a los gubru, los soro y demás fanáticos no tenía por qué gustarles. Siguen pensando que sólo somos un poco más que animales. Eso es lo que tienen que creer, porque de otro modo los humanos se habrían ganado un lugar en la sociedad galáctica igual que el de la mayoría, y mejor que el de muchos.
—Sigo sin entender lo que…
—Mira ahí abajo. —Fiben señaló—. Míralo con ojos gubru y dime qué ves.