Gailet observó a Fiben con furia. Al final, suspiró y dijo:
—Bueno, si insistes. —Se volvió otra vez para mirar hacia el campus. Permaneció en silencio un buen rato—. No me gusta —dijo por fin.
Fiben apenas podía oírla, y se aproximó a ella.
—Dime qué ves. —Ella desvió la mirada, y fue él quien tuvo que decírselo—. Lo que ves son unos animales brillantes y bien preparados, unas criaturas que imitan el comportamiento de sus tutores, ¿verdad que sí? Si lo miras con los ojos de un galáctico ves unas inteligentes imitaciones de los profesores y alumnos humanos… réplicas de tiempos mejores, representadas de un modo supersticioso por leales…
—¡Calla! —gritó Gailet tapándose los oídos. Se volvió hacia Fiben con chispas en los ojos—. ¡Te odio!
Fiben se sorprendió. Eso era lo difícil de entender en ella. ¿Se estaba él simplemente resarciendo del daño y las humillaciones sufridas durante tres días en sus manos?
No. ¡Tenía que enseñarle cómo consideraba el enemigo a sus congéneres! ¿De qué otra forma podía aprender a luchar contra ellos?
Bueno, ya tenía la explicación. Y sin embargo, pensó Fiben, nunca es agradable ser odiado por una chica guapa.
Gailet Jones se apoyó en una de las columnas que sostenían el tejado de la torre del reloj.
—¡Por Ifni y toda la Bondad! —gritó con la cabeza entre las manos—. ¿Y si tienen razón? ¿Y si están en lo cierto?
34. ATHACLENA
El glifo parafrenll permaneció inmóvil sobre la muchacha dormida como una nube flotante de incertidumbre que vibraba en la oscura cámara.
Era uno de los Glifos del Destino. Mejor que cualquier criatura viviente podía predecir su propia suerte; el parafrenll sabía qué le deparaba el futuro… que era inevitable.
Y sin embargo, intentaba escapar. No podía hacer otra cosa. Aquélla era la simple, pura e ineluctable naturaleza del parafrenll.
El glifo se elevó desde la bruma del sueño del irregular sopor de Athaclena, alzándose hasta que su borde nervioso casi tocó el techo de piedra. En ese instante, el glifo retrocedió ante la ardiente realidad de la roca mojada, volviendo a toda prisa al lugar donde había nacido.
Athaclena sacudió ligeramente la cabeza en la almohada y su respiración se aceleró. El parafrenll vaciló de miedo reprimido sobre ella.
El glifo del sueño sin forma empezó a definirse y su brillo amorfo comenzó a asumir los rasgos simétricos de una cara.
El parafrenll era una esencia… una destilación. Su significado era la resistencia a lo inevitable. Se retorció y tembló para demorar el cambio, y el rostro se desvaneció durante unos instantes.
Allí, por encima del Origen, su peligro era mayor. El parafrenll se precipitó hacia las cortinas de la salida para, de repente, detenerse en seco como si tirasen de él unos tensos hilos.
El glifo se hizo más delgado, debatiéndose por soltarse. Sobre la chica dormida los delgados zarcillos se ondulaban persiguiendo la desesperada cápsula de energía psíquica que se desdibujaba.
Athaclena suspiró trémulamente. Su pálida, casi traslúcida piel, palpitaba a medida que su cuerpo percibía algún tipo de emergencia y se preparaba para realizar los ajustes necesarios. Pero no recibió ninguna orden. Las hormonas y enzimas no tenían instrucciones que seguir.
Los zarcillos se extendieron hacia el parafrenll, apresándolo. Se reunieron alrededor del símbolo que se debatía como si fueran dedos que acariciasen arcilla dando forma a la firmeza a partir de la indecisión, creando algo ¿material a partir del terror puro.
Por fin se separaron mostrando en qué se había convertido el parafrenll… Un rostro que reía con regocijo. Sus ojos de gato brillaban, pero su sonrisa no era agradable.
Athaclena gimió.
Apareció una grieta y la cara se dividió por el medio, separándose sus dos mitades. ¡Eran dos!
Su respiración se agitó.
Las dos figuras se dividieron longitudinalmente y se convirtieron en cuatro. Ocurrió de nuevo, y ya eran ocho… de nuevo y… dieciséis. Las caras se multiplicaban riendo en silencio pero de un modo tumultuoso.
—¡Ah! —Athaclena abrió los ojos y éstos brillaron con una luz de miedo opalescente y química. Jadeando y tirando de las mantas, se sentó y contempló la pequeña cámara subterránea, anhelando la visión de las cosas reales… su mesa, la débil luz de la lámpara del vestíbulo que se colaba a través de las cortinas de la entrada. Aún podía sentir lo que había formado el parafrenll. Ahora que estaba despierta éste se estaba disipando, pero muy lentamente, demasiado lentamente. Su risa parecía seguir el ritmo de los latidos de su corazón, y Athaclena comprendió que no le serviría de nada taparse los oídos.
¿Era eso lo que los humanos llamaban terror nocturno? Una pesadilla. Pero Athaclena sabía que se trataba de siluetas pálidas, acontecimientos soñados y escenas tomadas de la vida diaria, que normalmente eran olvidadas al despertar.
Los objetos y sensaciones de la habitación cobraron una gradual solidez. Pero la risa no se desvaneció, vencida. Sabía que se había filtrado por las paredes, y esperaba para aparecer de nuevo.
—Tutsunucann —suspiró. El dialecto tymbrimi le parecía curioso y nasal después de varias semanas hablando sólo ánglico.
Tutsunucann, el glifo del hombre que reía, no iba a marcharse. No hasta que algo se alterara o hasta que alguna idea oculta se convirtiera en una resolución y ésta a su vez en una broma.
Y para un tymbrimi las bromas no siempre eran divertidas.
Athaclena permaneció inmóvil mientras los movimientos desgarrados que sentía bajo la piel se calmaban. Era la indeseada actividad gheer que se disipaba de un modo gradual. No os necesito, les dijo a las enzimas. No hay emergencia. Marchaos y dejadme tranquila.
Desde pequeña, los diminutos nodulos de cambio habían sido parte de su vida, a veces inconvenientes pero casi siempre indispensables. Era sólo desde su llegada a Garth cuando había empezado a representarse a esos pequeños órganos fluidos como criaturas minúsculas, parecidas a los ratones o a ajetreados gnomos que se apresuraban a realizar cambios en el interior de su cuerpo siempre que la acuciaba la necesidad.
Qué forma tan extraña de pensar en una función natural y orgánica. Muchos de los animales de los tymbrimi poseían la misma habilidad. Se había desarrollado en los bosques de su mundo natal desde mucho antes de que llegasen los caltmour y les dieran a sus ancestros el habla y la ley.
Era por eso, evidentemente… por lo que antes de ir a Garth nunca había comparado los nodulos con pequeñas y atareadas criaturas. Antes de la Elevación, sus ancestros presensitivos habían sido incapaces de hacer comparaciones barrocas. Y después de la Elevación, conocían la verdad científica.
Ah, pero los humanos… los lobeznos de la Tierra… habían llegado a la inteligencia sin que nadie los guiase. No se les proporcionaron respuestas, como a un niño al que el conocimiento le llega a través de sus padres y maestros. Habían pasado de la ignorancia a la sapiencia y anduvieron a ciegas muchos largos milenios.