Al necesitar explicaciones y no tener ninguna a su disposición, se habían habituado a inventarse las suyas propias. Athaclena recordó lo que se había divertido… en verdad divertido al leer algunas de ellas.
La enfermedad estaba causada por «vapores» o por un exceso de bilis o por la maldición de un enemigo… El sol se desplazaba en el cielo montado en un gran carro. El curso de la historia estaba determinado por la economía...
Athaclena tocó un nudo que palpitaba detrás de la mandíbula y se sobresaltó al ver que el pequeño bulto se escabullía como si de una diminuta y tímida criatura se tratase. Esa metáfora era una imagen aterrorizante, más que el tutsunucann, ya que invadía su cuerpo, su verdadero sentido del yo.
Athaclena gimió y hundió la cara entre las manos. ¡Terrestres dementes! ¿Qué me habéis hecho?
Recordó que su padre le había ordenado aprender todo lo que pudiera del comportamiento humano para vencer así sus desconfianzas hacia los habitantes de Sol III. Pero ¿qué había ocurrido? Descubrió que su destino estaba enlazado con el de los humanos y que ya no tenía poder para controlarlo.
—Padre —dijo en voz alta en galáctico-Siete—. Tengo miedo. Todo lo que poseía de él eran recuerdos. Ni siquiera podía gozar del rastro nahakieri tal como lo sintió mientras el centro Howletts estaba en llamas. Quizás había desaparecido. No pudo descender para contemplar las raíces de su padre junto a las suyas porque el tutsunucann se escondía allí, como una bestia subterránea que la esperara.
Más metáforas, advirtió. Mis pensamientos están llenos de ellas, mientras que mis propios glifos me aterrorizan.
Levantó la vista al oír un movimiento en el vestíbulo. Cuando alguien descorrió la cortina, un estrecho trapezoide de luz iluminó la habitación. Recortada contra la tenue iluminación vio la silueta de un chimp con las piernas ligeramente dobladas.
—Discúlpeme, señorita Athaclena, ser. Siento mucho molestarla en su período de descanso pero creímos que le gustaría saberlo.
—Di… —Athaclena tragó saliva, ahuyentando más ratones de su garganta. Se estremeció y se concentró en el ánglico—. Dime, ¿qué ocurre?
—Se trata del capitán Oneagle —dijo el chimp adelantándose hacia ella y tapando en parte la luz—. Me… me temo que no podemos encontrarlo en ningún sitio.
—¿Robert? —Athaclena parpadeó.
—Se ha marchado, ser —explicó el chimp—. ¡Se ha esfumado, sencillamente!
35. ROBERT
Los animales del bosque se detuvieron y escucharon, con todos los sentidos atentos. El creciente rumor de pasos los ponía nerviosos. Todos sin excepción corrieron a ocultarse y desde sus escondrijos observaron a la bestia alta que pasaba corriendo ante ellos, saltando desde un peñasco a un tronco y de allí al blando suelo del bosque.
Habían empezado a acostumbrarse a los bípedos más pequeños y a esa otra variedad mucho más grande que profería roncos sonidos y caminaba apoyado sobre tres miembros con la misma frecuencia que sobre dos. Esos, al menos, eran peludos y despedían un olor animal. Éste, en cambio, era diferente. Corría pero no cazaba. Lo perseguían pero no intentaba deshacerse de sus acosadores. Tenía la sangre caliente y, sin embargo, se tumbaba a descansar en los claros del bosque, bajo el sol del mediodía, algo que sólo un animal atacado de locura se aventuraría a hacer.
Las pequeñas criaturas no relacionaron a aquel ser que corría con los que volaban impregnados de un olor a metal y plástico, pues aquellos eran ruidosos y malolientes.
Éste, además, corría desnudo.
—¡Capitán, deténgase!
Robert se encaramó sobre un túmulo de rocas. Se apoyó contra una de ellas para recobrar el aliento y miró a su perseguidor.
—¿Cansado, Benjamín?
El oficial chimp jadeó, inclinándose hacia adelante con ambas manos sobre las rodillas. En la vertiente, más abajo, el resto de la expedición de búsqueda yacía sin aliento, algunos tumbados de espaldas, incapaces de moverse.
Robert sonrió. Debieron de pensar que sería fácil alcanzarlo. Después de todo, los chimps se sentían en la jungla como en casa y cualquiera de ellos, incluso una hembra, tenía fuerza suficiente para agarrarlo y dejarlo inmovilizado hasta que llegaran los demás para conducirlo a las cuevas.
Pero Robert lo había planeado todo. Se mantuvo en terrenos abiertos, aprovechándose de la longitud de sus pasos.
—Capitán Oneagle —lo llamó Benjamín de nuevo, una vez recobrado el aliento. Miró hacia arriba y se adelantó un paso—. Por favor, capitán, usted no se encuentra bien.
—Estoy bien —proclamó Robert, mintiendo sólo un poco. En realidad sus piernas temblaban con un incipiente calambre, los pulmones le quemaban y el brazo derecho le escocía en las zonas donde el yeso rozaba. Y además, andaba descalzo—. Actúa con lógica, Benjamín —agregó—. Demuéstrame que estoy enfermo y tal vez te acompañe de regreso a esas malolientes cuevas.
Benjamín lo miró sorprendido, y luego se encogió de hombros, dispuesto evidentemente a agarrarse a un clavo ardiendo. Robert había demostrado que no podían alcanzarlo. Tal vez la lógica funcionara.
—Bueno, ser. —Benjamín se lamió los labios—. En primer lugar va usted desnudo.
—Muy bien, me atacas por la vía directa —asintió Robert—. Por ahora voy a exponerte la explicación más simple y parca de mi desnudez: me he vuelto loco. Me reservo, sin embargo, el derecho de ofrecerte otra teoría. —El chimp tembló al ver la sonrisa de Robert. Éste no podía evitar sentir simpatía hacia Benjamín. Desde el punto de vista del chimp estaba ocurriendo una tragedia sin que él pudiera hacer nada para impedirla—. Continúa, por favor —le instó Robert.
—Muy bien —suspiró Benjamín—. Está usted huyendo de los chimps que están bajo su mando. Un tutor que se asusta de sus leales pupilos demuestra no tener un control total sobre sí mismo.
—¿Unos pupilos que cogerían a su tutor, le pondrían una camisa de fuerza y lo drogarían con el zumo de la felicidad a la primera ocasión que se les presentara? —preguntó Robert—. Eso no está bien, Ben. Si aceptas mi premisa de que tengo razones para actuar de esta forma, la conclusión que de ella se deriva es que debo intentar que no me arrastréis de nuevo a las cuevas.
—Hum… —Benjamín se acercó un paso más y Robert. como quien no quiere la cosa, se subió al siguiente peñasco—. Su razón puede ser falsa —aventuró Benjamín—. Una neurosis se defiende a sí misma aportando racionalizaciones que expliquen el comportamiento extraño. En realidad los enfermos creen que…
—Un buen punto —admitió Robert de buena gana—. Acepto, para una discusión posterior, la posibilidad de que mis «razones» sean racionalizaciones creadas por una mente trastornada. ¿Puedes tú a cambio contemplar la posibilidad de que sean válidas?
—¡Al estar aquí afuera está violando órdenes! —Benjamín torció los labios.
—¿Órdenes de una ET civil a un oficial de Terragens? —Robert suspiró—. Me sorprendes, chimp Benjamín. Admito que Athaclena deba organizar la resistencia ad hoc. Parece tener aptitudes para ello y la mayoría de chimps la adoran, pero yo he elegido actuar de un modo independiente. Sabes que tengo todo el derecho.