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Puede ser que nos detecten a nosotros, pensó Robert. ¡Oh Ifni!, ¿y si son capaces de captar el ADN humano?

Los robots volaron sobre sus cabezas Se taparon los oídos y parpadearon cuando los campos repulsores estimularon sus terminaciones nerviosas. Robert sintió una oleada de deja vu, como si aquello fuese algo que él y los demás hubieran hecho muchas veces en incontables vidas anteriores. Tres de los chimps hundieron la cabeza entre los brazos y lloriquearon.

¿Se había detenido el aparato? Súbitamente Robert creyó que si, que estaba a punto de…

Pero el vehículo pasó sobre ellos, agitando las copas de los árboles a diez…, veinte…, cuarenta metros de distancia. La espiral de inspección se ensanchó y el chirriante motor del robot se fue perdiendo poco a poco a lo lejos. El aparato seguía avanzando, en busca de otros objetivos.

Robert miró a Benjamín y le guiñó un ojo.

El chimp soltó un bufido. Era obvio que opinaba que Robert no tenía por qué alardear de su acierto. En definitiva, era el deber de un tutor.

Pero el estilo también contaba. Y Benjamín pensó que Robert podría haber elegido una forma más digna de demostrar que tenía razón.

* * *

Robert regresaría por un camino distinto, evitando todo contacto con el gas de coerción todavía reciente. ¡ Los chimps esperaron aún un buen rato antes de recoger sus cosas y sacudirles el polvillo de hollín que tenían. Empaquetaron su material pero no volvieron a ponerse ¡ la ropa.

No se trataba sólo de repugnancia al hedor alienígena. Por primera vez, sus propios objetos eran sospechosos. Ropas y herramientas, los auténticos símbolos de la sapiencia, se habían convertido en traidores, en algo en lo que no se podía confiar.

Regresaron a casa desnudos.

La vida tardó un poco en volver al pequeño valle. Las nerviosas criaturas de Garth nunca habían resultado dañadas por la nueva y nociva niebla que últimamente llegaba a intervalos del rugiente cielo. Pero les agradaba tan poco como los ruidosos seres bípedos.

Con nerviosismo y timidez, los animales nativos regresaron a sus terrenos de caza.

Estas precauciones eran especialmente minuciosas entre los supervivientes del terror bururalli. Cerca del extremo norte del valle, las criaturas detuvieron su migración y escucharon, husmeando el aire con desconfianza.

De pronto, muchos retrocedieron. En la zona había entrado algo más y hasta que se fuera no volverían a casa.

Una figura oscura descendía la rocosa vertiente, abriéndose camino entre los peñascos donde el espeso residuo oleoso se había depositado. A medida que el crepúsculo se acercaba, iba agarrándose a las rocas sin temor, sin intentar ocultar sus movimientos pues allí nada podía dañarlo. Hizo una breve pausa, mirando a su alrededor como si buscase algo.

Un pequeño fulgor destelló al ser tocado por los rayos del sol poniente. La criatura se acercó arrastrando los pies hasta el objeto que relucía, una pequeña cadena con un medallón, medio escondido entre las rocas polvorientas, y lo recogió.

Se sentó a contemplar la joya durante unos instantes, suspirando suavemente como si meditase. Luego dejó caer la chuchería donde la había encontrado y se alejó.

Sólo después de que se hubiera marchado, las criaturas del bosque finalizaron su odisea de regreso, corriendo hacia rincones secretos y escondrijos. En pocos minutos todo el desorden se había olvidado.

De todos modos, los recuerdos eran estorbos inútiles. Los animales tenían cosas más importantes que hacer en lugar de ocuparse de lo ocurrido una hora antes. Se acercaba la noche y eso era un asunto serio. Cazar y ser cazado, comer y ser comido, vivir y morir.

36. FIBEN

—Tenemos que hallar un modo de dañarlos sin que puedan seguirnos la pista.

Gailet Jones estaba sentada en la alfombra, con las piernas cruzadas y de espaldas a las brasas del hogar. Tenía delante al comité de resistencia ad hoc y pidió la palabra levantando un dedo.

—Los humanos de Cilmar y de las otras islas están incapacitados para tomar cualquier represalia. Así que debemos hacerlo nosotros, los chimps de esta ciudad. Tenemos que empezar con mucha cautela y dedicarnos a reunir a los más inteligentes antes de intentar dar un golpe serio. Si los gubru advierten que se están enfrentando a una resistencia organizada, no quiero ni pensar en lo que pueden hacer.

Desde el rincón más oscuro de la habitación, Fiben observó cómo uno de los líderes de la nueva célula, un profesor de la escuela universitaria, alzaba su mano.

—Pero ¿cómo pueden amenazar a los rehenes bajo los Códigos Galácticos de Guerra? Me parece que he leído en algún sitio que…

—Doctor Wald —le interrumpió uno de los chimps más viejos—, no podemos contar con los Códigos Galácticos. No sabemos nada de sus cláusulas ni tenemos tiempo de aprenderlas.

—Podríamos consultarlas —sugirió el profesor—. La Biblioteca está abierta.

—Sí —repuso Gailet con desdén—. Con un gubru de bibliotecario ¿te imaginas lo que sería pedirle consultar un banco de datos sobre resistencia en caso de guerra?

—Bueno, se supone que…

—La discusión llevaba así un buen rato. Fiben carraspeó tapándose la boca con el puño. Todo el mundo levantó la vista. Era la primera vez que iba a hablar desde que había empezado aquella larga reunión.

—Es una cuestión discutible —dijo en voz baja—. Aun cuando supiéramos que los rehenes están a salvo. Hay otra razón más que apoya la idea de Gailet. —Ella le lanzó una mirada algo desconfiada y quizás hasta un poco resentida por su súbito apoyo. Es inteligente, pensó él. Pero ella y yo vamos a tener problemas—. Hemos de lograr —prosiguió Fiben— que nuestros primeros golpes parezcan menos importantes de lo que en realidad sean, porque el enemigo ahora está tranquilo, sin desconfiar y satisfecho de sí mismo. En este estado sólo lo encontraremos una vez. Debemos aprovecharnos de esta situación hasta tanto la resistencia esté coordinada y dispuesta. Eso significa que debemos mantener las cosas en un tono moderado hasta que tengamos noticias de la general.

Dedicó una sonrisa a Gailet y se apoyó contra la pared. Ella frunció el ceño pero guardó silencio. Habían tenido diferencias con respecto a poner la resistencia de Puerto Helenia al mando de una joven alienígena. Y las seguían teniendo.

Pero ella de momento lo necesitaba. Los malabarismos de Fiben en «La Uva del Simio» habían traído consigo el reclutamiento de docenas de chimps, galvanizando una parte de la comunidad que ya estaba harta de la dura propaganda gubru.

—Bien —dijo Gailet—. Vamos a empezar con algo sencillo. Algo de lo que puedas hablarle a tu general. —Sus ojos se encontraron unos instantes. Fiben le sostuvo la mirada mientras las otras voces se elevaban.

—¿Y si fuéramos a…?

—¿Qué os parece si voláramos…?

—¿Y una huelga general?

Fiben escuchó la oleada de ideas, los modos de incordiar y engañar a una antigua, experimentada, arrogante y muy poderosa raza galáctica, e imaginó lo que Gailet debía de estar pensando, lo que tenía que estar pensando después de esa desconcertante y reveladora visita a la Escuela Universitaria de Puerto Helenia.