¿Somos en realidad seres sapientes sin nuestros tutores? ¿Nos atrevemos a probar nuestras ideas más brillantes en contra de unos poderes que apenas podemos comprender?
Fiben asintió demostrando que estaba de acuerdo con Gailet Jones. Si, es mejor que hagamos algo sencillo.
37. GALÁCTICOS
Todo estaba saliendo cada vez más caro pero eso no era lo único que preocupaba al Suzerano de Costes y Prevención. Las nuevas fortificaciones antiaéreas, los continuos ataques con gas de coerción a todos y cada uno de los enclaves en los que se sospechaba presencia terrestre, ésas eran cosas que había defendido con ardor el Suzerano de Rayo y Garra, y con la ocupación recién iniciada resultaba difícil negarle al mando militar cualquier cosa que creyese necesaria.
Pero la administración no era la única tarea del Suzerano de Costes y Prevención. Su otro trabajo consistía en proteger a la raza gubru de las repercusiones de sus errores.
Habían surgido muchas razas viajeras del espacio desde que los Progenitores habían dado inicio a la gran cadena de Elevación hacía tres mil millones de años. Muchas habían florecido, habían llegado a grandes alturas, para caer luego aplastadas bajo algún error estúpido y evitable.
Existía otro motivo para que, entre los gubru, la autoridad se dividiera de aquel modo. Era importante el espíritu agresivo del Soldado de Garra, que se arriesgaba y buscaba oportunidades para la Percha. Era importante asimismo la supervisión por parte de la Idoneidad, para asegurarse de que todos se adherían al Camino Verdadero. Pero, además, tenía que existir Prevención: el grito de aviso, de aviso eterno de que la osadía podía llegar demasiado lejos y de que una idoneidad demasiado rígida podía hacer caer las perchas.
El Suzerano de Costes y Prevención recorría su oficina de un lado a otro. Detrás de los jardines que la rodeaban se encontraba la pequeña ciudad a la que los humanos llamaban Puerto Helenia. Por todo el edificio los burócratas gubru y kwackoo revisaban detalles, calculaban probabilidades y hacían planes.
Pronto tendría lugar un nuevo Cónclave de Mando con sus compañeros, los otros Suzeranos. El Suzerano de Costes y Prevención sabía que iba a encontrarse con nuevas exigencias.
Garra preguntaría por qué la mayor parte de la flota de guerra se dirigía a otros lugares. Y debería convencerlo de que los Maestros gubru del Nido necesitaban las grandes naves de guerra en otra parte, ahora que Garth parecía seguro.
Idoneidad volvería a quejarse de que la Biblioteca Planetaria de aquel mundo era lamentablemente inadecuada y de que, al parecer, había sido dañada de algún modo por el gobierno terrestre antes de su huida. ¿O quizás el saboteador había sido Uthacalthing, el tramposo tymbrimi? En cualquier caso, insistiría para que se trajera una biblioteca más completa con la mayor urgencia y a pesar del horrible gasto que eso supondría.
El Suzerano de Costes y Prevención ahuecó las plumas. Esta vez se sentía lleno de confianza. Les había dado a los otros la razón por un tiempo; pero ahora que las cosas estaban tranquilas, todo estaba en sus manos.
Los otros dos eran más jóvenes, con menos experiencia, inteligentes pero demasiado irreflexivos. Había llegado el momento de enseñarles cómo iban a ser las cosas, cómo tendrían que ser para que surgiese una política íntegra y sensata. ¡Este coloquio será efectivo! se aseguró a sí mismo el Suzerano de Costes y Prevención.
El Suzerano se frotó el pico y contempló la apacible tarde en el exterior. Aquellos jardines eran hermosos, con agradables céspedes y árboles importados de docenas de mundos. El anterior dueño de aquellos edificios ya no estaba allí pero su gusto se notaba aún en los alrededores.
¡Qué triste era que tan pocos gubru comprendieran o se preocuparan por la estética de otras razas! Había una palabra que se usaba para la comprensión de lo ajeno. En ánglico se llamaba empatía. Algunos sofontes llevaban el asunto demasiado lejos. Los thenanios y los tymbrimi, cada uno según su estilo, se habían convertido en algo absurdo, arruinando toda la nitidez de su singularidad. Entre los Maestros de la Percha había algunas facciones que creían, sin embargo, que una pequeña dosis de comprensión de los demás podía resultar muy útil en los años futuros.
Más que considerarlo útil, la prevención parecía ahora exigirlo.
El Suzerano había hecho sus planes. Las ideas inteligentes de sus compañeros se unirían bajo su liderazgo. Los perfiles de una nueva política estaban ya clarificándose.
La vida es un asunto serio, meditó el Suzerano de Costes y Prevención. Y, sin embargo, de tanto en tanto parece realmente agradable.
Por una vez cantó para sí mismo lleno de satisfacción.
38. FIBEN
— Todo está preparado.
El chimp grande se secó las manos en su traje de faena. Max llevaba mangas largas para no mancharse el pelo de grasa pero la medida no había resultado del todo satisfactoria. Dejó a un lado su equipo de herramientas, se agachó junto a Fiben y, con un palito, dibujó un esbozo en la arena.
—Por aquí entran los tubos de hidrógeno del gas-ciudad en los terrenos de la embajada y por aquí pasan bajo la cancillería. Mi compañero y yo hemos hecho un empalme más allá de esos álamos. Cuando la doctora Jones dé la señal, meteremos cincuenta kilos de D-17. Eso tiene que surtir efecto.
—Parece excelente, Max —asintió Fiben mientras el otro chimp borraba el dibujo.
Era un buen plan, sencillo y, lo más importante, su origen, extremadamente difícil de averiguar, tanto si tenía éxito como si no. Al menos, eso era lo que esperaban.
Se preguntó qué pensaría Athaclena de aquella idea. La noción que Fiben tenía de la personalidad tymbrimi la había adquirido, como la mayoría de chimps, gracias a los videodramas y a los discursos del embajador. De aquellas impresiones se deducía que a los principales aliados de la Tierra les encantaba la ironía.
Así lo espero, reflexionó. Ella va a necesitar un verdadero sentido del humor para apreciar lo que estamos a punto de hacer en la embajada tymbrimi.
Se sentía extraño, allí sentado al aire libre a menos de cien metros de los terrenos de la embajada, donde las onduladas colinas del parque del Farallón dominaban el Mar de Cilmar. En las películas de guerra antiguas, los hombres siempre realizaban por la noche las misiones como aquélla, con las caras ennegrecidas.
Pero eso era en las épocas oscuras antes de los tiempos de la alta tecnología y los localizadores de infrarrojo. Lo único que conseguirían con una actividad nocturna sería llamar la atención de los invasores. Así, pues, los saboteadores se movían a la luz del día, disimulando sus actividades entre la rutina diaria de limpieza del parque.
Max sacó un bocadillo de su holgado traje de faena y se lo comió a grandes mordiscos mientras esperaban. El gran chimp tenía un aspecto tan impresionante, allí sentado con las piernas cruzadas, como cuando se habían conocido aquella noche en «La Uva del Simio». Con sus anchas espaldas y sus prominentes colmillos, uno podía pensar que se trataba de un individuo regresivo, un desecho genético. Pero el Cuadro de Elevación se preocupaba mucho menos de tales rasgos estéticos que de la tranquilidad y la naturaleza inalterable del pupilo. Se le había concedido ya una paternidad y otra de las chimas de su grupo de esposas iba a darle un segundo hijo.