Hasta entonces Fiben había actuado impensadamente. La explosión había sido una oportunidad que no esperaba. Tenía que aprovecharla.
Muy bien, aquí estoy. Y ahora ¿qué? El globo azul podía ser parte del equipo original de los tymbrimi, pero también podía haberlo puesto el invasor.
A sus espaldas, las sirenas aullaban mientras los vehículos flotadores empezaban a llegar con un continuo y oscilante gemido. El humo ondulaba ante él, sacudido por las caóticas idas y venidas de los grandes aparatos. Fiben esperaba que los observadores de Gailet, apostados en los tejados de los edificios cercanos, estuviesen tomando nota de todo aquello. Si conocía bien a sus congéneres, la mayoría de ellos debían de estar contemplándolo todo boquiabiertos o dando brincos de excitación. Con todo, podían aprender mucho de la buena suerte casual de aquella tarde.
Avanzó hacia el hito. El globo azul centelleaba ante él. Levantó el pie izquierdo.
Un haz de brillante luz golpeó la tierra en el lugar que estaba a punto de pisar.
Fiben dio un salto de casi un metro en el aire. Apenas había tocado tierra cuando el rayo volvió a caer a unos milímetros de su pie derecho. Unas ramas ardieron y el humo fue a sumarse al denso manto que se desprendía de la cancillería en llamas.
Intentó retroceder a toda prisa ¡pero el condenado globo no se lo permitía! Un relámpago azul chisporroteó en el suelo a sus espaldas y tuvo que saltar hacia un lado. Luego se encontró con que tenía que saltar hacia el otro.
¡Salto, zap! ¡Brinco, maldición, otra vez zap!
El rayo era demasiado preciso para que aquello fuese accidental. El globo no intentaba matarlo, pero al parecer tampoco estaba interesado en dejarlo marchar.
Entre relámpago y relámpago, Fiben intentaba pensar una forma para escapar de aquella trampa.… de aquella infernal broma pesada…
Chasqueó los dedos mientras saltaba de otro lugar que ardía. ¡Claro!
Los gubru no habían entrado en la Reserva tymbrimi. El globo azul no actuaba como un aparato de los seres pajariles. ¡Era exactamente el tipo de cosa que Uthacalthing habría dejado instalado antes de marchar!
Fiben soltó una maldición cuando un rayo particularmente cercano le chamuscó un dedo del pie. ¡Malditos ETs! ¡Incluso los buenos eran mucho más de lo que cualquiera podía soportar! Apretó los dientes y se obligó a dar un solo paso adelante.
.El rayo azul rebanó una piedra que había junto a su pie cortándola exactamente por la mitad. Todos los instintos de Fiben chillaban para que saltara de nuevo pero se concentró en dejar el pie en su sitio y dar otro paso con más tranquilidad.
Normalmente, uno podría pensar que un dispositivo de defensa como aquél estaba programado para poner sobre aviso a quien se aproximara a una cierta distancia y empezar a freírlo con ahínco si intentaba acercarse más. Según esa lógica, todo lo que él estaba haciendo era completamente estúpido.
El globo azul destelló de modo amenazante y lanzó uno de sus relámpagos. El humo se levantó exactamente en el pequeño punto libre entre el pulgar de su pie izquierdo y los restantes dedos.
Levantó el pie derecho.
Primero un aviso, luego el toque de verdad. Así funcionaría un robot de defensa terrestre. Pero ¿cómo programaría un tymbrimi el suyo? No estaba seguro de poder arriesgarse tanto por una suposición disparatada. Se suponía que un sofonte pupilo no estaba capacitado para llevar a cabo profundos análisis en medio del fuego y el humo, y mucho menos mientras le disparaban.
Llámalo presentimiento, pensó.
Puso el pie derecho en tierra y curvó los dedos alrededor de una rama de roble. El globo azul pareció considerar su persistencia y luego disparó otra vez el rayo, un metro delante de él. Una estela de humo chisporroteante se movió en un lento zigzag, con el creciente crujido de la hierba en llamas a medida que se acercaba.
Fiben intentó tragar saliva.
¡No está diseñado para matar!, se decía una y otra vez. ¿Por qué estará ahí? Los gubru podrían haberlo reventado desde lejos hace ya tiempo.
No, su objeto era estar presente como gesto. Una declaración de derechos bajo las intrincadas reglas del Protocolo Galáctico, más antiguas y ornamentadas que el ritual de la corte imperial del Japón.
Y estaba diseñado para retorcerles el pico a los gubru.
Fiben se mantuvo en el terreno que había ganado. Otra cadena de explosiones sónicas hizo temblar los árboles, y el calor de la conflagración a sus espaldas pareció intensificarse. El estruendo hacía más difícil aún su autocontrol.
Los gubru son guerreros poderosos, recordó. Pero son impresionables…
El haz azul se aproximó. Las fosas nasales de Fiben se ensancharon.
La única manera de apartar la vista de aquel mortal aparato era cerrando los ojos.
Si estoy en lo cierto se trata de otro maldito dispositivo tymbrimi…
Abrió los ojos. El rayo se acercaba a su pie derecho desde el costado. Los dedos se curvaron luchando contra el profundo deseo de saltar. La boca de Fiben se llenó de bilis mientras contemplaba cómo el abrasador cuchillo cortaba un guijarro a cinco centímetros de distancia y seguía adelante.
¡Para golpearle el pie y partírselo!
Fiben se ahogaba y reprimió la necesidad de chillar. ¡Algo iba mal! Vio que el rayo cruzaba por encima de su pie y se retiraba dejando una humeante estela bajo sus piernas separadas.
Se miró el pie con incredulidad. Había pensado que el rayo se detendría en el último instante, pero no había sucedido así.
Y sin embargo, su pie seguía allí, sano y salvo.
El haz quemó una rama seca y luego avanzó para encaramarse a su pie izquierdo.
Sintió un leve cosquilleo que sabía que era psicosomático. En cuanto lo tocaba, el rayo se transformaba en un simple haz de luz.
Pocos centímetros más allá de su pie, la hierba seguía ardiendo.
Con el corazón todavía acelerado y la boca demasiado seca para hablar, Fiben miró el globo azul y soltó una maldición.
—Muy divertido —susurró luego.
Tenía que haber un pequeño emisor psi en el hito pues había percibido algo parecido a una sonrisa extendido en el aire frente a él…, una pequeña y cínica sonrisa alienígena, como si, después de todo, la broma hubiese sido una cosa sin importancia que no merecía siquiera una carcajada.
—Muy inteligente, Uthacalthing. —Fiben hizo una mueca al tiempo que obligaba a sus temblorosas piernas a obedecerle y a llevarlo tambaleándose hacia el hito—. Muy inteligente. No me gustaría en absoluto ver qué te provoca un ataque de risa. —Costaba creer que Athaclena procediera de la misma estirpe que el autor de aquella exhibición de humor.
Pero, al mismo tiempo, reconoció que le habría gustado estar presente cuando el primer gubru se acercó a la Reserva Diplomática para inspeccionarla.