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El globo azul todavía destellaba pero había dejado de lanzar los delgados rayos de irritación. Fiben se aproximó al hito examinándolo, y comenzó a rodearlo. Cuando ya había recorrido la mitad del perímetro, en el punto en que el acantilado se alzaba sólo veinte metros sobre el mar, encontró una compuerta. Fiben parpadeó ante la serie de cerraduras, candados, discos de combinación y aldabas que la cerraban.

Bueno, se dijo, es una reserva para secretos diplomáticos y cosas por el estilo.

Pero todos esos cierres significaban que no tenía ninguna posibilidad de entrar y encontrar el mensaje de Uthacalthing. Athaclena le había dado unas cuantas palabras-código para que, si tenía oportunidad, las probase, pero aquello era otra historia.

Los bomberos ya habían llegado. A través del humo Fiben pudo ver chimps del servicio de vigilancia de la ciudad que tropezaban con los delgaduchos alienígenas y desenrollaban sus mangueras. No pasaría mucho tiempo hasta que alguien impusiera orden en aquel caos. Si su misión allí era en realidad improductiva, sería mejor que se marchase antes de que la salida fuera más difícil. Podía tomar el camino que seguía el acantilado, sobre el Mar de Cilmar. Así evitaría al enemigo y llegaría cerca de una parada de autobús.

Fiben se inclinó hacia adelante y miró de nuevo la compuerta. ¡Puf! En aquella puerta blindada había más de dos docenas de cerraduras. Una pequeña cinta de seda roja habría sido igualmente útil para mantener alejado al enemigose respetasen o no los pactos. ¿Para qué demonios servían entonces todos aquellos candados?

De pronto lo comprendió y soltó un gruñido. Se trataba de otra broma tymbrimi, claro. Sólo los gubru fracasarían al intentar entrar, por más inteligentes que fuesen. Había ocasiones en que la personalidad contaba más que la inteligencia.

Tal vez esto signifique que…

Siguiendo un presentimiento, Fiben corrió hacia el otro lado del hito. Tenía los ojos llenos de lágrimas debido al humo y, mientras buscaba la pared opuesta a la compuerta, se secó la nariz con el pañuelo.

—Maldito y estúpido juego de adivinanzas —refunfuñó mientras se encaramaba entre las lisas piedras—. Un tymbrimi que inventa un truco como éste… y un pupilo chimp idiota, semievolucionado y con el cerebro lisiado como yo…

Una piedra suelta se movió ligeramente bajo su mano derecha. Fiben metió los dedos en la separación, recordando con envidia los de los tymbrimi, delgados y flexibles. Se rompió una uña y soltó una maldición.

Por fin la piedra se soltó y Fiben parpadeó.

Su intuición había sido correcta: existía un escondrijo secreto tras ella. ¡Pero el condenado agujero estaba vacío!

.Esta vez Fiben no pudo contenerse. Gritó de frustración. Era demasiado. La piedra que tapaba el agujero cayó entre la maleza y él permaneció allí, en la empinada faz del hito, lanzando maldiciones con el mismo tono expresivo e indignado que sus ancestros habían usado antes de la Elevación cuando vituperaban la ascendencia y los hábitos personales de los mandriles.

El ataque de ira sólo duró unos momentos pero logró que Fiben se sintiera mejor. Estaba ronco y le dolían las palmas de las manos de tanto golpear la piedra, pero al menos había dado rienda suelta a su rabia.

En realidad había llegado el momento de marcharse de allí. Por detrás de una espesa capa de humo, Fiben vio cómo aterrizaba un gran vehículo. De él descendió una rampa por la que bajó una tropa armada de soldados gubru que corrieron hacia el chamuscado jardín, cada uno con un par de diminutos globos flotantes. Hey, es hora de largarse.

Estaba a punto de iniciar su descenso cuando miró una vez más al interior del pequeño escondite tymbrimi. En ese preciso momento la brisa aumentó y dispersó brevemente el humo difuso. Los rayos del sol irrumpieron en el acantilado.

Sus ojos distinguieron un pequeño destello de luz plateada. Metió la mano en el escondite y sacó un delgado hilo, fino y delicado como la seda, que cubría una grieta.

En aquel momento oyó un chillido amplificado. Fiben se dio vuelta y vio un escuadrón de soldados de Garra gubru que se dirigían hacia él. Un oficial manipulaba el vodor que llevaba en la garganta tecleando las distintas opciones de autotraducción.

…Cathtoo-psh’v’chim’ph…

…Kah-koo-kee, ¡k’keee! ¡EeeEeEE! k…

…Hisss-s-ss pop *grieta*…

…Puna bliv’t mannennering…

…¿qué estás haciendo aquí? ¡Los buenos pupilos no juegan con las cosas que no comprenden!

Entonces el oficial vio la trampilla abierta y cómo Fiben se metía algo en el bolsillo.

—¡Alto! Muéstranos lo que…

Fiben no esperó a que el soldado terminase de formular la orden. Empezó a trepar por el hito. El globo azul destelló a su paso y su mente dejó rápidamente de lado el terror para dar paso a una poderosa y ronca risa, al tiempo que alcanzaba la cima y se escurría por el otro lado. Unos rayos láser hirvieron sobre su cabeza, descantillando fragmentos de la estructura de piedra, mientras él saltaba al suelo.

Maldito sentido del humor tymbrimi, fue su único pensamiento al ponerse de pie y precipitarse en la única dirección posible, bajo la protectora sombra del hito: derecho hacia el abrupto acantilado.

39. GAILET

Max echó un montón de inutilizados discos de vigilancia gubru a los pies de Gailet Jones.

—Les hemos arrancado de un tirón los receptores —informó—. No obstante, tendremos que ser extremadamente cuidadosos con ellos.

Cerca, el profesor Oakes accionó su cronómetro. El chimp más viejo gruñía de satisfacción.

—Han retirado de nuevo la ayuda aérea. Al parecer han decidido que fue un accidente.

Seguían llegando informes. Gailet paseaba nerviosamente de un lado a otro de la azotea, mirando de vez en cuando por encima de la baranda para ver la conflagración y el caos en el parque del Farallón. ¡No habíamos planeado nada de esto! Puede ser una gran suerte. Hemos aprendido mucho.

O puede ser un desastre. Aún es pronto para decirlo.

Mientras que el enemigo no nos lo atribuya…

Un joven chimp, de nomás de doce años, bajó sus binoculares y se dirigió a Gailet.

—El señalizador informa que todos excepto uno de nuestros observadores de vanguardia han regresado, señora. Y no se sabe nada de él.

—¿De quién se trata? —preguntó Gailet.

—Uf, es ese oficial de milicia de las montañas. Fiben Bolger, señora.

—¡Tendría que haberlo supuesto! —murmuró Gailet.

Max levantó la vista de su botín alienígena, con una mueca de consternación en el rostro.

—Yo lo vi. Cuando la valla cayó, saltó por encima y fue corriendo hacia el fuego. Hum, supongo que tendría que haber ido con él para controlarlo.

—No, Max, no tendrías que haberlo hecho. Obraste bien. ¡Por todos los diablos! —suspiró—. Debía imaginar que haría algo así. Si lo han capturado y nos delata… —Se detuvo. No había ninguna razón para alarmar a los otros más de lo necesario.

De todos modos, pensó sintiéndose un poco culpable, lo más probable es que hayan matado a ese chimp arrogante.