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El Suzerano gorjeó una breve corrección. Los investigadores no podían decidir sobre la idoneidad, sólo evaluar el hecho. Y, además, los asuntos de gastos eran del dominio de los oficiales del nuevo Suzerano de Costes y Prevención, después de que se recuperaran de la catástrofe que su aparato burocrático había sufrido.

Los investigadores danzaron arrepentidas disculpas.

Los pensamientos del Suzerano continuaban revoloteando en torno a la duda de cuáles iban a ser las consecuencias. Este acontecimiento, que en otras circunstancias hubiese sido de poca importancia, había alterado el delicado equilibrio del Triunvirato justo antes de un Cónclave de Mando y se producirían repercusiones incluso después de que fuera designado un tercer Suzerano nuevo.

A corto plazo, aquello beneficiaría a los dos supervivientes. El de Rayo y Garra gozaría de la posibilidad de perseguir a los pocos humanos que quedaban en libertad, fuera cual fuese el precio de ello. Y el de la Idoneidad podría dedicarse a la investigación sin las constantes quejas acerca de lo caro que resultaba.

Y, además, había que considerar la lucha por la primacía. En los últimos días había empezado a quedar claro lo impresionante que podía ser el viejo Suzerano de Costes y Prevención. Cada vez más, en contra de todo pronóstico, había sido el que organizara los debates, sacando a la luz sus mejores ideas, forzando compromisos y llevándolos hacia el consenso.

El Suzerano de la Idoneidad era ambicioso. Al sacerdote no le gustaba el curso que habían tomado las cosas. Tampoco le resultaba agradable ver cómo sus planes más inteligentes eran modificados, alterados y amañados para complacer a un burócrata. ¡Y en especial a uno que tenía extrañas ideas sobre la empatía de los alienígenas!

No, aquello no era lo peor que podía haber ocurrido. En absoluto. Una nueva terna sería mucho más aceptable. Más viable. Y en el nuevo equilibrio, el sustituto empezaría con desventaja.

Entonces ¿por qué? ¿Por qué causa, por qué motivo tengo miedo?, se preguntó el sumo sacerdote.

Con un escalofrío, el Suzerano de la Idoneidad ahuecó su plumaje y se concentró, fijando sus pensamientos en el presente, en los informes de los investigadores. Parecían indicar que la explosión y el fuego pertenecían a esa amplia categoría de acontecimientos que los humanos llamaban accidentes.

A instancias de su antiguo colega, el Suzerano había empezado en los últimos tiempos a aprender ánglico, esa extraña lengua no galáctica de los lobeznos. Era un esfuerzo difícil y frustrante, y de una cuestionable utilidad, puesto que los ordenadores de lenguaje eran una buena solución.

No obstante, el jefe de la burocracia había insistido y, para su sorpresa, el sacerdote había descubierto que había cosas que aprender incluso en una colección tan elemental de gruñidos y gemidos; por ejemplo, cosas tales como los significados ocultos que subyacían en el término accidente.

Era obvio que la palabra hacía referencia a lo que decían los investigadores que había ocurrido allí: un número de factores sin fundamentos combinados con una considerable incompetencia por parte de la compañía de gas después de haber cesado la supervisión humana. Y sin embargo, el modo con que los humanos catalogaban algo de accidente era erróneo por definición. ¡En ánglico el término no tenía en realidad un significado preciso!

Hasta los humanos tenían un axioma: «Los accidentes no existen.»

Y entonces ¿por qué tenían una palabra para algo inexistente?

Accidente… servía para abarcar desde la causalidad no percibida a una tormenta de nivel siete de probabilidad, pasando por el auténtico azar. En cualquier caso, los resultados eran accidentales.

¿Cómo una especie así podía estar viajando por el espacio y ser considerada dentro del alto rango de tutora de un clan, si poseía un modo de ver el universo tan dependiente, tan incierto y oscuro? Comparados con los terrestres, hasta los diabólicos y tramposos tymbrimi eran claros y transparentes como el mismísimo éter.

Este tipo de discurso racional tan incómodo era lo que el sacerdote más había odiado en el burócrata. Era uno de los atributos más irritantes del Suzerano fallecido.

Era también una de las cosas más apreciadas y valiosas. Iba a añorarlas.

Tales eran las confusiones que se producían cuando el consenso se rompía, cuando el apareamiento se hacía añicos a medio empezar.

Con firmeza, el Suzerano gorjeó un encadenamiento de palabras de definición. La introspección lo abrumaba, y había que tomar una decisión respecto a lo que allí había ocurrido.

En un futuro potencial, los gubru tendrían que pagar daños a los tymbrimi, e incluso a los terrestres, por la destrucción acontecida en aquella meseta. Era una consideración poco agradable pero podía evitarse si el magnífico plan de los gubru se cumplía.

Los acontecimientos en los otros lugares de las Cinco Galaxias lo determinarían. Este planeta era una pequeña, aunque importante, nuez que descascarillar con una rápida y eficiente acometida. Además, era trabajo del Suzerano de Costes y Prevención vigilar que los gastos se mantuvieran controlados.

Conseguir que la alianza gubru, la verdadera herencia de los ancestros, no fracasara en idoneidad cuando regresaran los Progenitores era asunto del sacerdote.

Que los vientos traigan ese día, rezó.

—El juicio aplazado, diferido, suspendido por ahora —declaró en voz alta el Suzerano. Y los investigadores cerraron sus carpetas.

Una vez terminado el tema del incendio de la cancillería, la siguiente parada sería en lo alto de la colina donde había otras cosas que debían evaluarse.

La multitud de kwackoo se arracimó arrullando y se movió en bloque, llevando con ellos la Percha de Cálculo. Una enorme bola de pupilos emplumados que se desplazaba plácidamente entre sus excitables, saltarines y pajariles tutores.

La Reserva Diplomática aún humeaba debido a los acontecimientos del día anterior. El Suzerano escuchó con atención los informes de los investigadores que cantaban a veces de uno en uno, a veces al unísono y luego en contrapunto. A partir de aquel alboroto, el Suzerano se formó una imagen de los hechos que habían conducido a aquel desenlace.

Habían encontrado a un neochimpancé local husmeando alrededor de la Reserva sin haber pedido antes permiso formal al poder constituido para pasar, en una clara violación del protocolo en tiempo de guerra. Nadie sabía por qué ese estúpido semianimal estaba allí. Tal vez lo arrastrase el «complejo símico», esa irritante e incomprensible necesidad que llevaba a los terrestres a buscar la conmoción en vez de evitarla.

Un destacamento armado se había topado con el neochimpancé curioso mientras efectuaba una ronda rutinaria por la zona del desastre. El comandante se había dirigido a toda prisa al peludo pupilo-de-los-humanos, instando a la criatura terrestre a que desistiera de su conducta y mostrara una adecuada obediencia. Tal como era costumbre entre los nativos terrestres, el neochimp había adoptado una actitud obstinada. En vez de comportarse de una manera civilizada, había huido. Cuando intentaban detenerlo, entró en funcionamiento un dispositivo de defensa del hito. El hito resultó dañado por los disparos subsiguientes.