Esta vez el Suzerano decidió que el resultado era más satisfactorio. Subpupilo o no, el chimpancé era una aliado de los condenados tymbrimi, y al actuar de aquel modo había destruido la inmunidad de la Reserva. Los soldados habían actuado correctamente al abrir fuego tanto contra el chimp como contra el globo de defensa. No se había producido violación de la idoneidad, declaró el Suzerano.
Los investigadores interpretaron una danza de consuelo. Por supuesto, seguía fielmente los antiguos procedimientos, el plumaje más brillante sería el plumaje de los gubru cuando volvieran los Progenitores.
Que los vientos aceleren la llegada de ese día.
—Abran, entren, intérnense en la Reserva —ordenó el sacerdote—. Entren e investiguen los secretos de su interior.
Seguramente las cajas de seguridad programadas para un caso de emergencia debían de haber destruido casi todos sus contenidos, pero tal vez quedase alguna información por descifrar.
Los candados más sencillos saltaron rápidamente y se usaron aparatos especiales para quitar la puerta blindada. Todo eso llevó algún tiempo. El sacerdote se mantuvo ocupado oficiando un servicio religioso para los soldados de Garra, alentándolos a reforzar su fe en los antiguos valores. Era importante no permitir que perdieran su vehemencia con cosas tan apacibles, por tanto el Suzerano les recordó que en los últimos dos días habían desaparecido en las montañas, al sudeste de esa misma ciudad, pequeños grupos de guerreros. Aquél era un momento adecuado para recordarles que sus vidas pertenecían al Nido. El Nido y el Honor eran lo único que importaba.
Por fin se resolvió el rompecabezas que era el último candado. Para tratarse de bromistas tymbrimi, no parecían tan inteligentes. Los robots de desciframiento de combinaciones de los gubru habían resuelto el problema. La puerta se levantó en brazos de un transportador teledirigido. Los investigadores entraron en el hito con los instrumentos en la mano.
Momentos después, seguida de una serie de gorjeos sorprendidos, una figura pajaril se precipitó desde dentro con un objeto negro y cristalino en el pico. Casi de inmediato fue seguida por otra. Los pies de los investigadores eran una danza confusa de excitación mientras dejaban los objetos en el suelo, ante la percha flotante del Suzerano.
¡Intacto! bailaban. Habían encontrado intactos dos almacenes de datos que se habían salvado de las explosiones autodestructoras, gracias a una prematura caída de piedras.
La alegría se extendió entre los investigadores, y de allí a los soldados y civiles que esperaban más atrás. Hasta los kwackoo cantaban con regocijo, porque hasta ellos comprendían que aquello podía considerarse un golpe al menos de cuarta magnitud. Un pupilo terrestre había destruido la inmunidad de la Reserva mediante un comportamiento obviamente irreverente… señal de una Elevación defectuosa. Y el resultado había sido un acceso completamente autorizado a los secretos del enemigo.
Los tymbrimi y los humanos se avergonzarían y los gubru podrían aprender muchas cosas.
La celebración fue gubru-frenética. Pero el propio Suzerano bailó sólo unos segundos. En una raza de gentes preocupadas, su papel era doblemente importante. Había demasiadas cosas en el universo que eran sospechosas. Demasiadas cosas que mejor estarían muertas para evitar que por algún motivo amenazaran algún día la seguridad del Nido.
El Suzerano inclinó la cabeza primero hacia un lado y luego hacia el otro. Miró los cubos de datos, negros y brillantes sobre el chamuscado suelo. Algo extraño parecía extenderse sobre los cristales de información recuperados; un sentimiento que casi, pero no del todo, se traducía en un incubado sentimiento de terror.
No era un psi-sentido reconocible ni tampoco otra forma de premonición científica. Si lo hubiese sido, el Suzerano hubiera ordenado que los cubos fueran reducidos a polvo allí mismo y en aquel momento.
Y sin embargo... era muy extraño.
Durante un breve instante, se estremeció bajo la impresión de que los cristales eran ojos, los brillantes ojos negros como el espacio de una serpiente grande y muy peligrosa.
42. ROBERT
Corría llevando en la mano un arco de madera nuevo. Un carcaj sencillo de fabricación casera se balanceaba ligeramente en su espalda, mientras jadeaba por el sendero de montaña. Su sombrero de paja había sido tejido con juncos del río y su taparrabos y los mocasines que calzaba habían sido confeccionados con cabritilla del lugar.
Al correr, el joven protegía un poco su pierna izquierda. Un vendaje le cubría una herida superficial. El dolor de la quemadura era incluso una especie de consuelo puesto que le recordaba cuánto mejor es un disparo que te roza, que un disparo que te alcanza.
Imagen de un pájaro alto que miraba con incredulidad la flecha que le había atravesado el esternón, mientras su rifle láser se desprendía de sus garras entumecidas por la muerte y caía al suelo de la jungla.
La colina estaba silenciosa. El único sonido era su respiración uniforme y el suave rascar de los mocasines sobre las piedras. Los pinchazos de la transpiración desaparecían rápidamente cuando la brisa ponía su bálsamo al tocarle los brazos y las piernas.
El toque de viento era más fresco a medida que ascendía. Lo empinado del camino iba disminuyendo y Robert se encontró por fin más arriba de los árboles, entre las altas colinas-aguijón de la cumbre de la cresta.
Agradeció la repentina calidez del sol, ahora que su piel se había oscurecido y adquirido el tono de la madera de nogal. También se había endurecido, de modo que las espinas y las ortigas ya no le molestaban tanto.
Debo empezar a parecer un indio de las viejas épocas, pensó divertido. Saltó por encima de un tronco caído y tomó una desviación a la izquierda del sendero.
De pequeño había sacado buen provecho de su apellido. El niño Robert Oneagle nunca tuvo que representar el papel de malo cuando jugaba con los otros niños al nacimiento de la Confederación. Siempre era un guerrero cherokee o mohawk, alborotando en su traje espacial de juguete y pintado para la guerra según la costumbre de ciertas tribus, y abatiendo a los soldados del dictador durante la guerra del Poder Satélite.
Cuando todo esto termine, tengo que descubrir más cosas acerca de la historia genética de la familia. Me pregunto cuánta parte de ella es en realidad herencia indio-americana.
Unos estratos blancos y esponjosos se deslizaban junto a un cerro del lado norte y parecían mantener su mismo paso mientras corría por las cimas de las colinas, cruzando los cerros que lo llevarían a casa.
A casa.
La frase surgía con facilidad ahora que tenía un trabajo que realizar bajo los árboles y al aire libre. Ahora ya podía considerar su casa a aquellas cavernas porque habían pasado a ser un refugio en aquellos tiempos inciertos.
Y Athaclena estaba allí.
Había permanecido fuera más de lo que esperaba, el viaje lo había llevado a lo alto de las montañas, hasta llegar al Valle de la Primavera, reclutando en el camino voluntarios, estableciendo comunicaciones y, en definitiva, haciendo correr la voz.