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Y, naturalmente, él y sus compañeros partisanos habían tenido un par de escaramuzas con el enemigo. Robert sabía que habían sido cosas sin importancia: una pequeña patrulla gubru atrapada de vez en cuando y la aniquilación de hasta el último alienígena. La Resistencia sólo atacaba cuando la victoria parecía factible. No podían dejar supervivientes que informasen a los mandos gubru que los terrestres habían aprendido a volverse invisibles.

Si bien pequeñas, aquellas victorias habían obrado maravillas sobre la moral. Sin embargo, aunque se dedicaban a dificultar las cosas a los gubru en las montañas, ¿cuál era la utilidad de ello si el enemigo se mantenía fuera de su alcance?

Durante la mayor parte de su viaje, se había ocupado de cosas apenas relacionadas con la Resistencia. En todos los lugares que había recorrido se había visto rodeado de chimps que proferían hurras y parloteaban regocijados ante la presencia del único humano que quedaba en libertad. Para su frustración, parecían totalmente felices convirtiéndolo en juez oficioso, arbitro y padrino de los recién nacidos. Nunca antes había sentido de un modo tan pesado las cargas que la Elevación suponía para la raza tutora.

Desde luego, no podía culpar a los chimps por ello. Robert dudaba de que alguna vez en la breve vida de su especie, tantos chimps hubiesen estado un tiempo tan largo privados del contacto con los humanos.

A todas partes donde fue hizo saber que el único humano de las montañas no visitaría ninguno de los edificios construidos antes de la invasión y que tampoco quería ver a nadie que llevase ropas o artefactos no originarios de Garth. Cuando se corrió la voz de cómo los robots gaseadores localizaban sus objetivos, los chimps empezaron a trasladar comunidades enteras. Comenzaron a proliferar los talleres caseros, resucitando artes que se habían perdido, como el hilado, el tejido y la marroquimería.

En realidad, los chimps de las montañas lo estaban haciendo muy bien. La comida era abundante y los jóvenes seguían yendo a clase. Aquí y allá, unos pocos tipos responsables habían reorganizado el Proyecto de Recuperación Ecológica de Garth, manteniendo en marcha los programas más urgentes e improvisando para sustituir a los expertos humanos que se habían perdido.

Tal vez no nos necesiten para nada, pensó Robert.

Su propia especie había estado a punto de convertir el planeta Tierra en un infierno ecológico durante los años que precedieron al despertar de la cordura en la Humanidad. Se evitó una horrible catástrofe por el mínimo margen. Sabiendo eso, resultaba humillante ver que los llamados pupilos se comportaban más racionalmente que los hombres un siglo antes del Contacto.

¿Tenemos algún derecho de representar el papel de dioses ante esta gente? Tal vez cuando esto termine tendríamos que marcharnos y dejar que decidieran por sí solos su futuro.

Una idea romántica. Había un obstáculo, por supuesto. Los galácticos nunca nos lo permitirían.

Así pues, permitió que los chimps se le acercaran, le pidieran consejo y pusieran su nombre a los bebés. Luego, cuando hubo hecho todo lo que podía por el momento, enfiló por el sendero hacia casa. Solo, ya que, por ahora, ningún chimp podía seguirle.

Agradeció la soledad de aquel último día. Le dio tiempo para pensar. Había aprendido muchas cosas sobre sí mismo en aquellas últimas semanas y meses, desde aquella horrible tarde en que su mente se había encogido bajo los puñetazos del dolor y Athaclena había entrado en ella para rescatarlo. Extrañamente, las bestias y monstruos de su neurosis no habían resultado ser lo más importante. Pudo manejarlos con facilidad una vez que se enfrentó a ellos y reconoció qué eran. Además, no debían de ser peores que las cargas de problemas del pasado sin resolver que afectaban a otras personas.

No, lo más importante fue darse cuenta de que era un hombre. Era una exploración recién comenzada y a Robert le gustaba la dirección que había tomado.

Rodeó una curva en el sendero de montaña y salió de la sombra de la colina, con el sol a sus espaldas. Al frente, hacia el sur, se hallaban las escarpadas formaciones de piedra caliza del Valle de las Cuevas.

Robert se detuvo súbitamente al vislumbrar un brillo metálico. Algo destellaba sobre las prominencias más allá del valle, tal vez a unos veinte kilómetros de distancia.

Robots gaseadores, pensó. En aquella zona, los técnicos de Benjamín habían empezado a dejar muestras de cualquier cosa, desde aparatos electrónicos a metales, pasando por vestidos, en un esfuerzo para descubrir qué era lo que detectaban los robots gubru. Robert esperaba que hubieran hecho algún progreso mientras él había estado fuera.

Y sin embargo, en otro sentido, apenas le importaba. Se sentía a gusto con el nuevo arco en la mano. Los chimps de las montañas preferían las potentes ballestas de fabricación casera que requerían menos coordinación pero una mayor fuerza símica para dispararlas. Pero con los dos tipos de arma el resultado había sido el mismo… pájaros muertos. La utilización de las antiguas habilidades y las herramientas arcaicas se habían convertido en un tema galvanizador que contactaba con los mitos del Clan de los Lobeznos.

Antes, cuando había visto cómo los chimps arrancaban las armas de los cuerpos de los gubru derrotados y se los llevaban, notó que algunos de los chimps lo miraban furtivamente, tal vez con culpabilidad. Aquella noche observó desde una ladera oscura las siluetas de largos brazos que danzaban en torno al fuego, bajo las estrellas. Sobre las llamas se asaba algo y el viento transportaba un dulce y ahumado aroma.

Robert tuvo la impresión de que era una de esas cosas que los chimps no querían que viesen sus tutores. Se adentró en las sombras y regresó al campamento principal, dejándolos con su ritual.

Las imágenes aún centelleaban en su mente como salvajes y fieras fantasías. Robert nunca preguntó qué se había hecho de los cuerpos de los galácticos muertos, pero desde entonces no podía pensar en el enemigo sin recordar aquel aroma.

Si hubiese una forma de hacerlos venir a las montañas en mayor número…, reflexionó. Únicamente parecía posible dañar al enemigo bajo la protección de los árboles.

La tarde envejecía. Era tiempo de terminar con el largo camino hasta casa. Robert se volvió y estaba a punto de empezar a descender hacia el valle cuando se detuvo repentinamente. Parpadeó. En el aire había una mancha. Algo que parecía aletear en el extremo de su visión, como si la falsa polilla estuviera bailando en el interior del punto ciego de la retina. Parecía imposible de mirar.

¡Oh!, pensó Robert.

Desistió en su intento de enfocarla y miró hacia otro lado, dejando que la extraña no-cosa lo persiguiera a él. Su roce le abrió los pétalos de la mente, como una flor desplegándose al sol. La entidad aleteaba, danzaba con timidez y le guiñaba un ojo… un sencillo glifo de afecto y apacible diversión… lo bastante simple para que lo comprendiera incluso un humano de músculos fuertes, con brazos vellosos, piel enrojecida y bronceada y cubierto de sudor.

—Muy divertido, Clennie —murmuró Robert. Pero la flor se abrió aún más y captó calidez. Sin que tuvieran que indicárselo, sabía qué camino tomar. Dejó el sendero principal y se metió por una senda estrecha.

A mitad de camino de la cima, se encontró con una figura marrón holgazaneando a la sombra de una mata de espinos. El chimp levantó la vista de la novela que estaba leyendo y lo saludó perezosamente.