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Kault gesticuló, señalando los líquidos que manaban de la nave destrozada.

Esta vez Uthacalthing optó por guardar silencio. Todas las razas galácticas con estatus de tutor eran, por supuesto, ambientalistas. Ésa era la ley más antigua y más importante. Las razas de viajeros del espacio que no juraban someterse a los Códigos de Control Ecológico eran destruidas por la mayoría, en bien de la protección de las futuras generaciones de sofontes.

Pero había grados. Los gubru, por ejemplo, sentían menos interés por los mundos vivero que por sus productos: especies presensitivas listas para formar parte del peculiar color del fanatismo conservadurista del clan gubru. Los soro disfrutaban con la manipulación de las razas pupilas recién adquiridas. Y los tandu eran sencillamente horribles.

La raza de Kault resultaba a veces irritante por su mojigata búsqueda de la pureza ecológica, pero al menos la suya era una fijación que Uthacalthing podía comprender. Una cosa era quemar un bosque o construir una ciudad en un mundo registrado, ya que esos tipos de daño cicatrizaban en poco tiempo, y otra muy distinta echar venenos de efecto prolongado en la biosfera, venenos que podían ser absorbidos y acumulados. El disgusto que sentía Uthacalthing ante la oleosa suspensión era sólo un poco menos intenso que el de Kault. Pero no se podía hacer nada para repararlo.

—Los terrestres tenían en este planeta un buen sistema para limpiar en casos de emergencia, Kault. Es obvio que la invasión lo ha vuelto inoperante. Tal vez los propios gubru se encarguen ahora de eliminar esta suciedad.

Cuando el thenanio carraspeó de una forma que pareció que estornudaba, la parte superior de su cuerpo se convulsionó. En sus ranuras respiratorias se formó un bulto. Uthacalthing sabía que aquello era una expresión de extrema incredulidad.

—¡Los gubru son unos holgazanes y unos herejes! Uthacalthing ¿cómo puede ser tan ingenuamente optimista? —La cresta de Kault tembló y sus párpados se agitaron.

Uthacalthing se limitó a devolver la mirada a su compañero de naufragio con una ligera sonrisa en los labios.

—Ah, bien —dijo el thenanio—. Ya veo. Está poniendo a prueba mi sentido del humor con una frase irónica. —El thenanio hizo que el borde de su cresta se inflase unos momentos—. Divertido, lo comprendo. Sigamos, remando.

Uthacalthing se dio la vuelta y tomó su remo. Con un suspiro formó tu’fluk, el glifo de la contrariedad por un chiste no apreciado adecuadamente.

Con toda seguridad, esta terca criatura fue designada embajador en un mundo terrestre porque posee lo que entre los thenanios se considera un gran sentido del humor. Tal posibilidad podía ser la imagen inversa de la razón por la cual Uthacalthing había sido elegido por los tymbrimi… por su naturaleza comparativamente seria, su tacto y su comedimiento.

No, pensó Uthacalthing mientras remaban, deslizándose entre retazos de hierba salina. Kault, mi amigo, no ha comprendido el chiste en absoluto. Pero ya lo entenderá.

El recorrido hasta la desembocadura del río fue largo. Garth había girado más de veinte veces desde que Kault y él tuvieran que abandonar la incapacitada nave, aún en vuelo, y lanzarse en paracaídas a unos terrenos salvajes. Los infortunados pupilos ynnin del thenanio se asustaron, sus dos paracaídas se enredaron entre sí, cayeron y murieron. Desde entonces, los dos diplomáticos no habían contado más que con su mutua compañía.

Al menos era primavera y no pasarían frío. Eso representaba un cierto alivio.

La marcha del bote improvisado, hecho con ramas de árbol y tela de paracaídas, era lenta. Se encontraban sólo a unos cuatrocientos metros de su meta, pero les costó casi cuatro horas abrirse paso por los tortuosos canales. Aunque el terreno era llano, unas hierbas altas les tapaban la visión la mayor parte del tiempo.

De repente, apareció ante ellos la ruina de una pequeña nave espacial en otro tiempo bruñida y brillante.

—Aún no veo por qué hemos de regresar —dijo Kault con voz áspera—. Conseguimos los suficientes alimentos para mantenernos con vida sin tomar tierra. Cuando las cosas se tranquilicen, podemos internarnos y…

—Espere aquí —le ordenó Uthacalthing sin preocuparse por haberlo interrumpido. Gracias a Ifni, los thenanios no eran quisquillosos respecto a eso. Pasó una pierna por encima del flanco del bote y se metió en el agua—. No hay ninguna necesidad de que nos arriesguemos los dos aproximándonos más. Continuaré yo solo.

Uthacalthing conocía Jo bastante a su compañero de naufragio para percibir la expresión contrariada de Kault. La cultura thenania hacía mucho hincapié en el valor personal, especialmente a partir del momento en que los vuelos espaciales habían comenzado a aterrorizarlos.

—Le acompañaré, Uthacalthing —repuso dejando el remo—. Tal vez haya peligros.

—No es necesario, mi colega y amigo. —Uthacalthing lo detuvo alzando la mano—. Su forma física no es la adecuada para este cenagal. Y además podría volcar el bote. Limítese a descansar. Regresaré en pocos minutos.

—Muy bien, entonces. —Kault parecía visiblemente aliviado—. Lo esperaré aquí.

Uthacalthing se abrió camino por los bajíos, tanteando con el pie el engañoso lodo. Bordeó los torbellinos de fluidos de la nave y se dirigió hacia el banco donde la destrozada parte trasera se levantaba sobre la marisma.

Fue un trabajo duro. Sintió que su cuerpo intentaba modificarse para soportar mejor el esfuerzo de vadear aquel lodazal, pero logró reprimir la reacción. Gracias al glifo nuturunow, consiguió limitar las adaptaciones al mínimo. Era una distancia corta que no compensaba el precio que los cambios le habrían costado.

Su corona se expandió, en parte para sostener el nuturunow y en parte para detectar presencias entre las hierbas. Era poco probable que algo pudiera dañarlo allí. Los bururalli se habían ocupado de eso. No obstante, sondeó la zona al tiempo que vadeaba y acariciaba la red de empatía de aquel conglomerado de vida de los pantanos.

Pequeñas criaturas lo rodeaban por todas partes. Poseían formas básicas, estandarizadas: pájaros brillantes y cenceños, reptiloides con escamas y bocas en forma de cuerno, animalillos peludos que se escondían entre las cañas. Desde hacía mucho tiempo se sabía que los animales que respiran oxígeno tienen tres formas clásicas de cubrir su cuerpo. Cuando las células epidérmicas se abombaban hacia afuera se convertían en plumas. Cuando se abombaban hacia dentro daban lugar al pelo. Y cuando se hacían gruesas, planas y duras, el animal se cubría de escamas.

Allí se habían desarrollado los tres tipos, siguiendo los patrones típicos. Las plumas eran ideales para los pájaros, que necesitaban un máximo de aislamiento con un mínimo peso. Los animales de sangre caliente estaban cubiertos de pelo ya que no podían afrontar la pérdida de calor.

Pero aquello era sólo en la superficie, por supuesto. En el interior, existía un número casi infinito de formas de abordar el problema de la vida. Cada criatura era única, cada mundo un maravilloso experimento de diversidad. Se suponía que un planeta era un gran vivero y como tal merecía protección. Era una creencia que Uthacalthing y su compañero compartían.