Su gente y la de Kault eran enemigos, no como los gubru y los humanos de Garth, pero sí en cierto modo, según constaba en el Instituto de la Guerra Civilizada. Existían muchos tipos de conflictos, la mayoría de los cuales eran peligrosos y muy serios. No obstante, a Uthacalthing le caía bien aquel thenanio, en cierto sentido. Siempre es preferible gastar bromas a alguien que te guste.
Se movió lentamente por la aceitosa agua, con las polainas cubiertas de sustancias pegajosas, hasta que finalmente pudo encaramarse en el banco de lodo. Uthacalthing comprobó si había radiaciones y se dirigió despacio hasta la nave caída.
Kault vio al tymbrimi desaparecer tras el flanco de la destrozada nave. Permaneció inmóvil, tal como le había recomendado, moviendo sólo ocasionalmente el remo para golpear la perezosa corriente y mantenerse alejado de la aceitosa suspensión. En sus ranuras respiratorias se habían formado unas mucosidades que lo protegían del mal olor.
A lo largo y a lo ancho de las Cinco Galaxias, los thenanios tenían la reputación de ser duros luchadores y formidables viajeros espaciales. Pero era sólo en los planetas habitables y respirables donde Kault y los suyos podían sentirse relajados. Por eso, sus naves semejaban auténticos mundos sólidos y duraderos. Una patrullera construida por ellos no hubiese sido abatida con un simple láser teravatio. Los tymbrimi preferían la velocidad y la maniobrabilidad, pero desastres de aquel tipo parecían dar la razón a la filosofía thenania.
El choque les había dejado muy pocas opciones. Podían intentar burlar el bloqueo gubru, lo que sería bastante arriesgado, o esconderse con los oficiales humanos supervivientes. Opciones que apenas podían considerarse.
Tal vez la colisión había sido, después de todo, lo mejor que había podido ocurrirles. Ahí estaban, entre el, agua y la suciedad, pero también en medio de seres vivientes.
Kault vio reaparecer a Uthacalthing tras la destrozada nave con una pequeña bolsa en la mano. Cuando el enviado tymbrimi se metió en el agua, su corona se expandió por completo. Kault sabía que no era tan eficiente como la cresta de los thenanios para disipar el exceso de calor.
Algunos grupos dentro de su clan se apoyaban en hechos de aquel tipo para sostener la intrínseca superioridad thenania, pero Kault pertenecía a una facción que poseía puntos de vista más amplios. Creían que cada forma de vida tenía su lugar en el Todo en evolución. Hasta los salvajes e impredictibles lobeznos humanos. Incluso los herejes.
Uthacalthing regresó al bote con su corona completamente expandida, pero no a causa del exceso de calor sino porque estaba formando un glifo especial.
El lurrunanu flotaba bajo la brillante luz del sol. Se aglutinó sobre su corona, cobró impulso y se extendió hacia adelante, catapultándose hacia Kault y bailando sobre la cresta del gran thenanio con satisfecha curiosidad.
El galáctico estaba ajeno a eso, sin notar nada. Pero nadie podía recriminárselo: después de todo, el glifo no era nada, nada real.
Kault ayudó a Uthacalthing a subir de nuevo a bordo, agarrándolo por el cinturón y tirando de él hasta que consiguió izarlo al interior del oscilante bote.
—He recuperado más provisiones alimenticias y unas cuantas herramientas que tal vez necesitemos —explicó Uthacalthing en galáctico-Siete mientras Kault le ayudaba a recuperar el equilibrio.
Abrió la bolsa y sobre el fondo de lona de la embarcación rodaron unas botellas. El lurrunanu seguía flotando sobre el thenanio a la espera del momento oportuno. Mientras Kault se agachaba a recoger los objetos caídos, el movedizo glifo giratorio saltó sobre él.
Golpeó en la famosa obstinación thenania y salió rebotado. La impasibilidad pétrea de Kault era demasiado dura para ser penetrada. Empujado por Uthacalthing, el lurrunanu saltó de nuevo y se precipitó con furia hacia la cresta de la correosa criatura en el preciso instante en que Kault recogía una botella más ligera que las demás y se la tendía a Uthacalthing. Pero el terco escepticismo del alienígena hizo retroceder al glifo una vez más.
Uthacalthing volvió a intentarlo mientras asía la botella y la guardaba, pero sólo consiguió que el lurrunanu se rompiera contra la impenetrable barrera de premisas del thenanio.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Kault.
—Por supuesto. —Uthacalthing replegó su corona y soltó un soplido de frustración. Tenía que encontrar alguna forma de excitar la curiosidad de Kault.
Oh, bueno, pensó. Nunca esperé que resultase fácil. Ya habrá tiempo.
Para llegar a Puerto Helenia debían atravesar los varios cientos de kilómetros de tierras yermas que se extendían ante ellos, luego las Montañas de Mulun y finalmente el Valle del Sind. En algún lugar de aquel trayecto esperaba el compañero secreto de Uthacalthing, dispuesto a gastar una larga y complicada broma a Kault. Sé paciente, se dijo Uthacalthing. Las mejores bromas necesitan su tiempo.
—Ya podemos marcharnos. —Puso la bolsa bajo su improvisado asiento y la sujetó con un trozo de cordel—. Me parece que junto al banco más alejado encontraremos mucha pesca y creo que esos árboles serán una buena protección contra el sol del mediodía.
Kault asintió con voz ronca y tomó el remo. Juntos se abrieron camino por las marismas, dejando tras de sí la destrozada nave para que se hundiera poco a poco en el barro.
44. GALÁCTICOS
En órbita sobre el planeta, la fuerza invasora entró en una nueva fase de operación.
Al principio se había producido el asalto contra una breve, sorprendentemente dura, pero casi inútil resistencia. Luego llegó la consolidación y se hicieron planes para el ritual y la depuración. Durante todo ese tiempo, la mayor preocupación de la flota había sido defensiva.
Las Cinco Galaxias estaban conmocionadas. Cualquier otra alianza podía buscar la oportunidad de apoderarse de Garth. O la alianza Tymbrimi/Tierra, aunque acosada en todas partes, podía decidir el contraataque en el planeta. Los ordenadores tácticos habían calculado que los lobeznos podrían ser lo suficientemente estúpidos para intentarlo, pero los terrestres eran tan imprevisibles que cualquiera sabía…
En ese escenario ya se había invertido demasiado y el clan de los gooksy-gubru no podría afrontar una pérdida.
Así pues, la flota había adoptado una nueva formación. Las naves vigilaban las cinco capas cercanas de hiperespacio, casi todos los puntos de transferencia y los nexos de caída temporal de los cometas.
Llegaban noticias de los afanes de la Tierra, de la desesperación de los tymbrimi y de las dificultades de esos tramposos para procurarse aliados entre los indolentes clanes moderados. A medida que pasaba el tiempo, se hacía evidente que no podía esperarse ninguna amenaza en ese sentido.
Pero algunos de los otros grandes clanes, los que veían ventajas en la situación, estaban atareados. Algunos se habían dedicado a la inútil búsqueda de la desaparecida nave de los delfines. Otros utilizaban la confusión como una excusa oportuna para desenterrar antiguos rencores. Unos acuerdos que tenían milenios de existencia se desvanecían como nubes de gas ante repentinas supernovas. Las llamas lamían el antiguo entramado social de las Cinco Galaxias. Desde la Percha natal gubru llegaron nuevas órdenes. Tan pronto como estuvieran terminadas las defensas de superficie, la mayor parte de la flota debía continuar hacia otros objetivos. Las fuerzas restantes serían más que suficientes para controlar Garth contra cualquier amenaza.