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Los Maestros de la Percha acompañaron la orden con ciertas compensaciones. Al Suzerano de Rayo y Garra lo premiaron con una mención honorífica. Al Suzerano de la Idoneidad le prometieron mejorar la Biblioteca Planetaria de Garth.

El nuevo Suzerano de Costes y Prevención no necesitaba recompensas. Las órdenes suponían en sí mismas una victoria ya que en esencia significaban prevención. El jefe de la burocracia ganó puntos para la Muda tan necesarios para competir con sus compañeros más experimentados.

Las unidades navales se dirigieron al punto de transferencia más cercano, con la confianza de que en Garth las cosas estaban bajo completo control. Las fuerzas de tierra, sin embargo, contemplaron la partida de las grandes naves con cierta incertidumbre. En la superficie del planeta se presagiaba un pequeño movimiento de resistencia. La actividad, de momento poco más que un fastidio, había empezado entre los chimpancés de las zonas rurales. Como eran primos y pupilos de los hombres, su irritante e indigno comportamiento no había supuesto ninguna sorpresa. El alto mando gubru tomó precauciones y luego dirigió su atención a otros asuntos.

Ciertas noticias procedentes de una fuente enemiga habían llamado la atención del Triunvirato. Eran informaciones que se referían al propio planeta Garth. Tal vez aquellos indicios no significasen nada, pero si resultaban ciertos, las posibilidades eran importantes.

En cualquier caso, debía investigarse. Los tres Suzeranos habían estado de acuerdo en que de ello podían obtenerse grandes ventajas. Fue la primera muestra de consenso entre ellos.

Un pelotón de soldados de Garra vigilaba la marcha de la. expedición hacia las montañas. Las delgadas criaturas pajariles en traje de campaña descendían en picado sobre los árboles, con el débil chirrido de sus arneses de vuelo resonando en los angostos cañones. A la cabeza iba un tanque flotador y el convoy se cerraba con otro de ellos en la retaguardia.

Los investigadores científicos, en sus vehículos flotantes, se desplazaban en medio de aquella gran protección. Los vehículos se dirigían a las tierras altas sobre bajas bolsas de aire. Evitaban a propósito las cimas accidentadas y puntiagudas de las montañas. Pero no había prisa. El rumor que les había llegado seguramente no tenía ningún fundamento, pero lo Suzeranos insistieron en que debía comprobarse, por si acaso.

Llegaron a su objetivo por la tarde del segundo día. Se trataba de un terreno llano en el fondo de un estrecho valle. Allí habían quemado un buen número de edificios no hacía mucho tiempo.

Los tanques flotadores tomaron posiciones en cada extremo del terreno quemado. Los científicos gubru y sus pupilos y ayudantes, los kwackoo, salieron de los vehículos. De espaldas a las aún malolientes ruinas, los seres pajariles gorjeaban órdenes a una especie de robots zumbadores, y dirigían la búsqueda de pistas. Menos arrogantes que sus tutores, los blandos y blancos kwackoo se dirigieron a los edificios devastados, gritando excitados al tiempo que husmeaban y hurgaban.

Pronto llegaron a una conclusión evidente. La destrucción había sido deliberada. Sus autores habían querido ocultar algo tras el humo y las ruinas.

El crepúsculo se hizo presente con una precipitación subtropical. En breve, los investigadores se encontraron trabajando incómodamente bajo la luz de unos focos. Finalmente, el equipo de mando ordenó que desistieran. Los estudios de mayor envergadura tendrían que esperar a la mañana siguiente.

Los especialistas se retiraron a sus vehículos para pasar la noche, charlando sobre lo que ya habían descubierto. Encontraron indicios, pistas de cosas excitantes y en absoluto inquietantes.

Cuando amaneciera tendrían mucho tiempo para trabajar. Los técnicos cerraron los vehículos y sobre éstos se elevaron seis sondas de vigilancia que flotaban con silencioso y mecánico esmero. Garth volvió de nuevo a envolverse en la noche tachonada de estrellas. Unos débiles crujidos y ruidos de pasos hablaban del atareado y serio trabajo de las criaturas nocturnas de la jungla: cazar y ser cazadas. Las sondas de vigilancia las ignoraban, girando imperturbables. La noche siguió su curso.

Poco antes del amanecer, unas nuevas sombras se movieron por los senderos bajo los árboles iluminados por las estrellas. Las bestias locales más pequeñas se pusieron a cubierto mientras escuchaban cómo los recién llegados se movían lenta y cautelosamente.

Las sondas de vigilancia captaron también esos nuevos animales y los calificaron, según su criterio programado, de inofensivos. Y, como de costumbre, no hicieron nada.

45. ATHACLENA

—Es como disparar a un pato sentado —dijo Benjamín desde su punto de observación en la ladera occidental de la colina.

Athaclena miró a su ayudante de campo chimp. Durante unos instantes luchó con la metáfora de Benjamín. Tal vez se refería a la naturaleza pajaril del enemigo.

—Parecen satisfechos de sí mismos, si eso es lo que quieres decir —comentó ella—. Pero tienen razón. Los gubru confían en los robots de batalla mucho más que nosotros los tymbrimi. Los desaprobamos porque son caros y excesivamente fáciles de predecir. Sin embargo, esas sondas pueden resultar formidables.

—Lo recordaré, ser —asintió Benjamín con gravedad.

No obstante, Athaclena notó que no estaba impresionado. Él había ayudado a planear la incursión de aquella mañana en coordinación con representantes de la resistencia de Puerto Helenia, y se sentía por completo seguro de su éxito.

Los chimps de la ciudad debían atacar el Valle del Sind antes del amanecer, justo antes de que ellos iniciaran su acción. El objetivo principal era sembrar contusión entre el enemigo y, en lo posible, causarles un daño del que no se olvidasen. Athaclena no estaba muy convencida de que realmente pudieran hacerlo. Pero, de todas formas, dio su conformidad a la empresa. No quería que los gubru descubrieran demasiadas cosas en las ruinas del centro Howletts.

Al menos de momento.

—Han levantado el campamento bajo las ruinas del edificio principal —afirmó Benjamín—. Justo donde esperábamos que lo hicieran.

Athaclena miró molesta los binoculares nocturnos transistorizados del chimp.

—¿Estás seguro de que ese aparato no es detectable?

—Sí —asintió Benjamín sin apartar los ojos de ellos—. Hemos dejado instrumentos como éste en la ladera de la montaña, cerca de un robot gaseador, y su trayectoria de vuelo no se alteró en lo más mínimo. Hemos reducido mucho la lista de materiales que el enemigo es capaz de husmear y pronto…

Benjamín se puso rígido y Athaclena notó su repentina tensión.

—¿Qué pasa?

—Veo sombras que se mueven entre los árboles. —El chimp se inclinó hacia adelante—. Deben de ser nuestros chicos tomando posiciones. Ahora sabremos si esos robots de guerra están programados del modo que usted cree.

Aturdido como estaba, Benjamín no atinó a ofrecerle los binoculares. Bravo por el protocolo pupilo-tutor, pensó Athaclena. De todas maneras no le importaba. Prefería desplegar sus propios sentidos.