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En el valle detectó tres especies distintas de bípedos que se movían alrededor de la expedición gubru. Si Benjamín había podido verlos, significaba que estaban dentro del alcance de las sensibles sondas de vigilancia del enemigo.

Y, sin embargo, los robots no hicieron nada. Los segundos pasaban y las sondas giratorias no disparaban contra las sombras que se les aproximaban entre los árboles, ni tampoco habían avisado a sus dueños que dormían.

Suspiró con creciente esperanza. Las limitaciones de las máquinas era una información crucial. El hecho de que girasen en silencio le decía muchas cosas acerca de lo que estaba ocurriendo, no sólo en Garth sino en todas partes, más allá del tachonado campo estelar que relucía sobre su cabeza. Le decía algo sobre el estado de la totalidad de las Cinco Galaxias.

La ley todavía existe, pensó Athaclena. Los gubru están obligados.

Como muchos otros clanes fanáticos, la alianza gubru no era prístina en su adherencia a las normas de los códigos planetario-ecológicos. Conociendo la obstinada paranoia de las criaturas pajariles, ella había previsto que habrían programado sus robots de defensa de una forma si las leyes estaban aún vigentes, y de otra totalmente distinta si éstas ya no eran válidas.

Si el caos se había apoderado por completo de las Cinco Galaxias, los gubru habrían programado sus máquinas para que esterilizasen cientos de hectáreas antes de permitir que cualquier riesgo los amenazara.

Pero si los códigos se mantenían, el enemigo no se habría atrevido aún a romperlos, ya que esas mismas normas podrían protegerlos si las olas de la guerra se volvían contra ellos.

Regla novecientos dice: Siempre que sea. posible debe respetarse a los no combatientes. Eso se refería más a las especies no combatientes que a los individuos, especialmente en mundos considerados en estado catastrófico, como Garth. Las formas nativas eran protegidas por una tradición de mil millones de años.

—Estáis atrapados en vuestras propias premisas, viles criaturas —murmuró en galáctico-Siete.

Era obvio que los gubru habían programado sus máquinas para que vigilasen los objetos creados por la sapiencia (armas de fabricación industrial, ropa, maquinaria) sin imaginar que el enemigo podía asaltar desnudo su campamento, confundiéndose con los animales de la selva.

Pensó en Robert y sonrió. Eso había sido idea suya.

Una translucidez gris de alborada se extendía por el cielo, borrando gradualmente las estrellas más débiles. A la izquierda de Athaclena, la anciana doctora chima, Elayne Soo, consultaba su reloj de metal. Golpeó la lente significativamente y Athaclena, asintiendo, dio la orden para que empezaran las acciones.

La doctora Soo emitió un agudo trino: la llamada del pájaro fyuallu. Athaclena alcanzó a oír el crujiente restallido de los treinta arcos que dispararon al unísono. Se sentía tensa. Si los gubru habían invertido en sondas verdaderamente eficientes…

— ¡Lo conseguimos! —gritó alborozado Benjamín—. ¡Seis pequeñas sondas hechas añicos! ¡Todos los robots han caído!

Athaclena suspiró de nuevo. Robert estaba allí abajo. Tal vez ahora podía confiar en que él y los demás tendrían éxito. Tocó el hombro de Benjamín y éste, a desgana, le prestó los binoculares.

Alguien debía de haber notado que las pantallas monitoras se habían quedado sin imagen. Se oyó un débil zumbido y luego la escotilla superior de uno de los tanques flotadores que se abría. Una figura con casco escudriñó la tranquila pradera y, al ver abatido el robot de vigilancia más próximo, empezó a mover su pico en señal de alarma. Algo se movió en las ramas cercanas. El soldado giró sobre sus talones apuntando con su láser a la oscura sombra que saltó desde uno de los árboles contiguos y disparó un rayo azul.

El disparo falló. Él aturdido soldado gubru no lograba acertar a aquella sombría figura que ni volaba ni caía, sino que atravesaba el angosto claro columpiándose en el extremo de una larga liana. Dos veces más intentó alcanzarlo con sus brillantes rayos antes de que su suerte lo abandonara. La negra silueta rodeó con sus piernas al delgaducho pájaro y éste cayó con un golpe sordo.

Cuando vio la silueta de Robert, erguido en la torreta del tanque con el soldado de Garra a sus pies, el triple Pulso de Athaclena se aceleró. Levantó un brazo como señal y de inmediato el claro se llenó de sombras que corrían.

Los chimps se movían a toda prisa entre los tanques Y demás vehículos con botellas de barro en las manos. Tras ellos, unas figuras más grandes que arrastraban los pies cargaban unas grandes mochilas. Athaclena oyó que Benjamín murmuraba por lo bajo, ocultando su enojo. Había sido ella quien decidiera incluir gorilas en la operación y la idea no había sido demasiado bien recibida.

—… treinta y cinco… treinta y seis… —Elayne Soo contaba los segundos. Cuando la luz del amanecer se intensificó pudieron ver a los chimps que se encaramaban en los vehículos alienígenas. ¿Podría la sorpresa retrasar lo suficiente la inevitable reacción?

Pero la suerte desapareció al cabo de treinta y ocho segundos. Empezaron a aullar las sirenas; primero en el tanque de cabeza y después en el de la retaguardia.

—¡Cuidado! —gritó alguien.

Los peludos guerrilleros corrieron hacia los árboles justo en el momento en que los soldados de Garra salían de sus vehículos flotadores y disparaban ardientes rayos con sus rifles sable. Algunos chimps cayeron chillando mientras intentaban apagar a golpes el fuego de su pelo, o fueron derribados en silencio entre la maleza, completamente cubiertos de agujeros. Athaclena controló su corona para evitar desmayarse debido al dolor de los pupilos.

Éste fue su primer encuentro con una verdadera guerra. En aquellos momentos no se trataba ya de una broma sino de una muerte espantosa, llena de sufrimientos e inútil.

Los soldados de Garra empezaron a caer. Los pájaros saltaban persiguiendo a las sombras que habían desaparecido entre los árboles. Los guerreros ajustaban sus armas esperando encontrar fuentes de energía, pero allí no había láseres para abastecerlas, ni proyectores de pulsación ni balas de goma cargadas con productos químicos. Mientras, las flechas de los arcos zumbaban como mosquitos. Uno a uno los soldados gubru se convulsionaban y caían.

Primero un tanque y luego el otro empezaron a elevarse con rugientes chorros de gas. El vehículo de cabeza giró bruscamente y empezó a disparar sus triples cañones hacia el bosque, con unos impactos que parecían golpes de guadaña.

Las copas de los árboles más altos quedaron suspendidas en el aire unos instantes mientras sus centros explotaban, antes de caer verticalmente en una nube de humo y astillas de madera. Las rígidas enredaderas se agitaban hacia adelante y hacia atrás como serpientes agonizantes, esparciendo en todas direcciones sus jugos ganados a costa de mucho esfuerzo. Los chimps chillaban mientras saltaban de las ramas destrozadas.

¿Merece la pena? ¿Hay algo por lo que esto merezca la pena?

La corona de Athaclena se había expandido con la emoción del momento y un glifo empezaba a cobrar forma. Enojada, rechazó la imagen sensitiva no formada, la respuesta a su pregunta. Ahora no quería reír de las mordacidades tymbrimi; deseaba llorar al estilo humano, pero no sabía cómo hacerlo.

La jungla estaba dominada por el miedo y los animales nativos huían de la devastación. Algunos tropezaron en su huida con Athaclena y Benjamín, chillando en su desesperado intento de escapar. El radio de la destrucción crecía a medida que los fatídicos vehículos abrían fuego contra todo lo que encontraban. Había explosiones y llamas en todas partes.