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Había sido necesario un gran esfuerzo de persuasión para que no llevara una pantalla portátil de ordenador.

No se equivocaba Fiben cuando creyó haber visto el alivio reflejado en su cara cuando él se incorporó junto a la destrozada cometa. Pronto recuperó su aire profesionaclass="underline"

—¿Qué has visto? ¿Son muy grandes los refuerzos que le han llegado al enemigo desde Puerto Helenia? ¿Se ha acercado mucho el grupo de Yossy a la batería gubru?

Esta mañana han muerto buenos chimps y chimas, ¡y a ella parecen preocuparle sólo sus malditas informaciones!

El punto estratégico de la defensa espacial había sido uno de los objetivos. Hasta entonces, las pocas e insignificantes emboscadas de las montañas apenas habían preocupado al enemigo. Fiben había insistido en que la primera incursión tenía que ser importante. Nunca volverían a encontrar al enemigo tan poco preparado.

Y, sin embargo, Gailet había planeado la operación de! Valle del Sind basándose más en sus informadores que en las unidades de lucha. Para ella, la información era mucho más importante que cualquier daño que pudieran hacer a los invasores. Y, para sorpresa de Fiben, la general había estado de acuerdo.

—Hay mucho humo en esa dirección, así que tal vez Yossy haya conseguido algo. —Fiben se sacudió el polvo. En su traje de faena había un desgarrón—. He visto muchos refuerzos enemigos moverse por la zona. Lo tengo todo aquí dentro. —Se golpeó la cabeza.

Gailet hizo una mueca. Le hubiera gustado saberlo en aquel instante. Pero el plan era marcharse en seguida, y se estaba haciendo muy tarde.

—De acuerdo, ya nos darás el parte después. En estos momentos seguir aquí ya debe ser peligroso.

Tienes que estar bromeando, pensó Fiben con sarcasmo.

—¡Eh, vosotros! ¿Habéis terminado ya con la cometa?

Los tres chimps encargados de ello estaban cubriendo de hojas un montículo bajo las prominentes raíces de un árbol.

—Listo, Fiben. —Empezaron a recoger sus rifles de caza que estaban amontonados bajo otro árbol.

—Creo que sería mejor deshacernos de ellos. —Fiben frunció el ceño—. Son de fabricación terrestre.

—¿Y con qué los sustituimos? —preguntó Gailet con vehemencia—. Si nos atacan, ¿qué vamos a conseguir con los seis o diez rifles láser que hemos arrebatado a los gubru? Estoy dispuesta a hacerles frente totalmente desnuda, si es necesario, pero no desarmada. —Había violencia en sus ojos castaños.

—¿Tu dispuesta a atacar? —Fiben también estaba enojado—. Entonces ¿por qué no persigues a esos malditos pájaros con tu afilada pluma? Es tu arma favorita.

—¡Eso no es justo! Si tomo notas es porque…

No terminó el comentario. Max la interrumpió gritando:

—¡A cubierto!

El repentino silbido del aire desplazado se convirtió en una atronadora explosión cuando algo blanco centelleó casi a la altura de las copas de los árboles. Las hojas caídas se arremolinaron flotando sobre la maleza. Fiben no recordaba haberse escondido tras las retorcidas raíces de aquel árbol, pero allí estaba. Levantó la cabeza a tiempo de ver una nave alienígena elevarse y dirigirse a la cima de una colina alejada para luego regresar.

Sentía a Gailet cerca de él. Max estaba a la izquierda, encaramado en las ramas de otro árbol. Los otros se habían tirado al suelo en los límites de la huerta.

Fiben vio a uno de ellos levantar el arma cuando la patrullera volvía a acercarse.

—¡No! —gritó, aunque sabía que ya era demasiado tarde para el aviso.

El extremo de la huerta hizo erupción. Fragmentos de tierra volaron hacia arriba, como empujados por unos demonios furiosos. En un abrir y cerrar de ojos, el torbellino se abalanzó hacia los árboles cercanos, lanzando pedazos de hojas, ramas, polvo, carne y huesos en todas direcciones.

Gailet contemplaba el caos boquiabierta. Fiben se lanzó sobre ella justo antes de que la fuerza de la explosión los barriera. Vio la estela de un acorazado que volaba sobre ellos. Los árboles supervivientes se agitaron por el impulso del aire desplazado y una ininterrumpida lluvia de cascotes cayó sobre sus espaldas.

—¡Ufff!

Bajo su brazo surgió la cara de Gailet. Con voz sofocada le dijo:

—Deja de joderme antes de que me asfixie, maloliente cerebro de mosquito…

Fiben advirtió que la patrullera enemiga desaparecía a toda prisa por detrás de la colina y se puso de pie.

—Vamos —dijo levantándola—. Tenemos que largarnos de aquí.

Los pintorescos insultos de Gailet se interrumpieron bruscamente. Contuvo la respiración ante lo que habían hecho las armas de los gubru, como si no pudiera creer que algo tan horrible fuera posible.

Los fragmentos de madera estaban completamente esparcidos, entremezclados con los restos espeluznantes de los que habían sido tres guerreros. Los rifles de los chimps yacían junto a sus restos.

—Si tienes la intención de tomar una de esas armas, te dejo sola, hermana.

Gailet parpadeó y sacudió la cabeza sin pronunciar ni una sola palabra. La había convencido.

—¡Max! —chilló de repente.

Empezó a moverse hacia donde había visto por última vez a su inmenso y serio sirviente, pero en aquel momento se produjo un ruido sordo. Fiben la detuvo.

—Transportes de tropas. No tenemos tiempo. Si está vivo y puede huir, lo hará. ¡Vamonos!

El zumbido de los gigantescos aparatos se acercaba. Ella seguía resistiéndose.

—Oh, por el amor de Ifni, ¡tienes que salvar tus notas! —la instó.

Aquello la hizo reaccionar. Gailet dejó que Fiben la arrastrara consigo. Dio unos trastabillantes pasos hacia él y de inmediato se lanzaron a la carrera.

Vaya chica, pensó Fiben mientras corrían bajo la protección de los árboles. Tal vez sea un poco pesada pero es valerosa. Es la primera vez. que ve algo así y ni siquiera ha devuelto.

¿Sí? parecía decir una vocecita en su interior. ¿Y tú cuántas veces has visto algo igual? Comparadas con esto, las batallas espaciales son limpias y nítidas.

Fiben admitió que la principal razón de por qué él no había vomitado era que no quería sentirse ridículo delante de aquella chima en concreto. Nunca le daría tal satisfacción.

Juntos se zambulleron en un lodoso arroyo y buscaron un escondrijo lejos de allí.

47. ATHACLENA

Ahora todo dependía de Benjamín.

Athaclena y Robert vigilaban desde su escondite en la falda de la colina cómo su amigo se acercaba al convoy gubru posado en tierra. Otros dos chimps acompañaban a Benjamín, uno de ellos con una bandera de tregua. Ésta ostentaba el mismo diseño que el símbolo de la Biblioteca: la espiral radiada de la Civilización Galáctica.

Los emisarios chimps se habían despojado de la ropa hilada a mano y llevaban ahora abrigos plateados, cortados en un estilo apropiado a bípedos de su forma y estatus. Se necesitó valor para adoptar tal decisión. Aunque los vehículos estaban averiados (no habían dado señales de actividad desde hacía más de media hora), los tres chimps tenían que estar preguntándose qué estaba haciendo el enemigo.