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—Diez contra uno a que los pájaros intentan primero utilizar robots —murmuró Robert con los ojos clavados en la escena que se desarrollaba en el valle.

—Nada de apuestas, Robert. —Athaclena sacudió la cabeza—. ¡Mira! La puerta del vehículo central se está abriendo.

Desde su punto de observación podían vigilar todo el claro. Las ruinas de los edificios del centro Howletts se asomaban tenebrosas tras uno de los tanques flotadores aún humeante. El compañero de éste, con los cañones inutilizados y rotos, yacía sobre sus sustentadores de presión.

Entre los dos vehículos averiados, y de uno de ellos, surgió una forma flotante.

—Exacto. —Robert hizo una mueca de disgusto. Era un robot y llevaba también un estandarte, otra representación de la espiral radiada.

—Malditos pájaros, no admitirán que los chimps son superiores a los gusanos a menos de que los obliguen a ello —comentó Robert—. Van a intentar utilizar una máquina para llevar a cabo la conversación. Sólo espero que Benjamín recuerde lo que tiene que hacer.

Athaclena tocó el brazo de Robert, en parte para recordarle que bajara la voz.

—Lo sabe —dijo con suavidad—. Y además tiene a Elayne Soo para que le ayude.

Sin embargo, no podían evitar un sentimiento de impotencia por estar sólo observando. Era una norma de las razas tutoras. No debía pedirse a los pupilos que se enfrentasen ellos solos con una situación como ésa.

El robot flotante, al parecer uno de los ejemplares de aparatos teledirigidos gubru, adaptado a toda prisa para ejercer funciones diplomáticas, se detuvo a cuatro metros de los chimps que ya se habían detenido y plantado su estandarte. El robot emitió un chillido de indignación que Athaclena y Robert no pudieron descifrar, aunque el tono era perentorio.

Dos de los chimps retrocedieron un paso, sonriendo con nerviosismo. —¡Tú puedes hacerlo, Ben! —gruñó Robert.

Athaclena vio unos nudos que sobresalían en sus bien formados músculos. Si esos bultos fuesen glándulas de cambio tymbrimi… Tembló ante tal comparación y volvió a fijarse en la escena que ocurría allí abajo.

En el valle, el chimp Benjamín se había quedado inmóvil como una piedra, ignorando al parecer a la máquina. Esperó. Por fin, concluyó la perorata del robot. Hubo un momento de silencio. Entonces Benjamín hizo un simple movimiento con el brazo, tal como Athaclena le había enseñado, indicando con orgullo que ese objeto sin vida no debía meterse en los asuntos de los seres sapientes.

El robot gritó de nuevo, esta vez más fuerte y con un amago de desesperación.

Los chimps se limitaron a permanecer quietos y esperar, sin dignarse siquiera responder a la máquina.

—¡Qué arrogancia! —Robert suspiró—. Muy bien hecho, Ben, demuéstrales que tienes clase.

Los minutos pasaban y la escena permanecía inmutable.

—¡Este convoy gubru ha venido a la montaña sin escudos psi! —anunció Athaclena de pronto. Se tocó la sien derecha al tiempo que su corona se ondulaba—. O tal vez sea que los escudos se rompieron durante el ataque. En cualquier caso, puedo notar que se están poniendo nerviosos.

Los invasores poseían aún algunos sensores. Debían de estar detectando movimiento en el bosque, mensajeros que se acercaban. El segundo grupo de asalto tenía que llegar pronto, esta vez con armamento moderno.

La Resistencia había mantenido en reserva sus armas más importantes en favor de la sorpresa. La antimateria solía emitir resonancias detectables desde muy lejos. Ahora, sin embargo, había llegado el momento de enseñar todas sus cartas. El enemigo sabía ya que no estaba a salvo, ni siquiera dentro de sus vehículos acorazados.

De pronto, sin ceremonia, el robot se elevó y voló hacia el vehículo central. Luego, tras una breve pausa, la puerta se abrió de nuevo y aparecieron un par de nuevos emisarios.

Kwackoo —anunció Robert.

Athaclena reprimió el glifo syrtunu. Su amigo humano tenía inclinación a hacer comentarios sobre lo que era obvio.

Los peludos y blancos cuadrúpedos, pupilos leales de los gubru, se aproximaron al punto donde tenían que mantenerse las conversaciones, graznando excitados. Parecían más grandes cuando llegaron frente a los chimps. De sus gargantas gruesas y llenas de plumas colgaba un vodor, pero la máquina traductora permanecía silenciosa.

Los tres chimps cruzaron los brazos sobre el pecho y se inclinaron todos a la vez, con las cabezas en un ángulo de veinte grados aproximadamente. Luego se irguieron y esperaron.

Los kwackoo no hicieron nada. Ahora estaba claro quién ignoraba a quién.

Con los binoculares, Athaclena vio hablar a Benjamín. Maldijo la necesidad de tener que vigilar todo aquello sin poder enterarse de lo que decían.

Sin embargo, las palabras del chimp fueron efectivas. Los kwackoo gorjearon y parlotearon atolondradamente en confusa indignación. A través del vodor surgían palabras demasiado débiles para ser oídas, pero los resultados fueron instantáneos. Benjamín no esperó a que terminasen. Él y sus compañeros recogieron el estandarte, dieron media vuelta y se marcharon.

—Un gran tipo —dijo Robert satisfecho.

Conocía a los chimps… Sabía que en aquellos momentos las espaldas les debían escocer terriblemente y, sin embargo, caminaban con toda tranquilidad.

El dirigente de los kwackoo dejó de hablar y miró a los chimps, perplejo. Luego empezó a saltar y a emitir agudos chillidos. Su compañero también parecía muy agitado. Entonces, los que estaban en la colina pudieron oír la amplificada voz del vodor que ordenaba repetidamente: «…¡regresen!… ¡regresen!…».

Los chimps siguieron caminando hacia la línea de árboles hasta que, al fin, Athaclena y Robert oyeron la palabra.

—…regresen… ¡POR FAVOR!

El humano y la tymbrimi se miraron y compartieron una sonrisa. Eso era la mitad de lo que esta batalla quería conseguir.

Benjamín y su grupo se detuvieron de repente. Dieron la vuelta y regresaron con paso tranquilo hasta donde esperaban los parlamentarios. Con la bandera de la espiral otra vez en su sitio, permanecieron quietos, a la espera. Finalmente, y con evidentes temblores por la gran humillación que sufrían, los emisarios les hicieron una reverencia.

Fue una inclinación bastante leve, apenas si doblaron dos de las cuatro patas, pero sirvió. Los pupilos bajo contrato de los gubru habían reconocido como a sus iguales a los pupilos bajo contrato de los humanos.

—Estoy segura de que prefieren la muerte antes que esto —susurró Athaclena admirada, aunque era exactamente lo que ella misma había planeado—. Los kwackoo tienen una antigüedad de sesenta mil años terrestres. Los neochimpancés son sapientes desde hace sólo tres siglos y, además, pupilos de los lobeznos. —Sabía que Robert no se ofendería por las palabras que había empleado—. Los kwackoo llevan tanto tiempo elevados que podrían elegir la muerte antes que esto. Tanto ellos como los gubru deben de estar estupefactos y no deben de haber reflexionado en las implicaciones. Probablemente apenas pueden creer lo que está ocurriendo.

—Espera hasta que lo hayan oído todo —sonrió Robert—. Preferirán haber escogido la salida más fácil.

Los chimps respondieron a la reverencia con la misma inclinación. Luego, con esa desagradable formalidad forzada, uno de los gigantes pseudopájaros habló muy deprisa mientras su vodor murmuraba una traducción al ánglico.