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—Ésos pájaros han tenido la oportunidad de husmear en el centro Howletts. Han visto trazas de Elevación. Y no puedo quitarme de la cabeza la idea de que a lo mejor han visto a los propios gorilas a través de los árboles. —Benjamín sacudió la cabeza—. Después de eso, creo que no deberíamos haber permitido que salieran de aquí con vida.

Athaclena puso una mano sobre el hombro de su ayudante. No dijo nada porque le pareció que no había nada que decir.

¿Cómo podía explicárselo a Benjamín?

Sobre su cabeza se formó el syulff-kuonn, girando satisfecho ante el avance de los acontecimientos: los acontecimientos que su padre había planeado.

No, no podía explicarle a Benjamín que ella había insistido en llevar consigo a los gorilas, en hacerlos formar parte de la incursión, como paso previo de una broma larga, complicada y pesada en extremo.

48. FIBEN Y GAILET

—¿Quieres agachar la cabeza? —gruñó Fiben.

—¿Vas a dejar de golpearme? —respondió Gailet furiosa. Levantó los ojos por encima de los tallos de las hierbas que los rodeaban—. Sólo quiero ver si…

Se interrumpió bruscamente porque Fiben retiró los brazos que le servían a ella de soporte y cayó con un ruido sordo en medio del barro.

—Sucio, pulgoso…

Sus ojos conservaron su elocuencia incluso cuando Fiben le puso con firmeza la mano sobre la boca.

—Ya te lo he dicho —susurró—. Si tú puedes verlos, significa que ellos pueden verte a ti con los sensores que tienen. Nuestra única posibilidad es arrastrarnos como gusanos hasta que podamos encontrar un camino que nos lleve hasta la población civil chimp.

De las proximidades llegaba el zumbido de máquinas agrícolas. El ruido los había atraído en aquella dirección. Si lograban acercarse lo suficiente para poder mezclarse con los campesinos, escaparían del cerco del invasor.

Por lo que Fiben sabía, él y Gailet podían ser los únicos supervivientes de la desgraciada incursión en el valle. Resultaba difícil creer que las guerrillas de la montaña al mando de Athaclena hubiesen tenido mejor suerte. La insurrección parecía totalmente desmantelada.

Quitó la mano de la boca de Gailet. Si las miradas matasen, pensó al contemplar la expresión de sus ojos. Con el pelo enmarañado y cubierto de barro, su imagen no recordaba a la de una serena chima intelectual.

—Creí… que… habías… dicho… —susurró acentuando deliberadamente, su tranquilidad—, que el enemigo no podía detectarnos si llevábamos sólo objetos hechos aquí.

—Eso es si por pereza se limitan a hacer funcionar su arma secreta. Pero no olvides que tienen también infrarrojos, radar, sonar sísmico, psi… —Se detuvo de pronto. Por la izquierda se aproximaba un grave zumbido. Si era la cosechadora que habían oído antes, tal vez podría llevarlos.

—Espera aquí —susurró.

—¡No! —Gailet lo agarró por la muñeca—. ¡Yo voy contigo! —Miró rápidamente a izquierda y derecha—. No… no me dejes sola.

—Muy bien. —Fiben se mordió el labio—. Pero camina agazapada, justo detrás de mí.

Avanzaron en fila india, apretados contra el suelo. Poco a poco, el zumbido fue creciendo. Súbitamente, Fiben sintió un hormigueo que le recorría la nuca.

Gravíticos, pensó. Está cerca.

No se dio cuenta de lo cerca que estaba hasta que el aparato apareció por encima de las hierbas, a una distancia de apenas dos metros.

Había esperado encontrarse con un vehículo muy grande, pero aquel objeto tenía el tamaño aproximado de una pelota de baloncesto y estaba cubierto por botones plateados y de cristaclass="underline" los sensores. Flotaba ligeramente en la brisa de la tarde, observándolos.

¡Oh, demonios! Suspiró, poniéndose en cuclillas y dejando caer los brazos resignado. Le llegaban unas débiles voces no muy lejanas. Sin duda eran las de los dueños de aquella cosa.

—Es una sonda de batalla, ¿verdad? —preguntó Gailet con cansancio.

—Un husmeador —asintió él—, Un modelo barato, pero lo bastante bueno como para detectarnos y detenernos.

—¿Qué hacemos?

—¿Qué podemos hacer? —Se encogió de hombros—. Es mejor que nos rindamos.

Sin embargo se volvió, escudriñó el oscuro suelo que tenía alrededor y cogió una lisa piedra.

Las voces se acercaban. Qué diablos, pensó.

—Escucha, Gailet. Cuando yo me mueva, escóndete. Márchate de aquí y entrega tus notas a Athaclena, si es que aún vive.

Entonces, antes de que ella pudiera preguntar nada, soltó un grito y lanzó la piedra con todas sus fuerzas.

Varias cosas sucedieron a la vez. Fiben sintió dolor en la muñeca derecha. Se produjo un destello de luz tan fuerte que lo deslumbró. Luego, mientras saltaba hacia adelante, su tórax se vio atravesado por innumerables pinchazos.

Mientras estaba en el aire en dirección al objeto, una extraña sensación se apoderó de Fiben. Algo le decía que ese acto ya lo había realizado antes, que ya había vivido aquel particular momento de violencia, no sólo una vez o dos, sino cien veces en cien vidas anteriores. La oleada de familiaridad, anclada en un vacilante extremo de su memoria, lo salpicaba mientras se zambullía en el campo gravítico de la sonda, antes de caer sobre el objeto alienígena.

Cuando la máquina intentó expulsarlo, el mundo giró y se sacudió.

El láser del dispositivo disparó contra su sombra y encendió pequeños fuegos en la hierba. Fiben luchó por su vida, al tiempo que los campos y el cielo se confundían en una desagradable mancha.

La extraña sensación de alejamiento parecía en realidad ayudarle. Fiben se sentía como si hubiese hecho aquello infinidad de veces. Un rincón racional de su mente sabía que no era cierto, pero la memoria le decía lo contrario y le infundía la falsa confianza que tanto necesitaba para atreverse a desasir su mano derecha herida y buscar la caja de control del robot.

Los cielos y la tierra se fusionaron. Fiben se rompió una uña mientras intentaba abrir la tapa de la caja y forzar el cierre. Metió la mano dentro y agarró unos cables.

El aparato giraba y se inclinaba como si hubiese adivinado sus intenciones. Las piernas de Fiben perdieron su asidero y se agitaron en el aire mientras él daba vueltas como un muñeco de trapo. Su mano izquierda cedió y sólo quedó débilmente agarrado a los cables, girando y girando.

En aquellos momentos, lo único que veía nítidamente del mundo que lo rodeaba era la lente del láser del robot que tenía frente a él.

Adiós, pensó, cerrando los ojos.

Entonces algo se soltó. Salió despedido, todavía con los cables en la mano. Cuando se produjo el impacto de la caída, fue casi un alivio. Gritó y rodó por el suelo cerca de las hierbas que ardían.

Sentía dolor, claro. Era como si una de las hembras gorila del centro Howletts le hubiera prodigado sus caricias durante toda la noche. Dos veces había creído estar a punto de morir por los disparos. No importaba lo que ocurriera después, estar vivo ya merecía la pena.

Parpadeó para apartar el polvo y la carbonilla de sus ojos. A cinco metros de distancia, la inutilizada sonda alienígena silbaba y chisporroteaba dentro de un círculo de hierba ennegrecida y humeante. Un burra por la famosa calidad de los aparatos galácticos.

¿Qué comerciante ET habrá vendido a los gubru ese trozo de mierda?, se preguntó Fiben. Me tiene sin cuidado quién ha sido: aunque se tratase de un maloliente gusano jofur, lo besaría ahora mismo. De verdad que lo haría.