Voces excitadas. Pies que corrían. Fiben sintió una repentina esperanza. Había pensado que aparecerían gubru para recuperar su abatida sonda. ¡Pero eran chimps! Dio un respingo y trató de levantarse. Cuando vio quién se aproximaba, la expresión se le heló en la cara.
—Bueno, bueno, bueno, mira qué tenemos aquí: el mismísimo señor Carnet Azul. Parece como si hubieras estado participando en más carreras de obstáculos, estudiante.
Era un chimp alto, con el pelo facial cuidadosamente afeitado y el bigote engominado y curvado hacia arriba. Fiben reconoció al jefe de la banda de marginales de «La Uva del Simio». El que se hacía llamar Puño de Hierro.
De todos los chimps del mundo, ¿por qué tenía que encontrarse con éste?
Llegaron otros. Los brillantes trajes con cremallera llevaban añadida una nueva característica: un cinturón y un brazal, ambos con la misma sigla: una garra extendida con tres afiladas uñas brillantes de hilo holográfico.
Se reunieron en torno a él con sus rifles-sable modificados. Estaba claro que eran los nuevos colaboradores de la milicia de los que Gailet y él habían oído hablar.
—¿Me recuerdas, estudiante? —preguntó Puño de Hierro con una sonrisa—. Sí, sabía que lo harías. Yo me acuerdo muy bien de ti.
Fiben suspiró al ver que otros dos marginales llevaban firmemente sujeta a Gailet Jones.
—¿Estás bien? —le preguntó ella en voz baja. Fiben pudo leer la expresión de sus ojos y asintió. Había muy poco que decir.
—Vamos, mis jóvenes bellezas genéticas. —Puño de Hierro rió al coger a Fiben por su muñeca herida—. Queremos presentaros a unas personas. Y esta vez no habrá distracciones.
Fiben apartó la mirada de Gailet cuando le dieron una sacudida en el brazo y empezó a andar trastabillando. Carecía de la fuerza necesaria para oponer resistencia.
Mientras sus capturadores lo conducían delante de Gailet, tuvo la primera ocasión de mirar a su alrededor. ¡Se hallaban a pocos cientos de metros de los límites de Puerto Helenia! Un par de chimps montados en una cosechadora en marcha lo miraban boquiabiertos.
Fiben y Gailet fueron conducidos a través de una pequeña puerta del muro alienígena, la barrera que se ondulaba con complacencia sobre el paisaje, como una red colocada con firmeza sobre sus vidas.
49. GALÁCTICOS
El Suzerano de la Idoneidad mostraba su agitación bufando y danzando en una serie breve de saltos sobre su Percha de Declamación. Las semiformadas ondas habían retrasado su aparición, reteniendo las noticias durante más de una rotación planetaria.
Bien era cierto que los supervivientes de la emboscada en la montaña estaban aún bajo los efectos del golpe. Su primer pensamiento había sido informar al mando militar. Y los militares, atareados como estaban aplastando las últimas insurrecciones en las llanuras cercanas, les hicieron esperar. ¿Qué era, después de todo, una pequeña escaramuza en las colinas comparada con el casi-efectivo asalto sufrido por la batería de defensa del espacio profundo?
El Suzerano podía comprender muy bien por qué se cometían tales errores, pero no dejaba de ser frustrante. El asunto de las montañas era en realidad mucho más importante que ninguna otra de las insurrecciones de la salvaje guerrilla.
—¡Tendríais que haberos extinguido, propiciado vuestro final, eliminados a vosotros mismos!
El Suzerano piaba y danzaba el castigo ante los científicos gubru. Los especialistas aún estaban desaliñados y con las plumas revueltas por su larga caminata de regreso desde las montañas. Ahora, además, habían caído en una profunda depresión.
—Al aceptar las conversaciones habéis injuriado, dañado, reducido nuestra idoneidad y nuestro honor. —El Suzerano terminó así su regañina.
Si hubieran sido militares, el sumo sacerdote habría exigido que ellos y sus familias pagaran una indemnización. Pero la mayoría de su escolta había resultado muerta, y los científicos estaban por lo general poco interesados en los asuntos de idoneidad, tenían menos conocimientos sobre ellos que los soldados.
El Suzerano decidió perdonarlos.
—Aunque vuestra decisión es comprensible, tendréis que sufrir las consecuencias. Hemos de cumplir la palabra que habéis dado.
Los técnicos danzaron aliviados. No sufrirían humillación ni algo peor al regresar a sus casas. Su solemne palabra no sería repudiada.
Esa palabra, sin embargo, iba a resultarles muy cara. Los científicos tenían que marcharse de inmediato del sistema de Garth y no podían ser sustituidos en un año como mínimo. Además, debían liberar igual número de humanos.
El Suzerano tuvo una idea repentina que le produjo un raro amago de esa extraña emoción: la diversión. Ordenaría la liberación de dieciséis humanos, de acuerdo, pero los chimps de las montañas no volverían a reunirse con sus tutores. ¡Los humanos liberados serían enviados a la Tierra!
Con esos cumpliría la palabra dada y la idoneidad. Bien era cierto que la solución iba a resultar muy costosa, pero no tanto como dejar sueltas a esas criaturas en el continente.
Resultaba asombroso creer que los neochimpancés hubiesen conseguido lo que los científicos testimoniaron que habían hecho en las montañas. ¿Cómo podía ser? Los protopupilos que habían observado en la ciudad y en el valle a duras penas parecían capaces de tales sutilezas.
¿Era posible que aún hubiera humanos allí?
La idea resultaba atemorizante, pero el Suzerano no la creía posible. Según el censo, la cantidad no controlada de humanos era una cifra demasiado pequeña para ser importante, y estadísticamente debían de estar todos muertos.
Por supuesto, tendrían que repetirse los bombardeos de gas. El nuevo Suzerano de Costes y Prevención se quejaría, ya que el programa había resultado muy caro, pero ahora el Suzerano de la Idoneidad se pondría totalmente de parte de los militares.
Sintió una débil excitación. El Suzerano de la Idoneidad notó un cosquilleo interior. ¿Era una señal anticipada del cambio de estado sexual? No debería empezar aún, con las cosas tan poco asentadas y el dominio entre sus compañeros tan poco definido. La Muda tenía que esperar hasta que se hubiera servido a la idoneidad y hasta que se hubiera alcanzado el consenso, de forma que quedase claro quién era el más fuerte.
El Suzerano gorjeó una plegaria a los desaparecidos Progenitores y los demás cantaron en respuesta.
Si hubiese una forma de saber qué cariz estaban tomando las batallas en la espiral galáctica… ¿Había sido ya encontrada la nave de los delfines? ¿Estaba la flota de alguna alianza trayendo de regreso a los Antiguos para que proclamasen el final de todas las cosas?
¿Había empezado ya el tiempo del Cambio?
Si el sacerdote hubiera sabido con seguridad que la Ley Galáctica se había roto, habría podido ignorar libremente esa inaceptable palabra dada y el reconocimiento de la sapiencia de los neochimpancés que se derivaba de ella.
Aunque había cierto consuelo. Incluso con los humanos a su lado para guiarlos, los casi-animales nunca sabrían la manera adecuada de aprovecharse de ese reconocimiento. Así funcionaban las especies de tipo lobezno: ignoraban las sutilezas de la antigua cultura galáctica, atacaban por la vía directa y casi siempre morían.
Consuelo, pió. Si, consuelo y victoria.