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—Señora Coordinadora —Kylie tenía una expresión afligida—, ¿se acuerda de aquella excelente transacción que hicimos, oh, veinte años atrás con respecto a un control electrónico y una fábrica de fotones? Eran una obra de arte a pequeña escala, ideales para un diminuto mundo colonial como el nuestro.

—Tu tío era entonces el Coordinador —asintió Megan—. Me parece que tu primera misión en el carguero fue la de terminar las negociaciones y traer la fábrica a Garth.

—Uno de sus principales productos —asintió Kylie cabizbajo— eran las fibras ópticas. Algunos dijeron que el negocio que habíamos hecho con los kwackoo era demasiado bueno para ser verdad. Pero, ¿quién iba a imaginar que ya tenían algo así en la mente? ¿Con tantos años de anticipación? Sólo por la remota posibilidad de que algún día quisieran…

—¡Los kwackoo! —Megan ahogó un grito—. Son pupilos de…

—Los gubru —asintió Kylie—. Esos malditos pájaros ya debieron pensar entonces que algún día podía ocurrir algo así.

Megan recordó lo que Uthacalthing había intentado enseñarle, que los caminos de los galácticos son caminos largos y pacientes como los planetas en sus órbitas. Alguien más se aclaró la garganta. Era el mayor Prathachulthorn, el bajo y corpulento oficial de los marinos de Terragens. Él y su pequeño destacamento eran los únicos soldados oficiales que habían quedado después de la batalla espacial y del inútil gesto de desafío en el cosmodromo de Puerto Helenia. Junto con Kylie se encargaba de las misiones secretas.

—Esto es muy grave, señora Coordinadora —comentó Prathachulthorn—. Las fibras ópticas producidas por esa factoría han sido incorporadas a casi todos los componentes de equipamiento civil y militar manufacturados en el planeta. Están presentes en todos los edificios. ¿Podemos tener confianza en los descubrimientos de su hijo? Megan estuvo a punto de encogerse de hombros pero su instinto de diplomática la hizo detenerse a tiempo. ¿Cómo demonios puedo saberlo?, pensó. Ese chico es un desconocido para mí. Miró al pequeño chimp que casi había muerto para traerle el mensaje de Robert. Nunca hubiera imaginado que su hijo pudiera inspirar tanta lealtad.

Se preguntó si lo envidiaba.

—El informe está firmado también por la tymbrimi Athaclena —dijo la teniente Lydia McCue. La joven oficial frunció los labios—. Eso es una segunda fuente de verificación —sugirió.

—Con todos mis respetos, Lydia —intervino el mayor Prathachulthorn—. La tym es poco más que una niña.

—¡Es la hija del embajador Uthacalthing! —espetó Kylie—. Y los técnicos chimps ayudaron a realizar el experimento.

—Entonces no disponemos de testigos verdaderamente cualificados. —Prathachulthorn sacudió la cabeza.

Varios consejeros lo miraron boquiabiertos. El único miembro neochimpancé, la doctora Suzinn Benirshke, se sonrojó y bajó la mirada, pero Prathachulthorn ni siquiera advirtió que había dicho algo insultante. El mayor no destacaba por su tacto. Y además, es marino, pensó Megan. Su cuerpo era la élite de las fuerzas armadas de Terragens, con el menor número de miembros delfines y chimps. Por ello, los marinos prácticamente sólo reclutaban hombres: un último bastión del antiguo sexismo.

—Sin embargo, debe admitir, mayor, que la idea es razonable. —El comandante Kylie hojeaba las toscas páginas del informe de Robert—. Explicaría nuestros reveses y el fracaso total en establecer contacto, tanto con las islas como con el continente.

—Razonable, sí —admitió el mayor Prathachulthorn al cabo de unos instantes—. De todas formas, debemos realizar nuestras propias investigaciones antes de iniciar una actuación basándonos en la veracidad del informe.

—¿Qué pasa, mayor? —preguntó Kylie—. ¿No le gusta la idea de dejar de lado su rifle quemador y agarrar un arco y unas flechas?

—En absoluto, señor —la respuesta de Prathachulthorn fue sorprendentemente apacible—, siempre que el enemigo vaya equipado de una forma similar. El problema reside en el hecho de que no es así.

El silencio reinó unos instantes. Nadie parecía tener nada que decir. La pausa terminó cuando el coronel Millchamp regresó a la mesa. Dio un manotazo sobre ésta y espetó:

—De todos modos ¿qué ganamos con esperar?

—¿Qué quiere decir, coronel? —Megan frunció el ceño.

—Lo que quiero decir es ¿qué hacen de útil nuestras fuerzas aquí abajo? —preguntó—. Poco a poco nos estamos volviendo locos. Mientras, en este preciso instante, la Tierra tal vez esté luchando por su existencia.

En este preciso instante es algo que no existe en el espacio interestelar —comentó el comandante Kylie—. La simultaneidad es un mito. El concepto está arraigado en el ánglico y en otras lenguas terrestres pero…

—Oh, déjense de metafísica —gritó Millchamp—. Lo importante es que podamos dañar a los enemigos de la Tierra. —Tomó los pliegos de corteza de árbol—. Gracias a las guerrillas sabemos dónde han situado los gubru la mayoría de sus instalaciones en el planeta. No importa cuántos trucos divulgados por la Biblioteca hayan estudiado los gubru porque no pueden evitar que lancemos contra ellos nuestras naves de oscilación.

—Pero…

—Tenemos tres escondidas que no han intervenido en la batalla espacial y los gubru no conocen su existencia. Si esos misiles son lo bastante buenos para los tandu, malditos sean sus corazones de siete cámaras, ¡seguro que bastarán para los objetivos de superficie gubru!

.—Y eso ¿de qué servirá? —preguntó apaciblemente la teniente McCue.

—¡Podemos someter unos cuantos picos gubru! El embajador Uthacalthing nos dijo que los símbolos son importantes en la guerra galáctica. Ahora mismo imaginan que hemos abandonado toda lucha, pero un golpe simbólico mostraría a la totalidad de las Cinco Galaxias que no hemos sido vencidos.

—Siempre me ha parecido extraño —intervino Megan Oneagle arrugando la nariz y hablando con los ojos cerrados— que el concepto de ataque por sorpresa de mis ancestros amerindios pudiera encontrar su lugar en una galaxia hipertecnológica. —Abrió los ojos—. Aunque podemos intentarlo, desde luego, si no encontramos otra manera de ser efectivos. Pero recuerden que Uthacalthing también recomendó paciencia. —Sacudió la cabeza—. Siéntese, por favor, coronel Millchamp. Siéntense todos. No estoy dispuesta a desperdiciar nuestra fuerza con un gesto heroico hasta que no sepa que es lo único que podemos hacer contra el enemigo.

«Recuerden que casi todos los humanos del planeta están como rehenes en las islas y sus vidas dependen de las dosis del antídoto de los gubru. Y en el continente están los pobres chimps, prácticamente solos y abandonados.

Durante todo el parlamento, los oficiales habían permanecido cabizbajos. Están frustrados, pensó Megan. Y no puedo recriminárselo.

Cuando empezó la guerra, cuando planeaban las formas de resistir a una invasión, nadie sugirió siquiera una contingencia como ésta. Tal vez unas gentes con más experiencia en las complejidades de la Gran Biblioteca, en el arcano arte de la guerra que los galácticos, con su antigüedad de eones, conocían, hubieran estado mejor preparados. Pero el sistema de los gubru habían hecho añicos sus modestos planes de defensa.

No había añadido una razón final por la que desaprobaba un gesto heroico. Los humanos tenían fama de ser muy poco refinados en el juego del formulismo galáctico. Un golpe de honor podía ser equivocado y dar a los enemigos, en cambio, una excusa para perpetrar mayores horrores.