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¡Oh, qué ironía! Si Uthacalthing estaba en lo cierto, era una pequeña nave terrestre, en medio de las Cinco Galaxias, la que había precipitado la crisis.

Realmente, los terrestres eran especialistas en buscarse problemas. Siempre habían tenido ese talento.

Megan miró al pequeño chimp del continente, el mensajero de Robert, que se aproximaba a la mesa llevando aún la manta. Sus oscuros ojos castaños mostraban su preocupación.

—¿Sí, Petri? —preguntó ella.

—Señora, el doctor quiere que me vaya a la cama —anunció el chimp después de inclinarse ante ella.

—Muy bien, Petri —asintió—. Estoy segura de que más tarde nos gustará que nos informes más …, hacerte algunas preguntas. Pero ahora debes descansar.

—Sí —se avino Petri—. Gracias, señora. Pero hay algo más. Algo que será mejor que le diga antes de que se me olvide.

—¿Sí? ¿Qué es?

El chimp parecía incómodo. Miró a los humanos que lo observaban y volvió a mirar a Megan.

—Es personal, señora. Algo que el capitán Oneagle me pidió que memorizase y le dijera.

—Oh, muy bien. —Megan sonrió—. ¿Me disculpan un momento, por favor?

Se fue con Petri al otro extremo de la sala y se sentó para tener los ojos a la altura de los del pequeño chimp.

—Cuéntame qué dijo Robert.

Petri hizo un gesto de asentimiento. Tenía los ojos extraviados.

—El capitán Oneagle me pidió que le dijera que la tymbrimi Athaclena es realmente la que está organizando el ejército. —Megan asintió. Ya lo había sospechado. Robert podía haber encontrado nuevos recursos, nuevas comprensiones, pero nunca había sido ni sería un líder nato—. El capitán Oneagle —prosiguió Petri— me dijo que le comunicara que era importante que la tymbrimi Athaclena tuviera legalmente el estatus de tutor sobre nuestros chimps.

—Muy listo. —Megan asintió de nuevo—. Podemos votarlo y ya le comunicaremos el resultado.

—Uf, señora. —El pequeño chimp sacudió la cabeza—. No podemos esperar. Así que, uf, se supone que debo decirle que el capitán Oneagle y la tymbrimi Athaclena han ratificado un… vínculo matrimonial… me parece que se llama así. Yo…

Se interrumpió bruscamente porque Megan se había puesto de pie.

Ella se volvió despacio hacia la pared y apoyó la frente en la fría piedra. Condenado chico estúpido, maldecía una parte de ella.

Era lo único que podían hacer, respondía otra parte.

Conque ahora soy suegra, añadía la voz más irónica de todas.

Bien era cierto que de aquella unión no habría descendencia. Los matrimonios entre individuos de especies distintas no eran para eso. Pero existían otras implicaciones.

A sus espaldas el concejo seguía el debate. Una y otra vez desechaban las opciones que iban surgiendo para acabar tan desprovistos de ideas como lo habían estado en los meses anteriores.

Oh, si Uthacalthing pudiese llegar hasta aquí, pensó Megan. Necesitamos su experiencia, su irónica sabiduría y su humor. Podríamos hablar, como solíamos hacerlo. Y tal vez podría aclararme esas cosas que hacen sentirse tan perdida a una madre.

Tuvo que reconocer que echaba de menos al embajador tymbrimi. Lo añoraba más que a cualquiera de sus tres maridos y más incluso, que Dios la ayudase, que a su desconocido hijo.

51. UTHACALTHING

Resultaba fascinante contemplar cómo Kault jugaba con una casi-ardilla, uno de los animales nativos de las llanuras meridionales. Atraía a la criatura tendiéndole unas nueces en sus enormes manos thenanias. Llevaba así una hora, mientras esperaban que declinase el fuerte sol del mediodía, resguardados bajo la sombra de un grupo de espinosas zarzas.

Uthacalthing se maravillaba ante semejante espectáculo. El universo nunca cesaba de sorprenderlo. Aunque era tosco y olvidadizo, el diáfano Kault era una fuente perpetua de asombro.

Temblando de nervios, la casi-ardilla hizo acopio de valor. Dio otro par de saltos hacia el inmenso thenanio y, alargando una de sus garras, le quitó una nuez.

Asombroso. ¿Cómo lo conseguía Kault?

Uthacalthing reposaba bajo la bochornosa sombra. No reconocía la vegetación de las tierras altas que dominaban el estuario donde su nave había caído, pero sintió que se estaba familiarizando con los aromas, los ritmos, el dolor latiente de la vida diaria que brotaba y fluía por todas partes en aquel claro engañosamente tranquilo.

Su corona le transmitió señales de pequeños predadores que esperaban el fin de la hora más calurosa para continuar su acecho de presas aun más diminutas. No había grandes animales, por supuesto, pero Uthacalthing captó un enjambre de insectoides que volaban a ras de suelo, afanándose en encontrar bocaditos para su reina entre la maleza.

La pequeña casi-ardilla estaba tensa. Dudaba entre la precaución y la glotonería a medida que se acercaba cada vez más para comer de la mano extendida de Kault.

Es raro que lo haga. Uthacalthing se preguntó por qué la ardilla confiaba en Kault, tan grande, tan intimidante y poderoso. La vida en Garth era agitada y paranoide a causa de la catástrofe bururalli, cuyo lienzo mortal todavía colgaba sobre las estepas al este y al sur de las Montañas de Mulun.

Kault no podía tranquilizar a la criatura como lo haría un tymbrimi, glifocantándole en suaves tonos de empatía. Los thenanios tenían tanto sentido psi como una piedra.

Pero Kault le hablaba en su propio y muy modulado dialecto galáctico. Uthacalthing escuchaba.

—¿Conoces —vista, sonido, imagen— la esencia del destino de los tuyos, pequeña? ¿Llevas —genes, esencia, destino— de surcadores de estrellas?

La casi-ardilla temblaba, con los carrillos llenos. El pequeño animal parecía hipnotizado. La cresta de Kault se ahuecó expandiéndose, mientras sus ranuras respiratorias gemían a cada húmeda exhalación. El thenanio no podía comunicarse con la criatura, al menos no como Uthacalthing podría, y, sin embargo, ésta parecía sentir el amor de Kault.

Qué irónico, pensó Uthacalthing. Los tymbrimi vivían la vida sumergidos en el eterno fluir de la música de la vida y, no obstante, él no se sentía personalmente identificado con el diminuto animal. Después de todo, era uno entre los cientos de millones. ¿Por qué tenía que importarle aquel ser en concreto?

Pero Kault amaba a la criatura. Sin sentido de empatía, sin ningún vínculo directo de ser-a-ser, la estimaba de modo totalmente abstracto. Amaba lo que esa pequeña cosa representaba, su potencial.

Muchos humanos siguen afirmando que es posible tener empatía sin sentido psi, pensó Uthacalthing. «Meterse en los zapatos de otro», rezaba la antigua metáfora. Siempre había creído que era una de esas pintorescas ideas previas al Contacto, pero ahora ya no estaba tan seguro. Tal vez los terrestres estaban a mitad de camino entre los thenanios y los tymbrimi en su capacidad de empalizar con los demás.

Los congéneres de Kault creían apasionadamente en la Elevación, en el potencial de las diferentes formas de vida que, a la larga, podían alcanzar la sapiencia. Los Progenitores de la cultura galáctica, desaparecidos desde hacía mucho tiempo, lo habían ordenado hacía miles de millones de años y los thenanios habían seguido el mandato al pie de la letra. Su fanatismo intransigente en este asunto distaba mucho de ser admirable. En tiempos como los presentes, con la galaxia conmocionada, los hacía terriblemente peligrosos.