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Pero ahora, por irónico que pareciese, Uthacalthing contaba con aquel fanatismo: intentaba ponerlo en acción para sus propios designios.

La casi-ardilla cogió otra nuez de la mano que Kault le tendía y decidió que ya tenía bastante. Agitando su cola en forma de abanico se escabulló a toda prisa por la maleza. Kault se dio vuelta para mirar a Uthacalthing, con las ranuras respiratorias de su garganta aleteando al respirar.

—He estudiado informes genéticos compilados por los ecólogos terrestres —dijo el cónsul thenanio—. Este planeta tenía un potencial impresionante hace sólo unos milenios. Nunca se debió ceder a los bururalli. La pérdida de las formas más desarrolladas de vida en Garth ha sido una tragedia.

—Los nahalli fueron castigados por lo que hicieron sus pupilos ¿no? —preguntó Uthacalthing aunque ya sabía la respuesta.

—Claro. Fueron degradados al estatus de pupilos y puestos bajo el cuidado de un clan tutor más antiguo. El mío, de hecho. Es un caso muy triste.

—¿Por qué?

—Porque los nahalli son en realidad gentes muy maduras y educadas. Simplemente, no comprendieron los matices necesarios para elevar a carnívoros puros y fracasaron estrepitosamente con los bururalli. Pero el error no fue sólo suyo. El Instituto Galáctico de Elevación tendría que cargar con parte de la culpa.

Uthacalthing reprimió una sonrisa al estilo humano. En lugar de ello, su corona se enrolló en espiral para formar un débil glifo, invisible para Kault.

—¿Ayudarían las buenas noticias de aquí, de Garth, a los nahalli? —preguntó.

—Por supuesto. —Kault expresó el equivalente de un encogimiento de hombros con el movimiento de su cresta—. Nosotros, los thenanios, no estábamos en modo alguno comprometidos con los nahalli cuando sucedió la catástrofe, claro, pero eso cambió cuando fueron rebajados de categoría y puestos bajo nuestra tutela. Ahora, por adopción, mi clan comparte la responsabilidad de este lugar agraviado. Por eso se envió aquí un cónsul, para asegurarse de que los terrestres no dañaban más este afligido mundo.

—¿Y lo hacen?

—¿Si hacen qué? —Kault cerró los ojos y los abrió de nuevo.

—Si los terrestres están llevando a cabo una mala gestión.

—No. —La cresta de Kault se agitó de nuevo—. Nuestras especies, la de ellos y la mía, pueden estar en guerra, pero no he encontrado aquí nuevos agravios de que culparlos. Su programa de recuperación ecológica era ejemplar. En cambio voy a redactar un informe con respecto a las actividades de los gubru.

Uthacalthing creyó detectar cierta amargura en la voz de Kault. Habían visto ya signos de colapso en el esfuerzo terrestre de recuperación ambiental. Dos días antes habían pasado junto a una estación de mejora, ahora abandonada, con sus trampas de muestras y sus jaulas de tests oxidándose. Los recipientes para el almacenamiento de genes se habían estropeado al fallar la refrigeración.

Encontraron una dolorosa nota donde un ayudante ecólogo neochimpancé explicaba que había decidido abandonar su puesto para ayudar a un colega humano enfermo, y emprender el largo camino hasta la costa en espera de recibir el antídoto contra el gas de coerción.

Uthacalthing se preguntó si habrían logrado llegar. Estaba claro que el antídoto había sido dosificado. El puesto de civilización más cercano estaba muy lejos de allí, incluso para un coche flotador.

Era evidente que los gubru se alegraban de dejar la estación despoblada.

—Si esto continúa, deberé documentarlo —dijo Kault—. Me alegro de que me permitiera persuadirlo de regresar a través de regiones habitadas. Así podremos recoger más datos sobre estos delitos.

Esta vez Uthacalthing sonrió ante las palabras que había elegido Kault.

—Tal vez encontremos algo interesante —admitió.

Continuaron su recorrido cuando el sol, Gimelhai, descendió de su ardiente cénit.

Los llanos al sudeste de las Montañas de Mulun se extendían como las crestas ondulantes de las olas de un apacible mar, solidificadas sobre la tierra. A diferencia del Valle del Sind y de las tierras abiertas del otro lado de las montañas, aquí no había signos de vida vegetal o animal introducida por los ecólogos terrestres: sólo criaturas nativas de Garth.

Y agujeros vacíos.

Uthacalthing sintió la escasez de especies como una brecha vacía en el aura de aquella tierra. La metáfora que le vino a la mente fue la de un instrumento musical al que le faltaban la mitad de sus cuerdas.

Sí. Apta. Poéticamente aceptable. Esperaba que Athaclena siguiese su consejo y estudiara esta forma terrestre de contemplar el mundo.

En su interior profundo, a nivel de nahakieri, la pasada noche había soñado con su hija. El sueño la representaba con la corona desplegada, captando la teatral y aterrorizante belleza de una visita de tutsunucann. Uthacalthing se despertó temblando en contra de su voluntad, como si un instinto lo llevase a ahuyentar aquel glifo.

Sólo a través del tutsunucann, podría haberse enterado de más cosas referentes a su hija, de cómo viajaba y qué hacía, pero tutsunucann sólo destelló… la esencia de la expectación temerosa. Por ese centelleo supo que aún vivía. Nada más.

Por ahora me tendré que conformar con esto.

Kault llevaba casi todos los suministros. El gran thenanio caminaba a un paso regular, no demasiado difícil de seguir. Uthacalthing reprimió los cambios corporales que le hubieran facilitado la caminata por un breve período pero que, a la larga, le hubieran resultado costosos. Se permitió sin embargo aplastar sus fosas nasales y ensancharlas para que entrase más aire, a la vez que evitaba el omnipresente polvo.

Frente a ellos se alzaban unos pequeños cerros coronados por árboles y, algo alejado del camino que seguían hacia las distantes y rosadas montañas, el cauce de un arroyo. Uthacalthing consultó la brújula y se preguntó si las colinas serían conocidas. Lamentaba haber perdido su registrador inercial de dirección en el choque. Si pudiera estar seguro…

Ahí, parpadeó. ¿Había imaginado ese tenue destello azul?

—Kault.

El thenanio se detuvo y se dio media vuelta hacia Uthacalthing.

—¿Ha dicho algo, colega?

—Kault, creo que tenemos que tomar esa dirección. Podemos llegar a las colinas a tiempo de instalar el campamento y comer antes del anochecer.

—Hum, está un poco alejado de nuestro camino. —Kault jadeó—. Muy bien, le haré caso. —Y sin pensarlo más enfiló hacia las tres colinas cubiertas de vegetación.

Faltaba como una hora para la puesta de sol cuando llegaron al arroyo y empezaron a montar el campamento. Mientras Kault levantaba el refugio camuflado que llevaban, Uthacalthing analizó unos frutos rojos, oblongos y pulposos que colgaban de las ramas de unos árboles cercanos. Su medidor portátil los declaró nutritivos. Tenían un sabor dulce y penetrante.

En cambio, las semillas de su interior eran duras y fuertes. Era evidente que habían evolucionado para poder soportar los jugos gástricos, atravesar el sistema digestivo de un animal y esparcirse en la tierra con sus heces. Era una adaptación muy frecuente de los árboles frutales en una gran variedad de mundos.