Выбрать главу

Seguramente, algún gran omnívoro había dependido de esta fruta como fuente alimenticia y devolvía el favor al árbol dispersando sus semillas aquí y allá. Si tenía que encaramarse para procurarse el alimento lo más probable es que tuviera unas manos rudimentarias. Tal vez hasta poseía Potencial. Tales criaturas podrían haberse convertido en presensitivas, entrar en el ciclo de la Elevación y llegar a ser una refinada raza.

Pero todo eso había desaparecido con los bururalli. Y no sólo habían muerto los grandes animales. Los frutos del árbol estaban ahora demasiado próximos a los que les precedieron. Pocos embriones habían conseguido romper las semillas endurecidas tras pasar por los estómagos de los desaparecidos simbiontes. Pero esos árboles jóvenes que habían conseguido germinar, languidecían ahora como sombras de sus antecesores.

Allí tendría que haber habido un gran bosque en lugar de esos escasos y miserables árboles.

Me pregunto si éste es el lugar, pensó Uthacalthing. Había tan pocas señales en aquella sinuosa llanura… Miró a su alrededor pero no divisó más destellos azules.

Kault estaba sentado a la entrada de su refugio y silbaba graves y átonas melodías a través de sus ranuras respiratorias. Uthacalthing dejó caer delante de él un puñado de frutos y luego se dirigió hacia el rumoroso arroyo. La corriente discurría sobre un banco de piedras semitransparentes que reflejaban los rojos matices del ocaso.

Ahí fue donde Uthacalthing encontró el artefacto.

Se inclinó y lo recogió para examinarlo.

Cuarzo local, descantillado y pulido, con bordes cortantes y un extremo romo y redondeado para poder asirlo…

La corona de Uthacalthing se onduló. El lurrunanu tomó forma de nuevo, fluctuando entre sus zarcillos plateados. El glifo giró despacio al tiempo que Uthacalthing volvía en su mano el hacha de piedra para contemplar la primitiva herramienta.

El lurrunanu vigilaba a Kault que seguía silbando en la ladera del cerro. De pronto el glifo se tensó y se lanzó hacia el voluminoso thenanio.

Herramientas de piedra, uno de los distintivos de la presensitividad, pensó Uthacalthing. Le había pedido a Athaclena que estuviese atenta ya que existían rumores.… historias que hablaban de cosas que se habían visto en las zonas deshabitadas de Garth.

—¡Uthacalthing!

Se volvió, escondiendo el artefacto tras la espalda, y respondió al thenanio:

—¿Sí, Kault?

—Yo… —Kault parecía inseguro—. Metoh kanmi, b’twuü’ph… yo… —Kault sacudió la cabeza. Cerró los ojos y los abrió de nuevo—. Me pregunto si al analizar estas frutas ha considerado también si son adecuadas a mis necesidades.

Uthacalthing suspiró. ¿Qué le pasa? ¿Acaso los thenanios son curiosos?

Dejó caer el objeto de entre sus manos y éste fue a parar al barro del río, donde lo había encontrado.

—Claro, colega. Son nutritivos siempre y cuando no se olvide de tomar sus suplementos.

Regresó a reunirse con su compañero para una cena sin hoguera bajo el creciente brillo de las luces de las galaxias.

52. ATHACLENA

Los gorilas bajaban por las dos escarpadas márgenes del angosto cañón, sujetándose a las desgarradas enredaderas de la jungla. Se deslizaban con cautela junto a las humeantes grietas abiertas en el acantilado por las recientes explosiones. Los corrimientos de tierra aún eran un peligro, pero ellos avanzaban a toda prisa.

Al bajar pasaron a través de brillantes arcos iris. Su pelaje resplandecía bajo las diminutas gotas de agua.

Un terrible ruido acompañaba su descenso, resonando en las paredes del precipicio y no dejando oír sus jadeantes respiraciones. El estruendo había ocultado el sonido de la batalla y sofocado los bramidos de la muerte que había rugido allí hacía pocos minutos. La ruidosa catarata había tenido un competidor, aunque no por mucho tiempo.

El torrente que antes caía sobre brillantes y pulidas piedras lo hacía ahora sobre polímeros y trozos rotos de metal. Los peñascos desprendidos de las paredes del precipicio habían arrastrado esos residuos a los pies de la catarata, donde el agua se ocuparía de pulirlos.

—No queremos que averigüen cómo hemos manejado todo esto —le dijo Athaclena a Benjamín desde lo alto del cañón.

—El filamento que tendimos detrás de la catarata tenía un tratamiento previo para desintegrarse en seguida. Dentro de pocas horas ya no existirá. Cuando llegue el equipo de socorro del enemigo no podrá saber cómo nos las apañamos para atrapar a esta cuadrilla.

Vieron cómo los gorilas se unían a un grupo de luchadores chimps y se ponían a husmear entre los restos de los tres tanques flotadores de los gubru. Satisfechos de que todo hubiera terminado al fin, los chimps se colgaron los arcos a la espalda y empezaron a recoger fragmentos de las naves, mientras ordenaban a los gorilas que quitasen de en medio alguna piedra o algún pedazo de plancha acorazada.

El enemigo había llegado muy deprisa, siguiendo el olor de las presas escondidas. Sus instrumentos indicaban que había alguien oculto detrás de la cascada. Y, como escondrijo, resultaba un sitio perfectamente lógico, protegido por una barrera que dificultaba la penetración de sus detectores. Sólo sus escaners especiales de resonancia habían logrado detectar a los terrestres, que habían ocultado allí piezas de tecnología.

Para pescar por sorpresa a los que estaban escondidos, los tanques se habían situado justo encima del cañón, cubiertos en su parte superior por un enjambre de sondas de guerra de la mejor calidad, listas para el combate.

Pero no habían encontrado una batalla a la que hacer frente. De hecho, no había ningún terrestre detrás de la cascada; únicamente unos haces de fibra delgada como hilos de una telaraña.

Y un cable disparador.

Y, a lo largo de las paredes del acantilado, varios cientos de kilos de nitroglicerina de fabricación casera.

El agua, al caer, había dispersado el polvo, y las corrientes arremolinadas se habían llevado miríadas de fragmentos diminutos. Sin embargo, la mayor parte de la fuerza de choque gubru todavía se hallaba en el mismo sitio en que la había sorprendido la explosión que hizo temblar las paredes del cañón y llenó el cielo de una lluvia de oscura piedra volcánica.

Athaclena vio a un chimp salir de entre los restos de las naves. Dio un salto con un misil mortal en la mano. Pronto las mochilas de los gorilas estaban repletas de municiones alienígenas. Los grandes presensitivos empezaron otra vez a trepar a través de la cascada multicolor.

Athaclena escudriñó los pequeños retazos de cielo azul visibles entre la bóveda de follaje. En pocos minutos llegarían los refuerzos del invasor. Las fuerzas irregulares de la colonia tenían que marcharse de inmediato o correrían el mismo destino que los pobres chimps que habían organizado la insurrección en el Valle del Sind la semana anterior.

Después de aquel desastre, unos pocos fugitivos habían conseguido llegar a las montañas. Fiben no se encontraba con ellos y ningún mensajero se había presentado con las prometidas notas de Gailet Jones. Debido a la falta de información, el grupo de Athaclena sólo podía hacer suposiciones sobre lo que tardarían los gubru en responder a esta última emboscada.