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En el grupo de cabeza se produjo un pequeño revuelo. Unas rápidas señas manuales se propagaron a través de los claros de los árboles, y sus acompañantes, los chimps directamente responsabilizados de su seguridad, le indicaron con gestos que se desviase hacia el lado oeste del cañón, resguardado del viento. Después de escalar unos cuantos metros más supo el porqué. En aquel húmedo ambiente, pudo distinguir el mohoso y dulzón olor del polvo de coerción, del metal corroído y de la muerte.

Pronto llegó a un punto desde el que se divisaba el pequeño valle y, al otro lado, una delgada cicatriz ya casi cubierta por nuevas capas de vegetación, que terminaba junto a un amasijo de maquinaria, en otro tiempo brillante, pero ahora totalmente chamuscada y rota.

Los chimps susurraron mientras los exploradores intercambiaban señales. Se aproximaron nerviosos y empezaron a examinar los restos mientras otros, con las armas en la mano, vigilaban el cielo. Robert creyó ver unos huesos blancos, ya pelados por la siempre hambrienta jungla, que destacaban entre los restos de los aparatos. Si hubiera intentado aproximarse, los chimps se lo hubieran impedido físicamente, así que decidió esperar a que volviera Elsie con información.

—Llevaban exceso de carga —dijo ella, señalando la caja negra de la nave. Era evidente que la emoción le impedía seguir hablando—. Intentaban llevar demasiados humanos a Puerto Helenia, al día siguiente de que usaran por primera vez el gas toma-rehenes. Algunos estaban muy enfermos y ése era el único transporte que poseían. El aparato no pudo salvar ese pico de ahí arriba —señaló unas montañas hacia el sur envueltas en un manto de bruma—. Tiene que haber golpeado contra las rocas una docena de veces por lo menos para ir a caer tan lejos. ¿Debemos… debemos dejar aquí un par de chimps? ¿Algún… algún detalle funerario?

—No. —Robert golpeó el suelo con el pie—. Que dejen una marca y lo señalen en el mapa. Ya le preguntaré a Athaclena si debemos fotografiarlo para usarlo como prueba. Mientras, dejemos que Garth tome de ellos lo que necesite. Yo…

Se dio vuelta. Los chimps no eran los únicos que no encontraban palabras adecuadas en aquel momento. Con un gesto de la cabeza ordenó al grupo proseguir la marcha. Mientras continuaban el ascenso, los pensamientos de Robert se llenaron de ira. Tenía que haber una forma mucho más efectiva de dañar al enemigo que las que habían utilizado hasta el momento.

Unos días atrás, en una oscura noche sin luna, había contemplado cómo un grupo de doce chimps seleccionados atacó un campamento gubru cabalgando sobre el viento en un planeador de fabricación casera. Allí habían dejado caer nitroglicerina y bombas de gas, y escapado luego bajo la luz de las estrellas antes de que el enemigo supiese siquiera qué ocurría.

Hubo ruido y humo, tumulto y gritos confusos, pero no lograron conocer el resultado de la incursión. Recordaba, empero, lo poco que le había gustado quedarse observando desde fuera. El era un piloto preparado y estaba más cualificado que cualquiera de aquellos chimps de las montañas para una misión de aquel tipo.

Pero Athaclena había dado severas instrucciones que los chimps habían cumplido al pie de la letra. La vida de Robert era sagrada.

Es culpa mía, pensó mientras cruzaba un espeso soto. Al convertir a Athaclena en su consorte formal le había dado el estatus que necesitaba para dirigir aquella pequeña insurrección… pero también cierto grado de autoridad sobre él. Ya no podía hacer lo que le viniese en gana.

En cierta manera, ella era ahora su esposa. Vaya matrimonio, pensó. Athaclena seguía modificando su físico para parecer más humana, pero eso sólo conseguía recordarle lo que no podía hacer, cosa que frustraba a Robert. No era de extrañar que los matrimonios entre especies distintas fuesen tan poco habituales.

Me presunto qué piensa Megan de estas noticias… ¿habrá conseguido nuestro mensajero llegar hasta ella?

—Pssst.

Miró hacia la derecha. Elsie colgaba de una rama y señalaba montaña arriba, donde una abertura en la niebla dejaba a la vista unas altas nubes que se deslizaban, como botes con fondo de cristal, sobre capas de presión invisibles en el cielo azul intenso. Bajo las nubes se divisaba la falda de una montaña cubierta de árboles. De ella se elevaban pequeñas espirales de humo.

—El monte Fossey —anunció Elsie sucintamente.

Y Robert supo de inmediato por qué los chimps creían que aquél podía ser un lugar seguro… lo bastante seguro para sus preciados gorilas.

Junto al mar de Cilmar existían sólo unos cuantos volcanes semiactivos. Y, sin embargo, en las Montañas de Mulun había lugares en los que la tierra temblaba y, muy de tarde en tarde, brotaba lava. La cordillera estaba aún desarrollándose.

El monte Fossey silbaba. El vapor se condensaba en formas hirsutas y ondulantes sobre orificios geotermales donde humeaban unos estanques de agua caliente y, de modo intermitente, se elevaban en espumosos geiseres. Las omnipresentes enredaderas de transferencia se reunían aquí procedentes de todas direcciones, retorciéndose como grandes cables mientras se encaramaban, serpenteantes, por los flancos del volcán medio dormido. Allí efectuaban sus intercambios, en oscuras y humeantes charcas donde los microelementos que se habían filtrado a través de los estrechos senderos de piedra caliente entraban a formar parte finalmente de la economía del bosque.

—Tendría que haberlo adivinado —rió Robert. Los gubru no podrían detectar nada en aquel lugar. Unos cuantos antropoides desnudos no destacarían en medio de todo aquel calor, espuma y mescolanza química. Si alguna vez los invasores se acercaban a investigar, los gorilas y sus guardianes podían esconderse en las junglas circundantes y volver después de que se marcharan los intrusos—. ¿De quién fue la idea? —preguntó mientras se acercaban, avanzando bajo el espeso follaje del bosque. El olor de azufre se hacía más intenso.

—Se le ocurrió a la general —respondió Elsie.

Comprendo. Robert no tenía resentimiento. Los tymbrimi en general eran astutos… pero Athaclena era muy brillante y él sabía que su propia inteligencia no estaba muy por encima de la media humana, si es que la rebasaba.

—¿Por qué no se me dijo nada de esto?

—Hummm… —Elsie parecía incómoda—. Nunca lo preguntó, ser. Andaba usted ocupado con otros experimentos, descubriendo lo de las fibras ópticas y los aparatos de detección del enemigo. Y…

Su voz se fue apagando.

—¿Y? —insistió él.

—Y no estábamos seguros —se encogió de hombros— de que tarde o temprano no fuera atacado por el gas de coerción. De ser así, lo llevarían a la ciudad para recibir el antídoto y le harían preguntas, tal vez lo psi-interrogarían.

Robert cerró los ojos y los volvió a abrir.

—De acuerdo —asintió—. Por un momento creí que no confiabas en mí.

—¡Ser!

—No tiene importancia. —Una vez más Athaclena había sido lógica, había tomado la decisión acertada. Quería pensar en ello lo menos posible.

—Vayamos a ver a los gorilas.

Estaban sentados en pequeños grupos familiares y se los podía distinguir a distancia: mayores, más oscuros y más peludos que sus primos neochimpancés. Sus enormes y cónicos rostros, negros como la obsidiana, tenían una expresión tranquila y concentrada mientras comían, se acicalaban unos a otros o se dedicaban a la principal tarea que se les había asignado, la de tejer ropa para la guerra.