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Sin dejar de correr llegó al patio interior y, cegada por el sol, de pronto se detuvo.

– Estaba al pie de la escalerilla con el arco aún en la mano -explicó con orgullo el guardia, que mostró el arma como un trofeo y, con la mano libre, zarandeó a su presa del hombro con tanta fuerza que casi lo hizo caer.

Simún se quedó atónita.

El preso se resistía con ira:

– ¡Ha escapado por allí atrás, rápido, estáis locos, vais a dejarlo escapar!

No dejaba de intentar quitarse las ataduras, hasta que alguien le dio un golpe con una lanza en la cabeza.

Simún tragó saliva cuando vio que le caía sangre por la frente. El preso se arrodilló y permaneció un momento aturdido, después sacudió la cabeza con fuerza y se irguió de nuevo entre gemidos.

– Sólo he cogido el arco de donde él lo ha dejado caer.

En ese momento su mirada se cruzó con la de Simún.

– Yada -susurró ella.

El muchacho la miró con una sonrisa. Cómo había deseado Simún pocos minutos antes que le sonriera así… Había anhelado que llegara el final de la ceremonia y las deliberaciones del consejo para poder abrir la puerta sellada y bajar al jardín a buscarlo. De pronto estaban rodeados de guerreros en un patio polvoriento. No podía creerlo.

Marub se abalanzó entonces hacia él.

– ¡Tú! -bramó, y levantó del suelo al odiado jardinero. Lo dejó colgando ante sí con las piernas en el aire-. ¡Conque eras tú! Te advertí que si alguna vez te encontraba con un arma en la mano, perro cobarde…

– ¡Marub! ¡Marub! -Simún tuvo que gritar dos veces su nombre para que soltara a su víctima a regañadientes.

– No he traído mi pala. Si no, llevarías más cuidado.

Yada gimió al ponerse de pie y sacudió la cabeza como si quisiera deshacerse del dolor. Señaló con las manos atadas al guardián de Simún y sonrió con malicia.

El gigante gruñó, pero obedeció la orden de Simún y se quedó donde estaba.

– Déjalo hablar -pidió ésta, y agachó la cabeza.

No era capaz de hablarle directamente ni de mirarlo a los ojos.

El jardinero, por el contrario, se dirigió a ella:

– Quería subir al tejado para verte -dijo-. Pero algún otro ha tenido la misma idea. Cuando he querido subir por la escalerilla, me ha dado una patada en el hombro y después ha saltado ahí atrás, donde está esa paja amontonada. -Se volvió a medias y señaló-. Ha dejado ahí el arco y se ha ido corriendo como un loco por esa puerta. No he visto más que su manto y el pañuelo negro que le cubría el rostro. -Bajó la cabeza e intentó buscar la mirada de ella.

– No hemos visto a nadie más -dijeron las voces de los guardias, y Simún se estremeció-. Pero él estaba justo ahí, con el arco en la mano.

La reina alzó entonces la mirada y vio el montón de paja en el rincón. Un perro pardo y flaco olfateó sin ganas unas briznas antes de marcharse moviendo la cola. Simún respiró hondo.

Quería decirle que lo creía, abrió incluso la boca… Pero volvió a cerrarla.

– ¡Simún! -exclamó Yada en voz baja.

Ella cerró los ojos con todas sus fuerzas para conjurar su imagen. Le habría gustado poder cerrar también los oídos. «Simún.» Se sintió mareada, pero Yada seguía ahí. ¡Yada! Como a punto de morir ahogada abrió los ojos y la boca.

– Yo… -empezó a decir, carraspeó, oía un grito en su interior: «Quiero creerte. ¡Quiero! ¡De verdad que quiero! ¡Tengo que creerte!»

– ¡Mi reina! -Era la voz de Bayyin, sonora y afinada como un gong, pensada para erizarles el vello a los creyentes.

El sacerdote se llegó junto a ella y tiró de su manto de leopardo como si quisiera recordarles a todos su posición. Simún se sintió demasiado débil para preguntarle qué quería. Le parecía un milagro seguir de pie sin caerse, erguida. Sólo encontraba apoyo en la mirada de Yada, de la cual, ahora que había vuelto a encontrarla, ya no quería separarse.

– Creo que puedo explicar este asunto.

– Ah, ¿sí? -dijo Simún con cansancio.

Ni sus ojos ni su voluntad querían apartarse de Yada.

– Ese de ahí, de hecho… -La voz de Bayyin retumbó como en una ceremonia-: No es un simple jardinero.

– No -susurró Simún.

Por supuesto que no, eso era cierto. Entonces lo vio claro, sí, no podía ser de otra forma. «Demasiado hermoso -oyó susurrar en su interior-, demasiado inteligente, envuelto en demasiado misterio.» Todo lo que amaba en él le decía que era algo más de lo que parecía. Sonrió sin querer.

Sin embargo, la voz de Bayyin siguió bramando:

– Es el hijo de Ausun, el rey del vencido Hadramaut.

– ¿Qué? -preguntó Simún, y parpadeó.

De repente sintió en la lengua el polvo que habían levantado los pies de todos esos hombres en el patio.

Hadramaut, osario, guerra y sometimiento, política e intrigas, ¿de eso trataba todo aquel asunto? Malditos el aroma del jazmín y los cuentos relatados a escondidas.

En ese momento el sol se puso tras los muros y sumió al patio en sombras. Simún se tragó las lágrimas. Entre el murmullo que se alzaba por doquier, sólo ella permanecía callada. Cuánta banalidad.

– ¿Cómo sabéis eso? -oyó que preguntaba Marub, y Bayyin le respondió con un detallado informe sobre las comunicaciones de sus espías que apenas si rozó los oídos de Simún.

– Alguien tiene que haberle ayudado -constató su guardián.

Otro propuso entonces:

– Preguntémosle a él.

Fue Marub quien agarró la lanza y la apretó contra el cuello de Yada hasta que le hizo sangre.

– Hace ya tiempo encontramos incluso tu dromedario -dijo, y apretó un poco más-. El animal con el que llegaste. Qué necio fuiste al dejarlo libre por ahí. Y ahora dinos a quién venías a ver.

– No sé de qué me hablas -jadeó Yada.

La punta de la lanza no le dejaba hablar bien. De nuevo buscó la mirada de Simún, que daba media vuelta para irse ya.

– ¡Simún! -exclamó con sus últimas fuerzas-. Vine a ver a la pretendida que me rechazó.

Simún se quedó quieta.

– Y la vi.

Ella alzó la cabeza, indecisa, sin saber qué hacer.

– Sí, me aconsejaron que te matara -siguió diciendo.

Marub lo zarandeó.

– Eres un recondenado bicho de Karib y morirás por ello.

– ¡Pero yo me negué! -gritó Yada-. ¡Preguntadle a Karib! ¡Pregúntatelo a ti misma!

– ¡Desvergonzado!

Simún oyó el bofetón con el que Marub había hecho callar a Yada y cerró los ojos.

Bayyin se inclinó hacia ella.

– Karib le dijo a mi hombre que tenía aquí a un asesino que podía acercarse mucho a ti -explicó en susurros.

Sobresaltado, retrocedió al ver el fulgor de su mirada.

– ¿Y cuándo-siseó Simún-tenías pensado comunicarme todo eso, Bayyin?

Una sombra de vergüenza cubrió por primera vez el negro rostro del sacerdote, que bajó la cabeza.

– Tenía que reflexionar -dijo, y se irguió con la esperanza de recuperar un poco de dignidad.

Simún alzó las cejas con ironía.

– Déjame adivinar sobre qué.

Apretó los puños. Le habría gustado gritarle toda su furia y su frustración. Todos, todos la traicionaban. La oleada de ira acabó con todas las dudas.

– Apresadlo -dijo sin volverse una sola vez.

Salió de la casa todo lo deprisa que pudo y corrió a la escalinata. No quería volver a oír siquiera los pasos de Yada tras de sí, no quería saberlo cerca. Sin embargo, los guardias de Marub lo condujeron diligentemente tras ella. Tuvieron que hacer atrás a la muchedumbre con sus lanzas, pues la gente, iracunda, quería lanzarse contra el preso. Lo habrían linchado de no haberse mostrado Marub tan firme.