Oyó un ruido, se volvió y, sorprendida, vio a Incienso. Por supuesto, allí estaba su criada; casi la había olvidado durante su largo viaje. Habían sucedido tantas cosas… Saludó a la muchacha con una sonrisa, aunque ella se mostró reservada. También eso le pareció bien a Simún esa tarde.
– Haz que lo limpien todo -ordenó- y tráeme vino.
Miró en derredor. Sí, ahí estaban los almohadones sobre los que se había arrodillado con la cabeza de Shamr en el regazo hasta que por fin entró su padre y, con su sonrisa, acabó con todas sus dudas.
– Ocúpate de que le pongan pimienta y almizcle -dijo-. Y trae también licor de pasas. -Se recostó en los almohadones púrpura-. Hoy quiero comprobar de qué es verdaderamente capaz el jashiriyya.
El vaso de alabastro había pasado ya muchas veces por los labios de Simún. Sin embargo, casi todas esas muchas veces había vuelto a bajar enseguida. No bebía mucho, pues no dejaba de hablar.
Con todo detalle fue relatándole a Incienso cuanto había visto y oído, lo que le habían dicho y confesado en secreto. Lo que había sabido Bayyin por sus espías y lo que le había dado vueltas en la cabeza durante todo el viaje de regreso desde Jerusalén, sobre la vida, el amor y Yada. Era una historia larga, y no era fácil de abarcar, pues Simún no omitía ninguna de sus dudas ni los reparos que se habían apoderado de ella.
– Y, aun así, no es lógico -dijo entonces por enésima vez, con la lengua ya algo torpe.
También la cabeza le daba vueltas preocupantemente. Se pasó la mano por la cara, nerviosa. Su padre no había tenido razón en eso, aquella ebriedad no era sana, sólo nublaba el cerebro, y ella tenía muchas cosas sobre las que reflexionar con urgencia.
– Si mi madre y él eran cómplices, ¿por qué, entonces, la ira de ella? ¿Eh?
Volvió a llevarse el vaso a la boca.
Incienso fue lo bastante lista para no responder. Se limitaba a servirle vino, despabilar la lámpara, secar las gotas de la mesa, ahuyentar a los molestos insectos que atraía la luz en la noche y escuchar a su reina.
– Ese Karib tampoco ha dicho una palabra sobre Yada. Sólo que él sabe lo que hay que hacer con una mujer -gruñó-. ¿Se referirá con eso a enviarle un príncipe? ¿Sí? -Esta vez se echó un trago-. Por lo visto sí -se contestó antes de dejarse caer en los almohadones, desconcertada. Después se enderezó otra vez, de pronto-. Pero ¿envía un consejero a su rey para cometer un asesinato?
Sacudió la cabeza, era demasiado complicado. Durante un rato estuvo mirando al frente, contemplando cómo una mariposa nocturna que había escapado a Incienso revoloteaba sin parar con sus alas grises alrededor de la llama. Hasta que la vio caer y un fuerte olor le dijo que se había acercado demasiado al fuego. Enseguida alcanzó un puñado de los pétalos de rosa que Incienso había dispuesto en un cuenco y se los llevó a la nariz.
– ¿Y si fuera cierto que no se dejó persuadir? -susurró-. ¿Y si no ha sido él?
Le pesaban los párpados, que empezaban a temblarle.
Por primera vez abrió la boca Incienso, que seguía sentada a la sombra de la lámpara, con ojos brillantes.
– Entonces el verdadero asesino sigue suelto -dijo, y se inclinó hacia delante hasta dejar su rostro muy cerca del de su señora.
Simún abrió mucho los ojos. Esa idea no se le había ocurrido.
– Sólo había pensado en Yada -admitió.
Incienso sonrió.
– Entonces deberíais hablar con él.
CAPÍTULO 55
Yada se volvió de golpe al oír que la puerta de su celda se abría. La luz que entró lo cegó, y tuvo que cubrirse los ojos hinchados con una mano, pero en cuanto se acostumbró un poco al resplandor distinguió los contornos de una mujer. El corazón se le aceleró enseguida. «Simún -pensó-. Al fin, lo sabe.» Y cojeó hacia ella.
La mujer se quedó esperando junto a la puerta. También Yada se detuvo; se miró, la ropa destrozada, las extremidades ensangrentadas. El pueblo de Marib casi lo había despedazado, y también los guardias habían sido generosos con los golpes. No sabía qué aspecto tenía su cara, pero sospechaba que despertaría pocos recuerdos amorosos, por lo que se mantuvo un poco en la sombra, junto a la puerta, y esperó. No quería asustarla.
– Cariño mío -susurró, sin embargo, y le tendió su mano-. Nunca te he mentido.
– Por lo que parece, sí omitiste una buena cantidad de cosas.
Yada retrocedió al oír su tono de burla. Con la frente arrugada, intentó reconocer en la penumbra el rostro de aquella mujer.
Ella decidió ayudarlo y dio un paso hacia la luz, que inundó su rostro delgado y de frente arqueada como una aureola. Sus extraños ojos azules nunca habían sido tan oscuros y, aun así, brillaban como la luz de la luna.
– ¿Incienso? -susurró Yada con asombro.
La criada no respondió.
– Yo no puedo soportarte -dijo-, pero la señora quiere verte.
Se encogió de hombros, pero le dio de beber agua de una jarra y se puso a trabajar. Abrió el fardo que traía consigo y le dijo que se lavara un poco antes de entregarle ropa nueva y unas sandalias. El obedeció todo lo deprisa que le permitían sus maltratadas extremidades. ¡Simún quería verlo! La idea del inminente encuentro hizo desaparecer el dolor.
– ¿De modo que me cree? -le preguntó a Incienso, que lo miraba sin decir palabra-. ¿Ya no duda de mí?
– Está hecha un mar de dudas -repuso la muchacha con sequedad. Él se detuvo y la miró. Más seria que antes, añadió-: Ha comprendido que hay un asesino suelto en el Salhin y ya no sabe en quién puede confiar. Date prisa.
Sin vacilar un instante, Yada salió a la antesala tras Incienso. La luz amarillenta de una lámpara de aceite iluminaba el cubículo de adobe. Era cálida y suave, pero de todas formas deslumbró a Yada, que había pasado tanto tiempo echado en la oscuridad. Oyó la cruda voz del guardia antes de distinguir con claridad al hombre, que se levantó de su taburete tan apresuradamente que volcó la mesa. Yada oyó el repiqueteo de los dados de barro en el suelo y después vio que algo se movía en dirección a él.
– ¡El preso se escapa! -exclamó el guardia empuñando su daga.
Incienso profirió un agudo chillido de espanto y saltó a un lado, pero estiró una pierna para hacer tropezar al soldado. Con ambas manos lo empujó hacia Yada, que encontró tiempo para agarrar el taburete y, asiéndolo con ambas manos, darle con él en la cabeza al hombre. No hizo falta más que ese único golpe: el guardia se desplomó en el suelo con un gruñido. Yada le quitó la daga y se la colgó del cinto.
Incienso estaba apoyada contra la pared y respiraba pesadamente mientras lo miraba. Detrás de Yada, en el suelo, estaba la lámpara caída. El aceite se había salido y unas pequeñas llamas lamían las pajas que flotaban en el charquito. Relucían con intensidad. Yada se acercó y apagó el fuego antes de que prendiera en el escaso mobiliario o en la ropa del guardia.
– Espero que nadie haya oído el grito -dijo, y se apresuró a arrastrar al hombre por los pies-. Ayúdame.
Incienso, titubeante, se acercó.
– No lo entiendo -dijo-. Le he enseñado el sello de la señora.
– Tú misma lo has dicho -repuso Yada, gimiendo al levantar el peso del hombre-. El traidor está en palacio. ¿Crees que trabaja solo?
Incienso sacudió la cabeza, aturdida, y lo ayudó a cargar el cuerpo hasta la celda. Después cerraron la puerta.
– Tengo que verla enseguida -dijo Yada.
Comprobó que la daga seguía firme en su cinto y se dispuso a desaparecer en la noche, pero Incienso lo retuvo de la ropa.