Se detuvo a escuchar. Allí se movía algo. ¿Un zorro o algún otro depredador salvaje que intentaba hacerse con algún resto? No, todo estaba en calma. Agradecida de que la luna estuviera casi llena, siguió trepando con repugnancia la montaña de huesos y andrajos que se acumulaba como una morrena al pie de la colina. De vez en cuando daba alguna cautelosa patada a un bulto, tiraba con las puntas de los dedos de algún jirón ondeante. Enseguida salió de la zona de los escombros y subió por el pedregal de la escarpada cuesta que ascendía hacia el Salhin. Se había fijado en todas las formas que le habían parecido suficientemente grandes, pero seguía sin encontrar a Simún. También eso había sido fácil.
– Deberíais hablar con él -le había dicho, recreándose en el trabajo que le costaba a la reina mantener los ojos abiertos.
– Demasiado tarde -susurró Simún.
Qué sabia, pues lo cierto es que sí era ya demasiado tarde. El remedio que le había echado al vino había surtido efecto. Igual que había sucedido aquella otra vez, con Bayyin, en la noche de la boda celestial. Había aprendido mucho junto a Simún todos esos años. Por fin podría aprovecharlo en su favor.
Impasible, observó cómo la reina intentaba incorporarse en vano y, en un último momento de claridad, empuñar su daga. Sus dedos no consiguieron asir con fuerza la empuñadura. Incienso había soltado con delicadeza uno a uno los dedos de su señora, le había quitado el sello y le había acariciado la mejilla. No había que mostrarse ingrato con quien iba a proporcionarle a uno la felicidad, así fuera mediante su muerte. Después se había puesto manos a la obra.
El saco ya lo había entrado en la habitación y lo había escondido tras la puerta mientras hacía los demás preparativos. Fue por él, metió dentro a Simún con cierto esfuerzo y la arrastró a la terraza. Puesto que no era más que un bulto informe, había sido fácil alzarla y lanzarla por el pretil. Incienso se había quedado incluso a escuchar el primer golpe sordo, después había salido en busca de Yada.
Ese condenado saco tenía que estar por alguna parte, pero no daba con él.
Por primera vez en esa noche, se sintió inquieta y maldijo entre dientes. ¿Dónde podía estar el fardo? ¿Cómo iba a desaparecer una muerta? Molesta, luchó contra el miedo que poco a poco empezaba a invadirla. Dio una patada contra un par de contornos oscuros que encontró entre unos matojos secos y temblorosos de algodonosa y se sobresaltó cuando de pronto algo salió disparado de allí debajo.
– ¡Ah! -exclamó con espanto. Le respondió un extraño ladrido mientras una sombra huía en la noche-. ¡Un zorro!
Sin querer, lo dijo en voz alta, tan alta que se sobresaltó al oírse y se tapó la boca con la mano. Incluso el canto de las cigarras pareció cesar unos instantes. Entonces oyó un gemido.
Venía de muy arriba. Echó la cabeza hacia atrás y se esforzó por ver algo en la oscuridad. En lo alto de la colina titilaban las luces del Salhin, y por encima brillaba la servicial luna, que la ayudaba a ir distinguiendo la ladera cada vez mejor. No era tan escarpada como había creído desde arriba. Las secciones de roca casi vertical se alternaban con pedregales y salientes. En uno de ellos, a unos metros por debajo del muro del palacio, crecía incluso una zarza retorcida. En sus ramas secas y resistentes ondeaba algo que Incienso acabó por reconocer, sin dar crédito, como su saco. La tela debía de haberse enganchado durante la caída y, a causa del tirón, se habría roto y habría liberado su carga. Siguiendo el recorrido con la mirada, la muchacha vio que debajo del arbusto había un par de pequeños escalones y después todo era una pista de polvo y grava. La recorrió con la mirada y se detuvo en un punto que quedaba un poco al oeste de donde se encontraba ella. Allí arriba había un saliente, y de allí procedía el gemido. Maldiciendo y renegando, se dispuso a trepar.
Subía casi a cuatro patas mientras a su alrededor todo el suelo se movía. Cada vez que intentaba avanzar hacia arriba, resbalaba hacia abajo. Durante un buen rato tuvo la sensación de no ir a ninguna parte. Se le llenó la ropa de polvo, se le rompieron las uñas del esfuerzo de trepar hasta donde creía que encontraría a Simún. Por fin alcanzó el borde del saliente. Y sí, allí encontró un bulto. Se movió con cautela.
– Por Sin -murmuró Incienso, sorprendida-, todavía vive.
Simún estaba desnuda y cubierta de rasguños. La caída cuesta abajo le había arrancado del cuerpo toda la ropa y parte de la piel, pero era cierto que seguía con vida. Incienso volvió a mirar al Salhin con incredulidad. Desde allí arriba… ¿Cómo lo habría conseguido? Seguro que la zarza había frenado la caída a los pocos metros y después sólo había resbalado, pero, aun así… Durante un momento pensó en las historias que rodeaban a Simún, de quien decían que era una inniyah.
– Tonterías -murmuró, y se besó los pulgares para alejar la malaventura-. Suerte sin más, eso es todo. No le servirá de nada.
Cuando alzó a Simún para echársela sobre los hombros, algo se le enganchó en el pelo. Lo tocó y vio que era una cadena. El colgante tenía unos símbolos incomprensibles y una piedra de brillo oscuro. ¿Sería muy valioso? ¿Poseería algún poder? Desenredó la cadena, la descolgó del cuello de Simún y se la puso.
– Aquí termina vuestra suerte, mi reina -anunció, y la arrastró por encima de la basura hasta donde había dejado el camello.
La subió a la silla todo lo deprisa que pudo, la ató bien y le echó una manta por encima. Que faltara el saco en el que la había escondido no importaba en la oscuridad. Ya no tenían por qué pisar la ciudad siquiera. Incienso comprobó la posición de las estrellas y vio que había tardado mucho, más de lo planeado. Sin embargo, todavía no se oía ningún ruido procedente de Marib, lo cual le decía que aún no habían encontrado al guardia. Todo seguía en calma, los sabeos dormían el sueño de los inocentes y Yada estaría esperando con paciencia. «Bueno, puede que con paciencia no», pensó Incienso, y volvió a torcer su expresión con una sonrisa. Sin embargo, ¿qué otra cosa podía hacer?
– ¡Hat, hat! -azuzó a su animal y chasqueó la lengua a su oído-. Venga, bonito, que nos esperan.
CAPÍTULO 57
– ¿Por qué te niegas a creerlo? -exclamó Shams.
Corría todo lo que podía detrás de Mujzen, que avanzaba iracundo por los yermos para llegar a casa. De una patada abrió la puerta, que dio un golpetazo contra la pared, cruzó el patio y desapareció en la casa sin esperarla. Shams, tras entrar también ella sin aliento, lo encontró arrodillado ante la mesa de madera tallada que había junto a la alcoba de las visitas. En silencio vio cómo se servía un vaso de vino y lo vaciaba a grandes tragos. Puesto que no le hacía caso, abrió con cautela la puerta que daba a la habitación contigua y vio que su hijo dormía plácidamente. La criada, que estaba tumbada en una estera junto a su lecho, alzó la cabeza en actitud interrogante. Shams le dijo con señas que volviera a echarse y regresó con Mujzen.
Se le acercó por la espalda sin hacer ruido y le puso una mano en el hombro.
– Está tan claro como la luz de Almaqh -dijo-. Sabemos incluso que es de Hadramaut.
– Una esclava, comprada aquí -repuso Mujzen con obstinación.
– Eso no lo sabemos con seguridad -dijo Shams, y le masajeó los músculos de la nuca hasta que él le apartó las manos con un mal gesto-. Por favor -suplicó-, pero si todo encaja. -Alzó las manos-. ¿Por qué no quieres admitirlo?